¿Por qué las pandemias cambian el significado de la muerte?

Mariángela Velásquez
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Family members deliver a plastic wrapped coffin for burial in a common grave at the Nossa Senhora Aparecida cemetery, in Manaus, Amazonas state, Brazil, Tuesday, April 21, 2020. The cemetery is carrying out burials in common graves due to the large number of deaths from COVID-19 disease, according to a cemetery official. (AP Photo/Edmar Barros)
Familiares entregan un ataúd envuelto en plástico para ser enterrado en una fosa común en el cementerio de Nossa Senhora Aparecida, en Manaus, estado Amazonas, Brasil, el 21 de abril de 2020. Las fosas comunes fueron habilitadas debido al gran número de muertos por la enfermedad COVID-19 en la zona. (AP Photo/Edmar Barros)

El miedo a la muerte ha paralizado al mundo tras la rápida propagación de la COVID-19.

La imposición de las cuarentenas y el distanciamiento social a nivel planetario no responde tan sólo a un ejercicio estadístico para evitar el colapso de los sistemas hospitalarios. Y el respeto generalizado de los ciudadanos a las medidas tampoco obedece exclusivamente al temor por el contagio individual.

El miedo de la humanidad ante la pandemia del Covid-19 es una reacción instintiva social ante una gran amenaza. Es una respuesta biológica colectiva ante la muerte, dijo la socióloga, psicóloga y psicoterapeuta Jessie Blanco.

Para comprender la contestación mundial ante la propagación del coronavirus, Blanco recordó que las pandemias han cobrado millones de víctimas en la historia del hombre. Pero la acumulación de conocimientos y el desarrollo tecnológico ha permitido que las cifras de fallecidos haya bajado en las últimas décadas porque tenemos más capacidad científica y recursos para afrontarlas.

"Si las pandemias ocurren cada determinado tiempo en el desarrollo histórico de la humanidad, existe un registro en el mundo simbólico -o lo que Carl Jung llamaría el inconsciente colectivo, que se manifiesta en la colectividad a través de los sueños o remembranzas de mitos escatológicos, asociados al fin de mundo- que activan temores colectivos y la necesidad de supervivencia, ya no solo a título individual sino también social", explicó la académica.

Entonces lo que conocemos como miedo amplía su significado. Ya no se trata de temer a la pérdida de la vida a título personal sino a perder el mundo de lo conocido, de todo aquello que nos da confianza, seguridad y estabilidad.

"El miedo a la muerte adquiere otra dimensión porque activa mecanismos de supervivencia social, frente a la incertidumbre y a la imposibilidad de controlar o planificar tu realidad y la realidad social, que desde el punto vista de la psicología de masas, puede desencadenar reacciones sociales carentes de racionalidad", dijo Blanco.

La importancia del duelo

El miedo a la muerte a nivel personal también se aviva, así como el dolor profundo por la pérdida repentina de un familiar o un amigo por el corinavirus.

Uno de los lamentos más recuentes durante la pandemia de la COVID-19 es la imposibilidad de despedirse de seres queridos que han muerto solos en los hospitales.

Las estrictas medidas sanitarias para frenar el virus han impedido la realización de rituales de cierre necesarios para la elaboración de los duelos, como son los velatorios y los sepelios.

La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross elaboró en su libro Sobre la muerte y el morir un modelo en el que identificó cinco etapas que atraviesan los dolientes después de la muerte de una persona amada: negación, ira, pacto, depresión y aceptación.

Blanco advirtió que esas etapas no siempre son lineales, ni se viven de la misma manera, ni se cumplen en su totalidad. Explicó que los comportamientos variar según el significado que tenía el fallecido para la persona que elabora la despedida.

Otro aspecto importante es "el contexto en el cual se da la perdida. No es lo mismo una muerte natural, que una muerte violenta e inesperada, o el caso del dolor que viven los familiares de desaparecidos cuyos cuerpos nunca fueron encontrados".

La investigadora dijo que en el drama social de la pandemia del Covid-19 es más difícil elaborar un proceso de duelo porque los familiares no pueden despedirse ni realizar los rituales de cierre que son muy necesarios desde el punto de vista espiritual y psicológico.

Esa imposibilidad de acompañar al enfermo en sus momentos finales dificulta el duelo "porque se acrecientan los sentimientos de impotencia y de culpa". Esa situación suele convertirse en un caldo de cultivo de pensamientos persecutorios en los familiares que dificultan el procesamiento del duelo.

"Desde el punto de vista psicológico, es muy importante llevar a cabo un proceso de cierre, que incluye los rituales de despedida de los seres queridos que fallecen. Es una manera de ponerle un límite al sufrimiento, para poder atravesar esas etapas del duelo que lleven a un final proceso de aceptación e integración de la perdida".

Blanco sugiere a las personas que no puedan despedirse, por las limitaciones sanitarias impuestas por la pandemia, a hacer un ritual de despedida una vez que pase la emergencia.

Acostumbrarnos a la muerte

Antes del inicio de la crisis del COVID-19, el antropólogo cultural y social Josep Mª Fericgla ya había advertido sobre la dificultad de los occidentales de asimilar la muerte con serenidad y consciencia, como una parte inexorable de la vida, porque la sociedad invisibiliza a los moribundos y a los cadáveres.

Hector Briseno crosses himself as he prays through a window toward the urn containing the ashes of his grandfather, Manuel Briseno Espino, 78, who died from complications due to COVID-19, in the Iztapalapa district of Mexico City, Wednesday, April 22, 2020. Due to social distancing restrictions, the seven family members from three generations who lived with him marked his passing with quiet prayers at home, unable to invite his many friends or other relatives, or to bury him in the cemetery plot with his late wife of 49 years, Consuelo Garcia Rodriguez. (AP Photo/Rebecca Blackwell)
Héctor Briseno se hace la señal de la cruz al rezar desde la ventana hacia la urna que contiene las cenizas de su abuelo Manuel Briseno Espino, 78, quien murió de complicaciones del COVID-19, en el distrito de Iztapalapa, ciudad de México, el 22 de abril de 2020. Debido al distanciamiento social, los siete familiares que tres generaciones que vivían con él los velaron en casa, pero no pudieron invitar a los familiares y amigos, ni pudieron enterrarlo junto a su esposa Consuelo García Rodríguez. (AP Photo/Rebecca Blackwell)

En un fragmento de su libro Antropología del morir y la muerte en Occidente, Fericgla señaló que la mayoría de las personas ve un cadáver a lo sumo un par de veces a lo largo de su vida, por lo que la imagen de un cuerpo sin vida se hace insoportable.

"En términos estadísticos generales: un 60% de los españoles mueren en los hospitales, un espacio aséptico alejado de la vida familiar del que los cadáveres salen maquillados y arreglados para que «parezca que está vivo»; un 10% mueren en instituciones diversas (asilos, residencias, casas de religiosos), y sólo un 30% fenecen en su casa", escribió el científico social en 2018.

Fericgla identificó que esa resistencia se debe a que las características objetivas de la muerte se enfrentan a los valores occidentales.

La muerte es imprevisible porque nadie sabe cuánto tiempo le queda por vivir. La muerte es misteriosa porque nadie puede asegurar lo que ocurre tras la última exhalación. Y la muerte es disolutoria porque desaparece la sensación de identidad del yo, es el punto final de los gustos, los placeres y las preferencias. "Sin la menor duda, la muerte conlleva la disolución social, corporal y psíquica, hecho que genera ansiedad".

"Así pues, si aceptamos que tres de las características objetivas de la muerte son la imprevisibilidad, el misterio y la disolución, en consecuencia, debemos aceptar que se opone frontalmente a los valores centrales del mundo occidental: la seguridad, la previsibilidad y el egocentrismo", afirmó Fericgla.

La recomendación final del académico, realizada hace un par de años, cobra especial vigencia en medio de la pandemia. Considera que los occidentales del siglo XXI tenemos el deber histórico de reconocer a los moribundos y de tejer un puente entre la vida y la muerte que pudiera empezar muchos años antes del "final ineludible".

Para Fericgla esos preparativos no son tétricos ni patogénicos. Sólo son parte de la vida.