Pocha y Guillermina, las elefantas del zoo de Mendoza, más cerca de la libertad

Isabel de Estrada
·6  min de lectura

Llegó el momento de ser libres para Pocha y Guillermina, las dos elefantas del Ecoparque de Mendoza, que correrán la misma suerte que Mara, trasladada desde el Ecoparque porteño al Santuario de Elefantes Brasil en plena pandemia. En poco tiempo más, cuando se finalicen los infinitos trámites ante la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), ya que los animales son considerados "cosas" y como tales deben ser transportados, a Pocha y a Guillermina las esperan las frescas lomadas del Mato Grosso después de décadas de encierro.

Se cree que Pocha fue capturada de bebé en Borneo y llegó a Londres en 1965. A los cuatro años, fue vendida al entonces zoológico de Mendoza, donde fue alojada en un recinto junto a Tami, un macho asiático a quien un circo chileno había abandonado en el lugar al volverse agresivo e inmanejable para ellos.

En 1998, después de 22 meses de gestación, nació la pequeña Guillermina, hija de Tami y Pocha. Pero Tami tuvo que ser trasladado a un recinto contiguo, separado por un ancho pasillo, desde donde pudieran observarse, para evitar que Pocha aplastara a su cría intentando protegerla.

Es que las elefantas son matriarcales y madrazas, y mantienen la relación de madre e hija para toda la vida. Reconocen el vínculo con hermanas, tías, abuelas o madres para siempre. Como nosotros, los humanos.

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Trasladar a las dos elefantas no será simple. "Uno de los principales problemas -dice Alejandra García , de la Fundación Franz Weber- es que todo lo que conoce Guillermina es la muralla de piedra que rodea el pozo en el que nació y vive desde entonces con su madre, Pocha. Esas piedras ligadas con cemento conforman su universo y habrá que prepararla para cuando salga de ese recinto por primera vez al mundo. Deberá acomodar su mente a su nueva realidad. Ese muro y su madre, de la que afortunadamente nunca fue separada, como en muchísimos otros casos que los hijos son enviados a otros zoológicos del mundo, son todo lo que ella conoce".

En menos de un mes llegarán de Estados Unidos, por segunda vez, las entrenadoras que reforzarán los aprendizajes comenzados en su primera visita al Ecoparque de Mendoza, antes de la pandemia. Deberán enseñarles a facilitar las extracciones de sangre y los análisis necesarios para poder viajar y cruzar la frontera con Brasil. Mientras tanto, arribarán las cajas en las que viajarán. Deberán reconocerlas y asociarlas con estímulos positivos, pues en ellas recorrerán miles de kilómetros hasta llegar al santuario de elefantes de Chapada dos Guimaraes, en pleno Mato Grosso, adonde, si todo va bien, pasarán el resto de sus días en libertad.

En 2016, se firmó el acuerdo entre la Secretaría de Medio Ambiente de Mendoza, la Fundación Franz Weber y el Santuario de Elefantes Brasil para trasladarlas allí. Fue el año en que el experto en elefantes Scott Blaise, luego de mucho buscar, pudo instalarse junto a su equipo en las suaves lomadas donde la temperatura, el aire y los árboles tienen las condiciones perfectas para los paquidermos. Scott fue el creador del Elephant Sanctuary en Tenessee, Estados Unidos, y recientemente del santuario en el Mato Grosso. Allí vive y trabaja junto a su mujer Kat, veterinaria, y un grupo de biólogos, veterinarios y ayudantes, a los que preparan para hacerse cargo algún día del lugar. Una vez cumplida esa labor, ambos podrán trasladarse hacia otro continente, crear otro santuario y seguir liberando a los elefantes cautivos en el mundo.

Mientras tanto, el objetivo es recibir allí a algo más de treinta elefantes que viven en Sudamérica, en condiciones muy precarias. "Un elefante en libertad tiene una vida de aproximadamente 70-80 años, pero en cautiverio no suele pasar los 55 años. Esto es debido al stress, las condiciones, la alimentación y la falta de espacio -dice Scott-. Y la mayoría de los que están en América del Sur tienen muchos años de cautiverio. Estamos trabajando contra reloj". Y agrega: "Para nosotros, aunque pasen poco tiempo aquí, todo esfuerzo vale la pena. Verlos llegar abatidos, sin ganas de vivir, lastimados y sin fuerzas después de toda una vida de encierro y maltrato, y experimentar la transformación que tiene lugar día a día en ellos es una sensación única. Cuando se echan en la hierba fresca por primera vez, caminan, tocan, se mojan, nadan y juegan, sus ojos van adquiriendo el brillo que siempre deberían haber tenido. Recuperan su alma de elefante".

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Cuenta Scott, emocionado: "Este traslado es uno de los desafíos más grandes que he tenido hasta ahora, debido a la situación de Guillermina. Calculamos que el viaje demorará aproximadamente cinco días, pero serán ellas las que irán marcando los tiempos de acuerdo con sus necesidades. Además dependerá de la logística. Durante el viaje de Mara, por ejemplo, todo anduvo perfecto hasta que en la oficina de frontera imprimieron mal un papel y no había forma de leerlo. Eso nos demoró como tres horas. Además, podemos tener otros imprevistos. Y nos iremos adaptando al ritmo que ellas requieran". Él viajará hasta Mendoza para acompañarlas durante todo el recorrido. "La primera vez que no pude hacer todo el viaje junto a un elefante fue en el caso de Mara, pues era imposible entrar a la Argentina debido a la pandemia. La tuve que esperar en la frontera y acompañarla desde allí. Para mí es fundamental estar. Hay que tener en cuenta cada pequeño detalle y es mucha responsabilidad", explica.

Sobre la salud y el estado de Mara, se muestra algo preocupado. "No está perfecta. Perdió peso, no está comiendo bien y tiene un problema crónico, creemos que digestivo, que le está trayendo incomodidades. Pero Mara es una elefanta increíblemente brillante. Estamos trabajando con veterinarios alrededor del mundo para poder hacerle estudios, porque el problema es que no existen equipamientos para analizar el tracto digestivo de los elefantes. Mientras tanto, la estamos ayudando como podemos para que esté bien. Ella sigue explorando y saliendo a la noche. Pero cuando no se siente bien, se impacienta con sus amigas Rana, que es muy paciente con ella, y Bambi, que no lo es tanto. Es como si les dijera: 'No quiero ir. Déjenme sola, si necesito algo se los voy a pedir'. Como nosotros cuando estamos incómodos o nos sentimos mal", detalla.

"Es que todos ellos llegan con una larga historia negativa, sin músculos por falta de movilidad y espacio, dieta inadecuada durante años y tanto más. Pero cada día que pasan acá es mágico, hace que todo valga la pena", concluye.