La quimera de un ingeniero civil: montó una mole en medio del desierto y se volvió parada obligada para los turistas

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“Me fundí dos veces, tuve que vender todo para poder sostener este sueño”, asegura Pablo Olguín, a cargo del parador y hotel El Tentador, en la desértica ruta 188 en el norte de La Pampa, en el acceso a la localidad de Rancul. Punto de conexión entre Buenos Aires y Mendoza, el corredor tiene alto tráfico. “Quisimos que la gente pudiera parar y quedarse en nuestro pueblo”, afirma. Y lo lograron. Viajeros de todo el mundo lo hacen y descubren un almacén de ramos generales actual con marcas queridas de ayer, pero que también es hotel y restaurante. “La idea es sorprender y darle un espacio de descanso al aventurero”, sostiene Olguín.

“Me cansé con esa idea que en La Pampa no hay nada, tenemos de todo”, dice Olguín. Rancul tiene 4000 habitantes y está en el límite con San Luis y Córdoba. No paraban turistas, es la cuna del cantautor Alberto Cortez.

La barra de El Tentador
La barra de El Tentador

“Creamos un espacio desde cero”, cuenta Olguín, que es ingeniero civil. Junto a su esposa, Marina Martino, y cuatro hijas, en 2008, decidieron apostar por un sueño: comenzaron a construir el hotel Mamüll Mapú, a un costado de la ruta. La señal comenzó a atraer a los viajeros. Pero necesitaban más y construyeron una pequeña cafetería que fue creciendo hasta convertirse en una mole de 45 metros de largo por 13 de profundidad, en total 585 metros² cubiertos.

Pablo Olguín junto a su esposa, Marina Martino
Pablo Olguín junto a su esposa, Marina Martino

“Toda mi vida soñé con un lugar así”, afirma Olguín. ¿Cómo es El Tentador? Es un gran espacio con rincones temáticos. Dominan las altas estanterías con un verdadero tesoro: docenas de latas, frascos y botellas, artículos típicos de un almacén de ramos generales que conservan aún sus productos en su interior. Aceite, lata de café, el Flit, el azúcar, los jabones. Es un viaje en el tiempo con señales de modernidad. Carmen Reche, la almacenera de Rancul, nunca tiró la mercadería vencida, y la guardó. En pandemia le donó —literal— un almacén de ramos generales con artículos de más de 60 años a Olguín. “Necesitamos reencontrarnos con nuestras marcas queridas, nos dan seguridad”, dice.

Incontables son las cosas que tiene en exposición. Toda la historia de Rancul y de sus almacenes están expuestas y vigentes. Un Chevrolet Capitol de 1925 y un Baqueano IKA 1960, dos autos legendarios, tienen su lugar entre las mesas. “No los restauré y funcionan, los dejé como el último día que estuvieron en actividad”, cuenta con orgullo Olguín.

El Chevrolet Capitol de 1925, en exhibición
El Chevrolet Capitol de 1925, en exhibición

Una vitrola de principios del siglo XX sorprende: con solo darle vueltas a la manivela, gira un disco de Gardel. Televisores de primera generación, blanco y negro y a color, están encendidos. “Todo lo que ves está funcionando; logré hacer una máquina del tiempo —dice Olguín—. Todo está pensado para que en cada elemento que veas se produzca un encantamiento”.

Botellitas de Coca Cola, Aceite en botellas de vidrios, cajas de galletitas, figuritas de todas épocas con sus álbumes, gaseosas y golosinas. Los buenos tiempos se concentran en todos los rincones, y cada mesa es un portal a ellos.

La donación de un viejo almacén de la zona terminó en las estanterías del parador
La donación de un viejo almacén de la zona terminó en las estanterías del parador

El efecto fue viral. Rancul comenzó a movilizarse. “Fue maravilloso, el mayor tesoro de este proyecto fueron los vecinos. Se lo apropiaron y entendieron que lo único que quería era que nos visitaran”, cuenta Olguín.

Las historias se cruzan y conectan a los viajeros. “Provoca felicidad ver una figurita que coleccionamos de niños, y poder producir eso en esta época es lo mejor que nos puede pasar. Necesitamos reencontrarnos con las cosas que tienen corazón”, señala Olguín. Cada mesa tiene una colección, un ícono e historias para contar. Son antiguas puertas recicladas. “No hubo una búsqueda”, reconoce Olguín acerca de la inagotable colección de El Tentador. Cada elemento expuesto vino a su encuentro o fue llevado por algún vecino.

Recuerdos de la infancia

“Fue una revolución”. Olguín se refiere a cuando en su niñez llegó al pueblo una máquina de Coca Cola expendedora de latas. “Soñaba con poder tenerla”, confiesa. La vida lo llevó por otros caminos y nunca más la vio. “Pero nunca desapareció en mi cabeza”, agrega. El parador inauguró en noviembre de 2021, y unos días después llegó un amigo con una sorpresa: esa máquina, que ya tenía carácter de leyenda, y funcionando. Está expuesta en la entrada. “Es un punto de encuentro que se alimenta con las cosas que necesitamos los seres humanos para relacionarnos”.

La estructura tiene 45 metros de largo por 13 de profundidad
La estructura tiene 45 metros de largo por 13 de profundidad

La gran estructura se ve desde lejos. Los caldenes decoran la majestuosa postal del horizonte dorado de pastizal, donde el desierto parece no tener fin. El norte pampeano tiene termas (en Larroude) y bodegas (por Pichi Huinca y Caleufú), y dentro de este escenario, la ruta 188 une el este y el oeste del país.

El Tentador le costó dos veces poner en juego el patrimonio familiar. “No podemos mirar las cosas como un acto comercial. El verdadero comercio es ponerle sentimiento a lo que hacés y ahí aparece la ganancia”, señala.

El hotel, que está detrás del parador, y escondido, fue vetado por especialistas. Le dijeron que no tenía ningún sentido hacerlo en la entrada a un pueblo en medio del desierto. Alrededor de una arboleda y abrazado por la naturaleza y una pileta, parece un oasis. Los números lo dicen todo: en la temporada de verano paran 2000 turistas. Tienen 52 camas y en el recambio quincenal, el parador colapsa. “El 15 de enero necesitamos tener 200 plazas, solo esa noche”, agrega Olguín.

El parador tiene detalles en todos los rincones
El parador tiene detalles en todos los rincones

El Tentador es un remanso. “Es como estar en un almacén de ramos generales, donde podés hospedarte y sentir que estás con lo mejor del pasado en el presente. Es una rareza”, resume Olguín.

Se acercan viajeros atípicos. Una pareja de ancianos rusos que están recorriendo la Argentina en bicicleta. “Nos comunicamos por el traductor del celular”, cuenta Olguín. Motorhomes, motoqueros y un variopinto abanico de pasajeros encuentran un refugio de silencio en medio de la aventura.

No es un caso aislado. En La Pampa existe una red de almacenes de ramos generales pionera en el país que recorre toda la diversidad de su mapa a través de estos espacios donde se gestó el origen y la historia de los pueblos del desierto. “Los almacenes funcionando son un testimonio de amor y reconocimiento a nuestros padres y abuelos”, sostiene Adriana Romero, Secretaria de Turismo de La Pampa e impulsora de esta ruta. “Es un homenaje a nuestra propia historia y con eso nos regalan el tesoro de la historia de todos”, afirma.

El parador mezcla las antigüedades con la decoración moderna
El parador mezcla las antigüedades con la decoración moderna

La red reúne a cinco pueblos y a sus cinco almacenes de ramos generales en Ataliva Roca, General Acha, Arata, Intendente Alvear y Victorica. Estanterías, carteles de época, frescos sótanos donde se guardaba el vino en bordelesa, mostradores de estaño y de madera. “Es un momento que se transforma en diamante en la jornada de un turista”, dice Romero.

“El turismo este verano va a volver con mucha fuerza. La gente no necesita más hoteles cinco estrellas, sino ver la tierra y tener un momento de tranquilidad, volver a lo simple”, reflexiona Olguín. Cuenta una historia más. El origen del nombre del parador. Sus tíos abuelos eran ermitaños que se habían puesto una hostería en una isla del Tigre, a un costado del muelle estaba hundido un velero que quisieron mucho, se llamaba El Tentador. Les prometió que algún día lo iba a rescatar: su parador es el símbolo de esa promesa cumplida.