Pasajeros de crucero recuerdan confusión y cuarentena

OLGA R. RODRIGUEZ
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SAN FRANCISCO (AP) — Las últimas vacaciones que Margrit y Lucio Gonzalez tomaron juntos iniciaron con un retraso agorero: una emergencia médica en el crucero que estaban por abordar.

Tras una espera de cuatro horas, la pareja, que habían estado juntos por 51 años, subió al Grand Princess el 11 de febrero de 2020 para realizar un viaje redondo de San Francisco a la Riviera Mexicana, una decisión que Margrit Gonzalez ahora lamenta.

“Desearía que hubiésemos regresado a casa. Él seguiría vivo”, dijo la mujer de 82 años.

En cuestión de semanas, el Grand Princess había captado la atención del mundo entero y convertido al coronavirus en una amenaza real para millones de estadounidenses cuando miles de sus pasajeros en un viaje subsecuente fueron puestos en cuarentena mientras el barco permanecía frente a la costa de California.

Un año después, algunos de los que viajaron en el Grand Princess recuerdan la aflicción que sintieron a continuación, otros la frustración del cambio de directrices cuando fueron confinados en sus habitaciones. Ahora están conscientes de que tuvieron un lugar en primera fila en una situación histórica.

Al final, más de 100 personas que se hallaban en el barco se contagiaron con el coronavirus. Al menos ocho de ellas fallecieron.

Una fue Lucio Gonzalez, un hombre de 73 años y complexión atlética que durante 25 años trabajó dando mantenimiento a los senderos del sistema de Parques de California. En la tarde soleada en que abordaron el crucero, los Gonzalez sólo tenían en mente su aventura en altamar. Pero un par de días después de que la travesía terminó, Lucio Gonzalez empezó a sentirse mal. Posteriormente, fue al hospital.

“La colocaron un respirador artificial durante tres semanas y dos días, y después de eso murió”, recuerda su viuda. “Nunca lo volví a ver con vida”.

Horas después de que los Gonzalez desembarcaron el 21 de febrero en San Francisco, un nuevo grupo abordó el crucero para un viaje de 10 días a Hawai. El Grand Princess se dirigía a una escala en Ensenada, México, cuando las autoridades le ordenaron a la tripulación a cambiar de ruta a California el 4 de marzo luego que un hombre de 71 años originario de Rocklin, California, y quien había hecho el mismo viaje que los Gonzalez, muriera de COVID-19.

Preocupados sobre el virus, las autoridades impidieron que el barco con 2.400 pasajeros y una tripulación de 1.100 personas atracase en su puerto sede en San Francisco. El entonces presidente Donald Trump dijo que no quería que los pasajeros desembarcase en tierras estadounidenses “porque me agrada que los números (de contagios) se mantengan donde están” pero que él seguiría el consejo de las autoridades sanitarias.

En el Grand Princess, Laurie Miller, su amiga Karen Schwartz Dever y sus respectivos esposos cenaron juntos y conversaron sobre sus aventuras en Hawai con otros pasajeros, Steven y Michele Smith.

Poco después, se les ordenó entrar en cuarentena en sus camarotes. Les llevaban alimentos a sus habitaciones, desde donde observaron su barco, y en ocasiones a sí mismos, en la cobertura de las televisoras.

Incluso después de que el crucero atracó en Oakland el 9 de marzo, el calvario no había terminado. El traslado de pasajeros a bases militares para cumplir una cuarentena duró días, y el grupo permaneció en autobuses abarrotados por horas. Una vez en las bases, muchos se aglomeraron para comer y recibir información, pese a que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC por sus siglas en inglés) aconsejaba a la población mantener un distanciamiento de dos metros (seis pies) entre ellos.

Schwartz Dever, al igual que sus amigos, no culpa a Princess Cruises por la manera en que el brote en el barco fue manejado.

La familia de Lucio Gonzalez no está de acuerdo. Está demandando al Princess Cruises y a su propietario, Carnival Corp., por negligencia y homicidio en segundo grado —una de docenas de demandas legales de parte de pasajeros y parientes. Carnival se negó a hacer declaraciones dado que el litigio aún no se resuelve.

Princess Cruises indicó en un comunicado que su respuesta a la pandemia se basó en “las directrices de los gobiernos y las autoridades de salud pública, y fue congruente con los estándares de la industria. Al momento en que nueva información sobre el COVID-19 fue presentada, continuamente adaptamos nuestras políticas y protocolos para reflejar la más reciente comprensión del virus”.

La abogada de la familia Gonzalez, Mary Alexander, afirma que el Grand Princess no debió de zarpar luego de un brote anterior en el crucero Diamond Princess de Carnival frente a las costas de Japón.

“Ellos sabían más que cualquiera sobre lo que estaba sucediendo con el COVID y lo que sucedía en los cruceros y nunca debieron haber zarpado. No tomaron ninguna precaución especial para proteger a los pasajeros, ni les advirtieron sobre el virus. Como resultado de ello, gente murió”, subrayó Alexander.

Miguel Gonzalez declara que desea asegurarse que la industria rinda cuentas y los pasajeros no sean puestos en peligro como su padre.

“Tan solo lo extraño y desearía haber tenido más tiempo a su lado”, dijo.