Poemas que nos recuerdan la belleza y la humanidad, en medio de los horrores de la guerra

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Civiles huyendo de los combates en Mosul, Irak, en 2017. (Ivor Prickett/The New York Times)
Civiles huyendo de los combates en Mosul, Irak, en 2017. (Ivor Prickett/The New York Times)

¿Tiene cabida la poesía en una zona de guerra? Para una corresponsal del Times, es indispensable.

Incluso el más novato de los corresponsales sabe que no debe entrar en una zona de guerra sin la formación necesaria, el equipo correcto y el plan de salida adecuado. Pero algunos reporteros experimentados han aprendido que necesitan algo más para sostenerse durante los sombríos días y noches de carnicería. Algo que les recuerde la humanidad que hay debajo de la inhumanidad. Para algunos, es la poesía.

Pocos corresponsales son más experimentados que Alissa J. Rubin, que en 15 años en The New York Times ha sido jefa de oficina en Bagdad, Kabul y París, y antes de eso cubrió el conflicto en los Balcanes. Le pedimos que nos hable de lo que lee cuando su trabajo la lleva al campo de batalla.

Cuando pienso en poemas para una zona de guerra o, en realidad, para cubrir cualquier cosa triste o traumática —hay muchas cosas tristes que no son la guerra—, algunos de los que me vienen a la mente pueden parecer, a primera vista, fuera de lugar. Pero cada uno de los que describo aquí nos invita a encontrar la humanidad en medio de la brutalidad, a prestar atención a los detalles y nos muestra cómo lo más pequeño puede ser infinitamente grande, aunque puede transmitir la tragedia, también nos recuerda que la belleza sigue existiendo, que puede haber vida incluso en los escombros… y, sí, incluso amor.

El espacio es limitado cuando se está de viaje, pero siempre viajo con colecciones de bolsillo de dos poetas: W. B. Yeats y W. H. Auden. También hay otros (que se enumeran a continuación) que pueden ofrecer consuelo y perspectiva, tanto a los que cubren el conflicto como a los que lo leen.

En mi caso, el libro sobre la guerra que sigo releyendo es uno que me resistía a leer y que, cuando me convencí de hacerlo, nunca esperé terminar, y mucho menos quedar fascinada: La Ilíada de Homero.

Lo leí por primera vez durante la guerra de Irak y me sorprendió su inmediatez. ¿Cómo podía tener sentido para mí algo que fue compuesto hace 2600 años? Pero lo tenía.

Soldados kurdos en el lugar donde se estrelló un helicóptero que transportaba ayuda para un pueblo de personas yazidíes en la montaña Sinjar, en Irak, en 2014. (Adam Ferguson/The New York Times)
Soldados kurdos en el lugar donde se estrelló un helicóptero que transportaba ayuda para un pueblo de personas yazidíes en la montaña Sinjar, en Irak, en 2014. (Adam Ferguson/The New York Times)

Hay extensas metáforas extraídas de momentos de paz en el mundo natural. Sin embargo, cuando estas metáforas se utilizan para describir la terrible barbarie de la guerra, le recuerdan al lector la violencia inherente a la existencia humana, pero también una especie de nobleza.

Aquí, el guerrero griego Patroclo arroja su lanza, y mata a uno de los mejores combatientes de los troyanos, y su muerte se convierte en la de un noble árbol:

…que lo hirió en el tejido que su corazón envolvía.
Cayó como la encina o el chopo o el pino robusto
que en lo alto del monte han cortado con hachas agudas
los artífices para hacer de ellos el mástil de un buque;
así el héroe tendido quedó ante su carro y caballos,
gemebundo y cogiendo a puñados el polvo sangriento.

La Ilíada es también asombrosamente psicológica.

Después de que el héroe, Aquiles, mata a su enemigo, Héctor, el líder de los troyanos, arrastra el cuerpo por el campamento griego una y otra vez. Es posible que Héctor haya sido derrotado, pero Aquiles no puede librarse de la furia que siente hacia Héctor por haber matado a Patroclo, su mejor amigo, en una batalla previa.

Hoy en día, podríamos hablar de la rabia de Aquiles como un trastorno de estrés postraumático. Pero sobre todo es un recordatorio de que, para muchas personas en el campo de batalla, los momentos de pesadilla de la guerra simplemente no desaparecen.

La Ilíada me golpeó con fuerza en Irak, y sigue conmigo hoy, por lo que el primer poema que he elegido se basa en una escena de la epopeya. Es de un poeta griego de principios del siglo XX, Constantino Cavafis, y trata de los caballos de Aquiles, que le regaló Zeus, el rey de los dioses griegos. Los caballos son inmortales, pero cuando ven morir al mejor amigo de Aquiles, no pueden evitar llorar.

Mi última selección está tomada directamente de La Ilíada. Cuenta la visita que Príamo, padre de Héctor, el héroe troyano asesinado, le hace a Aquiles. Príamo va a suplicar que le devuelvan los restos de su hijo, para que pueda ser enterrado correctamente. (Esto será reconocible para cualquier corresponsal de guerra: sea cual sea la época y la cultura, la correcta disposición de los cuerpos de los muertos es sacrosanta).

Príamo es un hombre mayor, y su valor al enfrentarse al guerrero que ha estado profanando el cuerpo de su hijo en el campamento griego, y su súplica a él, son un momento poderoso y conmovedor. Príamo le pide a Aquiles que piense en su propio padre, y de alguna manera, en ese momento, Aquiles es capaz de sobreponerse a su ira.

Los poemas que se encuentran entre estos dos finales de libro son obras de poetas que amo y que siento que me han enseñado algo sobre la pérdida, sobre la violencia, pero, por encima de todo, sobre el deber —mi deber— de observar de cerca con la mente y el corazón lo que se pierde, se pasa por alto, se olvida, y se destruye. Es todo lo que tengo que dar, mi forma de mostrar respeto por todos los que sufren.

Cuando estoy en lugares feos, también intento leer poemas que se centran en una o dos pequeñas cosas que me dejan sin aliento, que me obligan a prestar atención. Me viene a la mente el pájaro que se sienta en una rama y ofrece inspiración en “Grajo negro en tiempo de lluvia” de Sylvia Plath. También los zapatos que Robert Hayden recuerda que su padre lustra en “Aquellos domingos de invierno”, un acto de amor que el niño no reconoce hasta años después, cuando ya es un hombre.

También hay poemas sobre la escritura, como “Desde la frontera de la escritura” de Seamus Heaney, que es una brillante descripción no solo de la guerra a pequeña escala de poner las palabras sobre el papel, sino también de lo que supone pasar un puesto de control. El increíble “Musée des Beaux Arts” de Auden trata de cómo puede ocurrir un desastre —un niño puede caer al vacío desde el cielo o, en mi mundo, una bomba puede arrasar un bloque de apartamentos— y, sin embargo, hay gente que nunca parece darse cuenta de la catástrofe.

Como ese poema de Auden es tan conocido (los lectores del Times recordarán la “lectura profunda” que hicimos sobre él este año), he querido incluir otra obra de Auden que a menudo se pasa por alto, una que escribió cuando la Alemania nazi invadió Polonia, lo que marcó el avance aparentemente inexorable de la guerra por el continente. El poema, “1 de septiembre de 1939”, es —como gran parte de su poesía— clarividente sobre la capacidad del ser humano para destruir su propia civilización.

He incluido otro gran poema sobre la guerra: “Mil novecientos diecinueve”, de Yeats. Me asombra la amplitud y la profundidad del poeta, y este poema es uno con el que he pasado muchas horas. El verso inicial te arranca de cuajo: “Muchas cosas ingeniosas y hermosas ya no existen”, comienza. Una estrofa posterior describe un momento de violencia en un periodo de guerra civil que borra el pasado y el presente por igual. Yeats habla de la brutalidad de los soldados en la Guerra de la Independencia de Irlanda —hace 100 años—, pero yo veo los horrores de la lucha en Siria, en, Afganistán, en Bosnia.

Hoy los días los cabalga un dragón, la pesadilla
el sueño: una soldadesca borracha
puede dejar que la madre, asesinada en su puerta,
se arrastre entre su sangre, y quedar impune.

Siempre intento leer a algunos poetas de los lugares que cubro cuando estoy allí. Eso significa que a menudo he dedicado tiempo a la poesía preislámica de Irak (lamentablemente, en traducción al inglés, ya que no leo árabe).

Pero últimamente, con la guerra de Ucrania y los refugiados de Europa del Este en mente, también me he sumergido en la obra de la polaca Wislawa Szymborska, galardonada con el Nobel. Su poema “Si acaso” resume mis sentimientos al haberme librado una y otra vez, no solo de las amenazas que uno encuentra durante los conflictos, sino también de todas las otras cosas terribles que podrían haberme arrastrado al abismo, tanto psicológico como físico.

También he dedicado tiempo a la obra de Mahmoud Darwish, un poeta palestino que escribió en su tierra natal y en Beirut y en París. Es el poeta del exilio por excelencia, un sucesor de Dante, siempre en busca del paraíso pero condenado a vivir en una tierra rota. Me encantan sus poemas porque son muy específicos sobre los lugares. Me recuerdan que, como reportera, tengo que ser leal y fiel al lugar que cubro, y debo comprender que las personas sobre las que escribo pueden creer que esos sitios son tierra sagrada, aunque yo no pueda verlos así.

Me costó mucho hacerlo en Irak, porque es una tierra de matorrales desérticos, de cuya grandeza solo me di cuenta lentamente. Pero, para la gente que entrevistaba era su hogar, con defectos apenas visibles. Mientras yo veía el Tigris y el Éufrates como lentos, y a veces obstruidos con basura, la gente sobre la que escribí los veía como los ríos que les dieron su lugar en la historia como Mesopotamia.

Darwish escribe sobre ver las cosas como las ven los demás en su poema “El ciprés se ha partido”, que he incluido. Informar en tiempos de guerra requiere una especie de empatía radical, algo que te lleva a lo más profundo de un tiempo y un lugar. Poemas como los suyos me ayudan a recordar que centrarse en lo particular puede ofrecer el mejor camino para captar lo universal.

También está “El viaje de los magos”, quizá mi poema favorito de T. S. Eliot. Está narrado desde el punto de vista de uno de los tres reyes que llevan regalos para el niño Jesús.

Para este rey, que viene de muy lejos y tiene una fe diferente, el viaje toma más de lo que da. Es sobre todo un poema sobre la duda. Pero ofrece una descripción tan vívida del viaje por lugares que suenan a Afganistán o a Kurdistán que me pareció reconocer el viaje del rey y pude imaginarme montando en camello en su comitiva.

Y las ciudades hostiles y los pueblos agresivos
y las aldeas sucias y caras… Entonces llegamos al amanecer a un valle templado,
húmedo, lejos de las nieves perpetuas, y olía a vegetación;
con un arroyo y un molino de agua que golpeaba la oscuridad.

En última instancia, y a pesar de que habla de la duda, el poema trata del anhelo de encontrar la fe, y de la terrible y eterna incertidumbre inherente a esa búsqueda.

Hay muchos más poemas que podría recomendar a los afectados por la guerra y a los que tienen la suerte de no estarlo. Pero estos son un comienzo. Espero que alguno te llame la atención y te permita descubrir a un poeta que no conocías.

Los caballos de Aquiles, por Constantino Cavafis [trad. de Juan Manuel Macías]

Cuando vieron que Patroclo había sucumbido,
tan valeroso él, tan fuerte y joven,
los caballos de Aquiles se entregaron al llanto:
les indignaba en su inmortal naturaleza
el contemplar esa obra de la muerte.

Lee el poema completo [en inglés]

Si acaso, de Wislawa Szymborska [trad. de Abel Murcia]

Ocurrió; no a ti.
Te salvaste porque fuiste el primero.
Te salvaste porque fuiste el último.
Porque estabas solo. Porque la gente.
Porque a la izquierda. Porque a la derecha.

Lee el poema compelto [en inglés]

Desde la frontera de la escritura, de Seamus Heaney [trad. de Jorge Fondebrider]

y todo es pura interrogación
hasta que alguien mueve el rifle y uno acelera
con fingida despreocupación.
Un poco más vacío, un poco gastado,
como siempre, por ese estremecimiento del yo,
sojuzgado, sí, y obediente.

Lee el poema completo [en inglés]

Musée des Beaux Arts, de W. H. Auden [trad. de Eduardo Iriarte]

Acerca del sufrimiento nunca se equivocaron
los Viejos Maestros: qué bien entendieron
su posición humana; cómo tiene lugar
mientras algún otro come o abre la ventana a
sencillamente pasea aburrido.

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1 de septiembre de 1939, de W. H. Auden [trad. de Eduardo Iriarte]

Los rostros en la barra
se aferran a su jornada mediocre:

no sea que veamos dónde estamos,
perdidos en un bosque encantado,
niños asustados de la noche

Lee el poema completo [en inglés]

Mil novecientos diecinueve, de William Butler Yeats [trad. de Antonio Rivero Taravillo]

También tuvimos muchos juguetes bonitos antaño:
una ley indiferente a culpa o elogio,

Oh, ¡qué exquisito pensamiento tuvimos al creer
que bribones y granujas habían desaparecido!

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El ciprés se ha partido, de Mahmoud Darwish [trad. de Luz Gómez García]

Pero el ciprés
se ha partido. Los que pasaban entre los escombros han dicho:
estaría harto de tanto abandono, o sería demasiado
viejo, porque era alto como una jirafa, y de tan poca
enjundia como una escoba, ni sombra daba a los enamorados.

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Grajo negro en tiempo de lluvia, de Sylvia Plath [trad. de Xoán Abeleira]

Tan solo sé que un grajo
ordenando sus plumas negras puede brillar tanto
como para adueñarse de mis sentidos, obligarme
a alzar los párpados y concederme
un breve respiro frente a mi miedo
a la absoluta neutralidad.

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Aquellos domingos de invierno, de Robert Hayden [trad. de Sabrina Duque]

También los domingos mi padre se levantaba temprano
y se vestía en el frío azul oscuro,
luego con manos agrietadas y doloridas
por el trabajo en el clima de la semana
alimentaba el fuego. Nunca nadie se lo agradeció.

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El viaje de los magos, de T. S. Eliot [trad. de Tedi López Mills]

. . . ¿nos llevaron tan lejos
por un Nacimiento o por una Muerte? Hubo un Nacimiento,
teníamos pruebas y ninguna duda. Yo había visto nacer y morir,
pero pensaba que eran distintos: este Nacimiento
nos sometió a una dura y amarga agonía,
como la Muerte, nuestra muerte.
Regresamos a nuestros lugares, estos Reinos,
pero ya no estamos en paz aquí…

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La Ilíada
, Canto 24, de Homero [trad. de Fernando Gutiérrez]

El gran Príamo entró sin ser visto, acercose al instante
y abrazó las rodillas de Aquiles, besó aquellas manos
homicidas y crueles con que le mató a tantos hijos
…Pero a mí, ¡desdichado de mí! que engendré hijos valientes
en los campos de Troya, ninguno a estas horas me queda.
…A los más el colérico Ares quebró las rodillas.
Y al que para defensa del pueblo y la villa quedábame,
lo mataste hace poco al luchar defendiendo a su patria,
a Héctor; y ahora por él he venido a las naves aqueas
para que lo redimas; te traigo un inmenso rescate.
Mas respeta a los dioses, ¡oh Aquiles!, y a mí compadéceme
recordando a tu padre…

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