Pekín vuelve a normalidad en un verano opresivo y caliente

Anna Fifield
·7  min de lectura

PEKÍN.- Todas las señales del infernal verano de Pekín están a la vista: los hombres juegan a las cartas en la vereda luciendo su "bikini pekinesa", como llaman a la costumbre de enrollarse la camisa por encima de la línea de flotación de la panza cervecera para una mejor circulación del aire, y los más jóvenes llevan ventiladores portátiles mientras caminan por la calle.

La gente instala sus parrillas en la vereda y se pone a cocinar. Hace tanto calor que los pekineses, que siempre insisten tanto en que las bebidas deben estar a temperatura natural, incluso toman la cerveza fría.

Cualquiera diría que es en un julio abrasador como cualquier otro.

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Pero incluso en Pekín, donde la vida ha vuelto prácticamente a la normalidad,después de meses de controles estrictos, la amenaza del coronavirus sigue presente, acechando detrás del barniz de la cotidianeidad recuperada.

Los restaurantes y los shoppings están abiertos, pero para ingresar hay que activar el "código sanitario" en el celular. Ese código rastrea los movimientos de cada persona y determina si previamente circuló por lugares de riesgo. Solo puede ingresar quienes tienen código verde. Muchas oficinas también les exigen código verde a sus empleados para permitirles sentarse en sus puestos de trabajo. El código rojo, o incluso el amarillo, se convirtieron en la marca de Caín del año 2020.

O defendés tu privacidad o tenés una vida activa: en Pekín, las dos cosas no se puede.

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Hay guardias de seguridad con pistolas infrarrojas que custodian las puertas de supermercados y complejos de viviendas y toman la temperatura de cada persona que intenta ingresar. Se trata mayormente de una formalidad, ya que la medición de esos termómetros no suele reflejar la realidad.

Los gimnasios están abiertos, excepto los que son subterráneos. El lunes reabrieron las salas de cine, pero al 30% de su capacidad y no está permitido el consumo de comida ni bebidas. Para las principales atracciones turísticas de Pekín, como la Ciudad Prohibida, hay que reservar previamente, y el uso de barbijo es obligatorio durante la visita, así como también en el transporte público y los taxis.

Mientras el resto del mundo se desvela por encontrar el equilibrio justo entre las consideraciones sanitarias y las económicas antes de que que llegue la segunda o tercera oleada de contagios, China parece haber encontrado el punto óptimo. Aquí los controles incluyen confinamientos inmediatos, testeos masivos y el uso de tecnología de vigilancia a niveles que el Partido Comunista ni soñaba a principios de este año.

El regreso a la normalidad, con controles

El mes pasado, cuando estalló un brote de contagios en el mercado de Xinfadi, en Pekín, las autoridades municipales confinaron en sus hogares a 75.000 personas y testearon a 11 millones de vecinos en unas pocas semanas. Cuando el rastro del virus condujo a una partida de salmón importado de Noruega , hasta intentaron hisopar lo garganta de los pescados, aunque no queda claro si los salmones tienen garganta.

Como sea, los esfuerzos funcionaron. Un mes más tarde, la capital tiene todo el aspecto de haber vuelto a la normalidad.

"Creo que China enfrentó bastante bien la pandemia", dice Li Yue, que vive cerca de las famosas Torres del Tambor y el Campanario de Pekín, y salió al parque en busca de alivio del calor asfixiante.

La zona estaría usualmente llena de turistas, pero como las torres están cerradas y China está cerrada al turismo internacional, por ese laberinto de callejones y pasadizos solo circulaban los vecinos.

"La vida volvió a ser un 70 u 80% normal", dice Li, y agrega que lo único que todavía no puede hacer es ir al cine, pero esta semana ya podrá hacerlo.

El presidente chino Xi Jinping declaró la "victoria" sobre el virus, pero las autoridades siguen en pie de guerra.

"Bajo riesgo no es lo mismo que riesgo cero", grita en rojo y blanco un enorme cartel, cerca del Campanario. "La guerra no terminó: mantenga la prevención y los controles."

Del otro lado del parque, donde los vecinos más viejos -casi todos sin barbijo- se reúnen a jugar mahjong a la sombra de los árboles, hay otro cartel que exhorta a "Usar barbijo, lavarse las manos con frecuencia, ventilar regularmente el hogar, y mantener una buena higiene personal".

El nivel de alerta contra el virus en Pekín bajó un punto el martes y actualmente se ubica en 3, lo que allana el camino para la celebración de actuaciones y eventos deportivos, y para que los lugares públicos, como los museos, puedan operar al 50% de su capacidad.

"La ciudad entera de Pekín se movilizó para frenar el avance del virus", dijo el lunes Chen Bei, subsecretaria general del gobierno municipal, y agrego que los pekineses deben seguir fomentando nuevos hábitos y prácticos "para garantizar que no haya un relajamiento de la nueva normalidad que nos permite controlar la pandemia".

Los mismos controles se están aplicando en Urumqi, capital de la región de Xinjiang, donde la semana pasada se manifestó una nueva cadena de contagios. La ciudad, que ya estaba bajo estrictos controles como parte de la represión del gobierno central contra la minoría étnica uigur, quedó directamente paralizada durante el último fin de semana, cuando se aplicaron "medidas de guerra" para frenar el brote.

El lunes se detectaron 17 casos nuevos en Urumqi, pero si el resultado sigue el mismo patrón que en Pekín, el brote allí también será prontamente sofocado.

Por eso es que las noticias que llegan desde Estados Unidos son totalmente desconcertantes para el ciudadano chino, y muchos manifiestan no entender por qué los norteamericanos se niegan a usar un barbijo que podría salvarles la vida. También los deja atónitos que en un país con un sistema de salud tan avanzado como el de Estados Unidos, no se realicen testeos masivos.

"Desde mi punto de vista como ciudadana, pienso que a Estados Unidos no le importa cuidar a su gente ni el bienestar de las masas", dice Fiona Tao, estudiante universitaria de 20 años, mientras practica con su skate en un sector vacío de la plaza del Campanario.

Fiona usa un jean gastado a la moda y zapatillas de marca norteamericano, pero dice estar aliviada de vivir en China y no en un país como Estados Unidos.

"Cada país tiene su enfoque, así que no podemos criticarlos usando nuestros estándares", dice su amiga Alexa Zhang, mientras bebe de su té de burbujas. "Es decisión de ellos no tomarse en serio el destino de millones de vidas."

Como el gobierno chino está enfrentado con Estados Unidos por el predominio global, se asegura de que su población esté enterada de cuánto más grave es la situación en el territorio del enemigo. Cada vez que el número de casos y de muertos en Estados Unidos marca un nuevo récord, los medios estatales chinos se ocupan de informarlo, tratando de convertir las críticas internas por los errores iniciales del Partido Comunista en gratitud por su reacción drástica ante la pandemia.

Pero lo cierto es que las cifras confirman sus argumentos.

En Estados Unidos se contagiaron casi 4 millones de personas, y murieron casi 150.000, cifras exponencialmente más altas que los 86.000 casos y 4653 muertes informados oficialmente por China. Para contener el virus que surgió en la ciudad de Wuhan a fines del año pasado, China impuso cuarentenas draconianas y el cierre total de enormes sectores de su economía.

En su momento, esas medidas fueron vistas como algo que solo podía hacer un gobierno autoritario, aunque en diverso grado también fueron adoptadas en países como Italia y Nueva Zelanda .

A la sombra de la Torre del Campanario, sentadas sobre sus skates, las dos amigas coinciden en que Estados Unidos tiene cosas muy buenas, pero que el sistema político chino y su cultura colectiva hacen posible una mejor respuesta ante una epidemia.

"La economía y la educación en Estados Unidos son mejores, de eso no hay duda", dice Tao pero agrega que mirando a la distancia el brote de coronavirus, su sensación es que en Estados Unidos están protegidos solo los ricos y poderosos.

"Parece que allá la igualdad no es para todos", dice la joven.

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide