Un presidente que no puede superar los rencores ni siquiera cuando hay buenas noticias

Alexander Burns y Jonathan Martin
·6  min de lectura
El presidente Donald Trump saluda al llegar a la Casa Blanca en Washington tras visitar el Club Nacional de Golf Trump en Sterling, Virginia, el 13 de diciembre de 2020. (Doug Mills/The New York Times)
El presidente Donald Trump saluda al llegar a la Casa Blanca en Washington tras visitar el Club Nacional de Golf Trump en Sterling, Virginia, el 13 de diciembre de 2020. (Doug Mills/The New York Times)

Esta fue una de las semanas más significativas del mandato del presidente Donald Trump: trabajadores de salud de todo el país empezaron a recibir la vacuna contra la COVID-19 que podría salvar sus vidas. En el Capitolio, los legisladores se acercaron a la aprobación de un acuerdo de asistencia económica para evitar una recesión más profunda. Y el viernes, los reguladores federales autorizaron una segunda vacuna.

Sin embargo, Trump estuvo ausente en gran parte de esos eventos. Fue el vicepresidente Mike Pence quien participó en una llamada con los gobernadores del país el 14 de diciembre para anunciar la llegada de un “milagro médico” y quien recibió la vacuna de Pfizer al final de la semana en vivo por televisión. Los líderes legislativos fueron quienes trabajaron hasta altas horas de la noche para redactar un convenio de estímulo, el cual se finalizó el domingo.

Mientras tanto, Trump dirigía un ataque en Twitter contra los republicanos por no ayudarle a anular los resultados de la elección e incluso le advirtió al senador por Kentucky, Mitch McConnell, líder de la mayoría en el Senado, que debía ser “más estricto o ya no tendrás un Partido Republicano”. Para cuando llegó el fin de semana, el mandatario estaba considerando nombrar a una abogada —que se ha hecho famosa por difundir teorías de la conspiración— como asesora especial para investigar el fraude electoral, sobre el cual no hay evidencia. También le preguntó a sus asesores cómo se impone la ley marcial y minimizó un hackeo masivo que su propio secretario de Estado le atribuyó a Rusia.

El vicepresidente Mike Pence recibe la vacuna contra la COVID-19 en la Casa Blanca en Washington, el 18 de diciembre de 2020. (Doug Mills/The New York Times)
El vicepresidente Mike Pence recibe la vacuna contra la COVID-19 en la Casa Blanca en Washington, el 18 de diciembre de 2020. (Doug Mills/The New York Times)

Pocas veces se ha visto que el líder de un partido político estadounidense haga tantos esfuerzos para sembrar miedo en los corazones de sus aliados, pero tan poco para combatir los desafíos que enfrenta el país durante sus últimos días en el cargo. Lejos de presentar los avances relacionados con las vacunas de Pfizer y Moderna como pruebas del ingenio y la innovación del sector privado —que alguna vez fue el credo conservador— se centró en amenazar a los republicanos que se atrevieran a reconocer a Joe Biden como presidente electo.

Dualidad

Esa dualidad en el comportamiento del presidente —actuar como espectador mientras otros líderes responden a una crisis y al mismo tiempo despotricar contra los republicanos que se distanciaron de él— también representa un vistazo al rol que asumirá después de dejar la presidencia.

No ha mostrado ningún interés en los debates que les esperan a los republicanos, en procurar la salud electoral del partido ni en convertirse en el promotor de la recuperación de Estados Unidos. En cambio, parece más decidido a usar su plataforma política para cumplir venganzas personales y avivar una sensación de agravio entre los votantes que ha cultivado desde hace mucho como una base de admiradores.

El senador republicano por Utah, Mitt Romney, dijo que la furia del presidente no le permitía ver su última y más grande oportunidad de pulir su legado: visitar sitios y clínicas de distribución de vacunas para destacar la posibilidad de esperanza tras nueve meses de miseria nacional.

“El presidente pudo haber usado eso como el sello distintivo de sus últimos días en el cargo”, afirmó. “En cambio, se le ha visto promoviendo teorías de la conspiración y acusaciones sin fundamento, que lo hacen ver como un mal perdedor”.

Algunos republicanos auguran que esto tendrá un lado positivo más adelante, sobre todo aquellos que, en gran medida, han eludido la furia de Trump.

Creen que la partida del mandatario podría permitirles a los republicanos retomar algunos de los temas que demostraron ser eficaces en las contiendas por cargos inferiores el mes pasado y, a la vez, privar a los demócratas de su villano más confiable. En esta visión color de rosa, quizá los legisladores sean cautelosos en público para evitar la ira de Trump, pero en lo privado sigan haciendo su trabajo como de costumbre, suponiendo que la atención de Trump jamás se centrará en un asunto por mucho tiempo, mientras exageran los supuestos excesos de la izquierda.

“Cuando Trump deje el cargo habrá menos enfoque en su personalidad y las preguntas de: ‘¿Qué tuiteó hoy? ¿Qué dijo hoy?’”, predijo el senador republicano de Texas, John Cornyn, y añadió que, con suerte, los demócratas pronto estarán batallando con divisiones internas en una “especie de Tea Party” similar al que enfrentaron los republicanos hace una década.

El senador republicano por Carolina del Sur, Lindsey Graham, fue aún más breve al argumentar que la izquierda demócrata alejaría a los votantes moderados.

“Nuestro problema es el tono; su problema es la política”, dijo Graham sobre los dos partidos. “Ambos tenemos problemas que superar, pero creo que nosotros tenemos más probabilidades de triunfar porque podemos actuar mejor y es más difícil para ellos legislar de otra manera”.

No obstante, si así se ve el paisaje desde la percha idealista del Senado, a nivel del suelo de la política republicana hay poca evidencia de que Trump y su imagen pública divisoria vayan a desaparecer como fuerzas en el partido. De hecho, a últimas fechas, los republicanos han tenido dificultades para verbalizar lo que representa el partido además de lealtad hacia Trump.

El actual mandatario estadounidense nunca determinó un conjunto de planes para un segundo periodo y en los últimos años nadie más ha dado la talla para elaborar una visión afirmativa del partido. Las negociaciones de rescate por el coronavirus también expusieron brechas ideológicas graves entre los republicanos sobre la función del gobierno en el apoyo a los estadounidenses afligidos.

Ahora parece probable que los últimos actos legislativos importantes de la presidencia de Trump no provengan de la Casa Blanca, sino de las coaliciones bipartidistas en el Capitolio que han llenado el vacío de liderazgo en Washington.

Una de esas coaliciones, un grupo informal de centristas en la Cámara de Representantes y el Senado, preparó el terreno para cerrar el acuerdo del paquete de rescate invernal para individuos y negocios.

Si bien Steven Mnuchin, el secretario del Tesoro de Trump, participó de manera intermitente en las charlas, el acuerdo final que se anunció el domingo fue logrado por los líderes del Congreso. Por otro lado, los legisladores de ambos partidos han rechazado las peticiones de Trump de usar una ley de política militar anual para despojar a las empresas tecnológicas de ciertas protecciones legales, lo cual plantea la posibilidad de que la última batalla legislativa de Trump termine en que su veto sea anulado por primera vez.

Scott Jennings, un estratega republicano cercano a McConnell, dijo que Trump estaba desperdiciando la oportunidad de definir el final de su presidencia.

“Podrían suceder un montón de cosas positivas en sus últimos días en el cargo, le guste a él o no”, afirmó Jennings. “Yo pensaría en tomar el mayor crédito posible. Podría promulgar muchas de estas leyes y ser parte del proceso”.

Jennings dijo que la ausencia de Trump durante el despliegue de vacunas fue particularmente desconcertante. “Yo en su lugar habría tenido el avión presidencial estacionado en la pista de Louisville esperando a ese avión”, comentó Jennings, en referencia a la llegada de los medicamentos de Pfizer.

Sin embargo, Trump siempre ha sido más fuerte cuando lanza ataques, contra republicanos y demócratas por igual. Como lo señaló uno de sus críticos más prominentes, si el presidente sigue desempeñando el papel del trol en jefe, proyectará una enorme sombra sobre el Partido Republicano.

“Si quiere participar de manera muy activa y aparecer en televisión todos los días y ser la voz que ataque al gobierno de Biden, pues, impondrá la visión del Partido Republicano durante los próximos cuatro años y quizá más allá”, sentenció Romney.

TE PUEDE INTERESAR

(VIDEO) Twitter deja en claro en las publicaciones de Donald Trump que Joe Biden es el presidente electo