Tras una peligrosa odisea, un intento por sobrevivir en Nueva York

Azuna prueba suerte en un restaurante en East Harlem que tenía un aviso solicitando personal en la ventana. (Lucia Vazquez/The New York Times)
Azuna prueba suerte en un restaurante en East Harlem que tenía un aviso solicitando personal en la ventana. (Lucia Vazquez/The New York Times)

Alberto Azuna frenó en la esquina de la calle 125 y la Tercera avenida en Manhattan una mañana reciente y se ajustó la gorra de béisbol. Se estremeció dentro de una chaqueta de invierno ajustada, y luego se reincorporó. “Bueno, vamos por ahí”, dijo.

Su primera parada fue El Barrista, una cafetería de aspecto moderno con un letrero que decía: “Se cancela el día de hoy”. Un minuto después salió, negando con la cabeza. “No hablaban español y yo no hablo inglés”, contó.

En la siguiente cuadra, se cruzó con un hombre que llevaba un casco de seguridad y transportaba material de construcción en una carretilla. “¡Disculpe, caballero!”, le gritó en español. Azuna le explicó que había llegado hace poco de Venezuela y estaba buscando empleo. El trabajador, José Santos, asintió con empatía y luego negó con la cabeza.

“Soy boricua, nací y crecí aquí, e incluso para mí a veces es difícil conseguir empleo”, afirmó. “Cualquier cosa que sepa, te la haré saber”. Azuna suspiró y volvió a acomodarse la gorra.

Desde que llegó a la ciudad de Nueva York hace poco menos de dos semanas, Azuna, de 38 años, ha estado recorriendo Manhattan a pie, tocando las puertas de decenas de negocios como si fuera un encuestador, pidiendo trabajo, cualquier tipo de trabajo. Azuna, quien era locutor de radio en su país, se despierta a las 6 a. m. todos los días y toma el autobús a Manhattan desde la isla Randall, donde se ha estado hospedando en un refugio para hombres en situación de calle.

Azuna es uno de los más de 22.000 migrantes que han llegado a la ciudad de Nueva York desde abril, muchos de ellos venezolanos que huyen del caos económico y político de su país natal. El mes pasado, el alcalde de Nueva York, Eric Adams, declaró un estado de emergencia cuando los refugios de la ciudad comenzaron a saturarse ante la afluencia de inmigrantes. La ciudad montó una zona de carpas cerca del refugio en el que Azuna se está hospedando en la isla Randall, para poder brindarle alojamiento a todos.

La mayoría quiere trabajar. Pero podrían pasar meses antes de que los recién llegados cumplan los requisitos para poder hacerlo de manera legal, bajo una disposición que permite a los inmigrantes trabajar seis meses después de presentar la solicitud de asilo. El proceso se prolongará para muchos y es poco probable que la oportunidad sea permanente. Los tribunales ya estaban abrumados debido a la acumulación de solicitudes de asilo pendientes: Azuna tiene su primera cita con los funcionarios de inmigración en julio de 2025. Y para la mayoría de los migrantes, el estatus de asilo es una posibilidad remota: escapar de las dificultades económicas no es motivo para solicitar asilo.

Junior Rojas, izquierda y Terry Antonio Mujica sentados cerca del río Este en Midtown durante un descanso laboral. Hallaron trabajo relativamente pronto tras su llegada a Nueva York, pero cobran la mitad del salario mínimo. (Lucia Vazquez/The New York Times)
Junior Rojas, izquierda y Terry Antonio Mujica sentados cerca del río Este en Midtown durante un descanso laboral. Hallaron trabajo relativamente pronto tras su llegada a Nueva York, pero cobran la mitad del salario mínimo. (Lucia Vazquez/The New York Times)

Si bien hay empleos disponibles en la ciudad, muchos de ellos requieren de un permiso de trabajo. Es por eso que, con pocos recursos financieros y escasas posibilidades de que se le otorgue asilo, Azuna y miles como él probablemente terminarán en la economía clandestina, junto al más de medio millón de trabajadores indocumentados que ya viven en la ciudad de Nueva York.

Azuna hizo su tercer intento de la mañana en Sandy Restaurant, un restaurante dominicano, donde le dijo a una mujer que estaba detrás del mostrador que estaba dispuesto a hacer “lo que sea”: lavar platos, cocinar, incluso conducir un camión de cemento. La mujer negó con la cabeza. “Estamos llenos. Completamente llenos”, afirmó.

Leon Ramirez, propietario de Sandy Restaurant, afirmó que “cientos” de migrantes de América Latina han tocado a su puerta y que nunca había visto tantos. Dijo que ve a más de 10 venezolanos al día, y chicos jóvenes, de 16 años, que “mueren por conseguir un trabajo”. Y añadió que su personal está completo y que el costo es demasiado alto.

Para Azuna, llegar a Manhattan fue la culminación de semanas de peligrosas excursiones por Centroamérica, incluidos los densos bosques pantanosos del Tapón del Darién en Panamá. Azuna contó haber visto cadáveres y niños abandonados por padres que habían muerto por agotamiento o heridas.

Como muchos otros, Azuna trajo pocas cosas consigo y se despojó de otras posesiones en el camino. Lo único que le queda es una carpeta de plástico que lleva consigo en todo momento, la cual contiene su pasaporte, 50 pesos mexicanos (menos de 3 dólares), algunos medicamentos para tratar las úlceras y la indigestión, un librito con versículos del Nuevo Testamento y los Salmos, y una foto de su esposa y sus dos hijas, una de las cuales nació hace apenas cinco meses.

Ya en Nueva York, el juego de supervivencia continúa, aunque de otro tipo. Los inmigrantes indocumentados en general son más vulnerables a los abusos de jefes sin escrúpulos, incluso de intermediarios en el sector de la construcción, algunos de los cuales ya les pagan a los migrantes la mitad del salario mínimo de 15 dólares que exige la ciudad. Pero a diferencia de otras nacionalidades, muchas de las cuales han establecido comunidades y redes sociales en la ciudad, muchos venezolanos tienen pocos familiares o contactos a los cuales recurrir para obtener consejos o ayuda financiera.

La ciudad ha brindado un nivel de apoyo a esta ola de inmigrantes que quizás no tenga precedentes, incluida la creación de un refugio con áreas para deportes y videojuegos y la entrega de tarjetas EBT (sigla en inglés de Transferencia de Beneficios Electrónicos) para comprar alimentos. Aun así, hay algunos obstáculos. Algunas de las tarjetas EBT han salido defectuosas: Azuna descubrió que la suya no tenía dinero y tuvo que ir a una oficina en Brooklyn para solucionar el problema. Sin dinero para pagar una tarjeta de metro, recurrió a la amabilidad de los extraños y los benévolos trabajadores del metro que lo dejaron pasar. “Cuando digo que acabo de llegar de Venezuela, me dicen: ‘Pase, adelante’”, contó.

Luego está la lucha burocrática para obtener cualquier tipo de identificación que pueda mostrar a los posibles empleadores. Para conseguir un trabajo en la construcción, los trabajadores necesitan un certificado de la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA, por su sigla en inglés), que puede llegar a costar hasta 400 dólares y requiere de 40 horas de capacitación en seguridad básica.

En La Colmena, una organización comunitaria en Staten Island que brinda capacitación gratuita de la OSHA, la demanda de certificados es tan alta que hay una lista de espera de 200 personas hasta junio, afirmó Felix Guzman, organizador e instructor de la OSHA.

Los grandes proyectos de construcción exigen que los trabajadores presenten certificados de la OSHA, pero las reglas pueden ser un poco más difusas para las residencias privadas, afirmó Stephen Handlik, un superintendente autorizado que trabaja para Rinaldi Group, una empresa de gestión de construcciones. Handlik estaba supervisando la construcción donde Azuna se había detenido para conversar con Santos, uno de los obreros.

“Puedes salirte con la tuya porque hay demasiadas construcciones en curso como para que cualquier agencia gubernamental pueda supervisar no solo estos proyectos más grandes, sino cada hogar”, afirmó Handlik.

Handlik les da una lista corta de requisitos a las personas que vienen a buscar trabajo: “Lo primero que les digo es que necesito un currículo: ¿Pintas? ¿Eres soldador? No conozco cuál es tu experiencia. Luego necesito una dirección legítima a la cual enviaré los cheques de pago. Luego necesitas capacitación de la OSHA para que estemos en regla con la OSHA”.

Terry Antonio Mujica y Junior Rojas llegaron hace tres meses de Caracas, Venezuela, y se conocieron en un albergue para personas en condición de calle. Consiguieron trabajo bastante rápido, uno en construcción y el otro en una lavandería, pero reciben la mitad del salario mínimo. En un día, ambos hombres ganan alrededor de 55 dólares por unas siete horas de trabajo. Aun así, ambos sienten el pago como una recompensa.

“Con lo que gano aquí en un día se puede comprar una semana de comida en mi país”, afirmó Rojas, de 28 años, quien tiene cinco hijos de entre 3 y 13 años.

“Cien por ciento, valió la pena hacer el viaje”, agregó Mujica, de 29 años, quien tiene cuatro hijos y envía dinero a través de Western Union en su teléfono celular, el cual le donaron.

Como jornalero, Mujica no sabe cuándo trabajará sino hasta el día anterior, cuando recibe una llamada de un capataz en una construcción en Queens. Tras bajarse en una estación de metro designada, camina hacia una tienda de charcutería donde lo pasan a buscar en una furgoneta y lo llevan hasta la construcción en la que trabaja en el departamento de demolición.

Rojas, quien llevaba puesta una gorra de béisbol de los Yankees de Nueva York, contó que un empleador puertorriqueño lo había contratado en una lavandería. Su jefe solo puede pagarle la mitad del salario mínimo, pero estaba “agradecido por el trabajo”, afirmó durante un descanso que tomó para recibir una llamada de su esposa.

“Gracias a Dios que están bien, porque no me los puedo traer”, dijo sobre su familia. “Es demasiado caro y cruzar la selva es horrible. No se lo recomiendo a nadie”.

Cuando estaba cruzando el Tapón del Darién, una banda armada con revólveres apareció y asaltó a otros migrantes. “Agarraban a los haitianos, no a los venezolanos, porque ya ellos saben que los venezolanos vienen sin nada. Ya ellos saben quiénes pagan”, afirmó Rojas.

De vuelta en la zona este de Harlem, Azuna continuó su búsqueda de trabajo a lo largo de la calle 125. Notó un letrero escrito a mano en español en la ventana de un puesto de quesadillas que solicitaba empleados. Un trabajador estaba calentando una plancha para servir el almuerzo a los clientes. Azuna se inclinó para hablarle a través de la ventana abierta.

“¿De dónde eres?”, le preguntó Azuna, con la expresividad desenvuelta de un locutor de radio. “Ciudad de México”, le respondió el trabajador, quien dijo llamarse Jonathan. “He pasado por todos los países de Centroamérica y Ciudad de México fue la ciudad más hermosa de todas”, afirmó Azuna, con una sonrisa.

“Ajá”, respondió Jonathan, quien parecía saber hacia dónde se dirigía la conversación. Entonces enumeró los requisitos con los que tendría que cumplir para trabajar en el lugar: una identificación personal, una identificación fiscal, un certificado del departamento de salud para la manipulación de alimentos. “Y bueno, también necesitas saber cocinar”.

Azuna aseguró que en Venezuela manejaba un camión donde transportaban comida y carne.

“Para eso también necesitas un certificado”, le respondió el trabajador. “Buena suerte”.

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