¿Podría una sola pareja repoblar la Tierra?

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Cartel promocional de la popular serie The last man on Earth
Cartel promocional de la popular serie The last man on Earth

Una pandemia global de un virus desconocido, un cometa visible desde todo el mundo, grandes incendios forestales en lugares tan insospechados como Siberia, incluso una enorme plaga de langostas en África oriental. Por suerte, aún no ha aparecido ningún agorero, astrólogo o adivinador anunciando el fin del mundo, seguramente estén escondidos y en silencio por la vergüenza de no haber conseguido predecir lo que se nos venía encima…

Este año 2020 nos está brindando escenarios tan apocalípticos que harían las delicias de cualquier guionista de ciencia ficción. Si este año fuese una película sin duda pertenecería a ese género que se ha denominado cine de catástrofes. Esto me ha traído a la memoria el maravilloso artículo de la periodista Zaria Gorvett que, hace unos años, analizó las dificultades y posibilidades de éxito para que una sola pareja pudiera devolver la vida humana a un planeta desierto, un tema recurrente en el cine de distopías en multitud de películas y remakes como “Soy Leyenda”, “El último hombre sobre la Tierra”, “The Omega man” o la popular serie Last man on Earth. Por supuesto, la situación es altamente improbable, incluso con todas las desdichas que este 2020 nos está regalando, pero responder a la pregunta del título nos podría ofrecer un artículo sorprendente y curioso, sobre infinidad de materias científicas como biología, genética o matemáticas. Así pues, con mucha imaginación, aunque utilizando escenarios reales y estudios científicos sobre el tema, vamos a intentar responder la interesante pregunta de ¿podría una sola pareja repoblar un planeta completo?

Insecto palo de Howe (Dryococelus australis) | Wikipedia CC
Insecto palo de Howe (Dryococelus australis) | Wikipedia CC

En la naturaleza esta situación no es nada inusual. Los biólogos la conocen bien como “cuellos de botella” y, desde que surgió la vida en nuestro planeta hace aproximadamente 3.500 millones de años, incontables especies han tenido que enfrentarse a una posible extinción causada por una disminución tal de su población que apenas quedaban ejemplares para reproducirse. Ocurre constantemente. En nuestros tiempos, una buena parte de los programas de recuperación y cría en cautividad de especies en peligro de extinción han comenzado con una sola pareja, y muchos de ellos han tenido éxito.

Uno de los ejemplos más asombrosos y extremos de estos cuellos de botella se descubrió en un pequeño islote llamado Pirámide de Ball, que se encuentra a unos 600 kilómetros al este de Australia en el Pacífico sur. Los protagonistas de esta película biológica son dos ejemplares de insecto palo de Howe (Dryococelus australis) que, como su propio nombre indica son originarios de la isla de Lord Howe, separada unos veinte kilómetros de la Pirámide de Ball. A principios del siglo XX, una plaga de ratas negras invadieron la isla Lord Howe, hogar de los insectos palo, diezmando su población hasta extinguirlos. Afortunadamente, y flotando en algún madero, algunos ejemplares pudieron escapar de la masacre y alcanzar la isla vecina. En 2003, une quipo de biólogos dio por extinta la especie tras una profunda investigación en la isla de Lord Howe, pero se encontraron con la enorme sorpresa de que una colonia de estos insectos palo había conseguido sobrevivir durante más de ochenta años en la Pirámide de Ball.

Aquella colonia apenas llegaba a los treinta ejemplares de insectos palo de Howe que se refugiaban en un único arbusto bajo un único arbusto de Melaleuca howeana. Los biólogos seleccionaron una pareja de aquella colonia, a quienes acertadamente llamaron “Adán y Eva”, y tras solo nueve años de programa de recuperación ya había 9.000 ejemplares de insectos palo… hijos, nietos y biznietos de los originarios Adán y Eva en versión insecto palo.

El monarca Carlos II, el hechizado, ejemplo de la endogamia propia de la dinastía de los Habsburgo en España
El monarca Carlos II, el hechizado, ejemplo de la endogamia propia de la dinastía de los Habsburgo en España

Evidentemente recuperar una población de insectos palo, cuyas hembras pueden poner diez huevos cada diez días, no es comparable a repoblar la tierra con personas a partir de una sola pareja. ¿Qué dificultades encontraríamos en el caso del ser humano?

La primera dificultad obvia es que esa primera hornada de humanos, hijos de la misma pareja, serían hermanos y se enfrentarían a un alto coeficiente de endogamia.

En España conocemos bien este tema por algunas dinastías monárquicas de nuestro pasado. En 2009 un equipo de biólogos y genetistas de la Universidad de Santiago de Compostela publicó un estudio donde analizaban ese coeficiente de endogamia en los reyes españoles pertenecientes a la casa de los Habsburgo, empezando por Felipe I, fundador de la dinastía, hasta llegar a Carlos II, y encontraron que numerosos miembros de esa dinastía tenían coeficientes de endogamia superiores a 0.20.

El ejemplo de nuestros Austrias, y su costumbre de casarse con parientes cercanos, no solo es cosa del pasado, en la actualidad, en algunas regiones de la India como Pondicherry, más del 20% de los matrimonios se realizan entre sobrinos-tíos, y el 31% entre primos hermanos. En determinadas zonas de Pakistan, un alto porcentaje (62,5%) de los matrimonios se concentran entre primos hermanos. Existen estudios sobre una etapa de alta endogamia en Checoslovaquia, entre 1933 y 1970, donde el 40% de los niños nacidos de padres parientes en primer grado, resultaron gravemente discapacitados y el 14% finalmente falleció.

¿Cuántos individuos necesitaríamos para evitar coeficientes de endogamia demasiado altos?

Más allá de un evento apocalíptico en la Tierra, la cuestión tiene su interés si pensamos en un futuro (ojalá no muy lejano) donde hayamos conseguido alcanzar planetas o satélites lejanos donde, estableciendo las condiciones de habitabilidad necesarias, pudiéramos iniciar la primera colonia espacial. Por estas razones, la pregunta interesó especialmente al antropólogo John Moore, y por supuesto a la NASA que publicó un ensayo en 2002. En aquella obra NASA recomendaba iniciar una colonización con un mínimo de 160 personas, con predilección hacia las parejas jóvenes sin hijos y siempre que se pudieran detectar y evitar la presencia de genes recesivos potencialmente peligrosos en sus componentes.

Infografía explicativa de un cuello de botella de población
Infografía explicativa de un cuello de botella de población

Las condiciones que Moore y NASA ofrecen son aplicables a un supuesto de viaje espacial colonizador, pero no nos dicen mucho de nuestra pregunta inicial. Para nuestro caso de una única pareja, las posibilidades serían escasas (aunque no nulas) incluso si no poseyeran genes recesivos peligrosos.

Otra gran cuestión sería qué clase de humanos resultarían a lo largo de los años. Los cuellos de botella aceleran la deriva genética y la evolución de las especies que los experimentan. Se produce una selección intensiva de determinados caracteres que pasan a ser mayoritarios en los individuos supervivientes, mientras que otros caracteres desaparecen rápidamente. Cuando pequeños grupos de individuos permanecen aislados durante demasiado tiempo, se vuelven susceptibles al denominado efecto fundador, en el que la pérdida de diversidad genética amplifica las peculiaridades genéticas de la población.

Incluso superando ese cuello de botella, con el paso del tiempo, los nuevos humanos no solo parecerían diferentes, sino que podrían ser una especie completamente diferente.

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