Opinión: Solo la verdad puede salvar nuestra democracia

Thomas L. Friedman
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Un partidario del presidente electo Joe Biden alza la bandera en un mitin en Wilmington, Delaware, el sábado 7 de octubre de 2020. (Damon Winter/The New York Times)
Un partidario del presidente electo Joe Biden alza la bandera en un mitin en Wilmington, Delaware, el sábado 7 de octubre de 2020. (Damon Winter/The New York Times)
"El espantoso discurso de Trump nos dijo con exactitud hacia dónde nos dirigimos… y no es un lugar agradable", escribe el columnista de The New York Times, Thomas L. Friedman. (Devin Oktar Yalkin/The New York Times)
"El espantoso discurso de Trump nos dijo con exactitud hacia dónde nos dirigimos… y no es un lugar agradable", escribe el columnista de The New York Times, Thomas L. Friedman. (Devin Oktar Yalkin/The New York Times)

El sábado por la mañana, estaba sentado en la cocina con mi esposa, Ann, quien estaba revolviendo su cereal, cuando de pronto me sorprendió con una pregunta: “¿No decir mentiras es uno de los Diez Mandamientos?”.

Tuve que pensarlo por un momento antes de responder: “Sí. No darás falso testimonio ni mentirás”.

El hecho de que a los dos nos inquietara esa pregunta, aunque fuera de manera momentánea, es, desde mi punto de vista, el peor legado de la presidencia de Trump.

¿Se acuerdan de ese chiste? Moisés baja del monte Sinaí y le dice al pueblo de Israel: “Les tengo dos noticias, una buena y una mala. La buena es que logré que los redujera a diez. La mala es que el adulterio sigue estando prohibido”.

Pues yo tengo una mala noticia y otra peor: los hemos reducido a nueve.

Sí, estos cuatro años han sido históricos e incluso se ha eliminado uno de los Diez Mandamientos. La mentira se ha vuelto algo normal, a un grado que nunca habíamos visto. De ahí la pregunta de Ann.

No estoy seguro de cómo revertirlo, pero más vale que lo hagamos… y rápido.

Un pueblo que no comparte las verdades no puede acabar con una pandemia, no puede defender la Constitución ni puede dar vuelta a la página después de tener un mal dirigente. Ahora, la guerra por la verdad es la guerra para preservar nuestra democracia.

Es imposible mantener una sociedad libre cuando los dirigentes y los proveedores de noticias se sienten con la libertad de divulgar mentiras sin recibir castigo alguno. Sin verdad, no existe ningún camino pactado hacia el futuro, y sin confianza, no hay manera de transitar juntos ese camino.

Sin embargo, ese vacío ahora es muy profundo debido a que el único mandamiento en el que creía el presidente Donald Trump era el onceavo: “No te descubrirán”.

No obstante, en fechas recientes, Trump y muchos de sus allegados dejaron de creer incluso en eso, parece que no les importa si los descubren.

Ellos saben que sus mentiras ya recorrieron la mitad del mundo cuando la verdad apenas se está poniendo en marcha. Eso es todo lo que les importa. Solo contaminar al mundo con mentiras y que luego nadie sepa qué es verdad. Después de eso, ya no hay ningún problema.

La verdad te ata y Trump nunca quiso estar atado, no en términos de lo que podía pedirle al presidente de Ucrania ni de lo que podía decir sobre el coronavirus ni acerca de la rectitud de nuestras elecciones.

Y casi funcionó. Durante cinco años, Trump demostró que se podía mentir varias veces al día —varias veces por minuto— y no solo ganar unas elecciones, sino casi ganar la reelección.

Tenemos que asegurarnos de que personas parecidas a él nunca vuelvan a aparecer en la política estadounidense.

Porque Trump no solo se liberó él mismo de la verdad, sino que liberó a otras personas para que dijeran sus propias mentiras o divulgaran las suyas… y gozaran de los beneficios. A los miembros más antiguos de su partido no les importaba, siempre y cuando mantuviera activas a sus bases para que votaran por los republicanos. A Fox News no le importaba, mientras mantuviera a sus televidentes pegados al canal a fin de tener altos niveles de audiencia. A las principales redes sociales casi no les importaba, siempre y cuando mantuviera conectados a sus usuarios y estimulara su proliferación. A muchos de sus electores —incluso a los evangélicos— no les importaba, siempre que nombrara a jueces que estuvieran en contra del aborto. Están “a favor de la vida”, pero no siempre a favor de la verdad.

Por todas esas razones, ahora la mentira es una industria que se encuentra en tal crecimiento, que merece tener su propio renglón en el PIB: “El trimestre pasado, las ventas de automóviles y los bienes duraderos se redujeron un 10 por ciento, pero las mentiras aumentaron un 30 por ciento y los economistas pronostican que la industria de la mentira podría crecer al doble en 2021”.

El experto en beduinos israelíes, Clinton Bailey, cuenta la historia de un jefe beduino que un día descubrió que le habían robado a su pavo predilecto. Reunió a sus hijos y les dijo: “Hijos, estamos en mucho peligro. Me han robado a mi pavo. Encuéntrenlo”. Los hijos solo se rieron y le dijeron: “¿Para que necesitas el pavo, padre?”, y no le hicieron caso.

Unas semanas después, le robaron al camello. Y el jefe les dijo a sus hijos: “Encuentren a mi pavo”. Unas semanas después le robaron al caballo. Sus hijos se encogieron de hombros y el jefe repitió: “Encuentren a mi pavo”.

Finalmente, unas semanas más tarde raptaron a su hija y en ese momento reunió a sus hijos y les explicó: “¡Todo tiene que ver con el pavo! Cuando se dieron cuenta de que podían llevarse a mi pavo, lo perdimos todo”.

¿Y saben cuál fue nuestro pavo? La afirmación de que Barack Obama no nació en Estados Unidos.

Cuando le permitimos a Trump difundir esa mentira durante años —que Barack Obama, quien nació en Hawái, había nacido en Kenia y que, por lo tanto, no podía ser electo presidente— se dio cuenta de que se le permitiría hacer cualquier cosa.

Claro, al final Trump desistió, pero cuando vio con cuánta facilidad podía robarnos el pavo —la verdad— siguió haciéndolo, hasta que se robó el alma del Partido Republicano.

Y, si hubiera sido reelecto, se habría robado el alma de este país.

Ahora, Trump y sus colaboradores están haciendo un último intento de usar la gran mentira para acabar con nuestra democracia al restarle legitimidad a uno de sus mejores momentos de la historia: cuando, en medio de una pandemia mortal y cada vez más grave, una cantidad nunca antes vista de ciudadanos salió a votar y sus votos fueron contados de manera legal.

Lo que Trump y sus aliados están haciendo es muy inmoral y sumamente peligroso para nuestro sistema constitucional, pero nos entristecen aún más todos sus seguidores que le han creído.

“Las mentiras no funcionan a menos que alguien las crea, y casi la mitad de la población estadounidense ha demostrado ser increíblemente ingenua”, me dijo un excompañero del Times, David K. Shipler, quien trabajó en nuestra oficina de Moscú durante la Guerra Fría. “Creo que cada uno de nosotros tiene su propio despertador, y parece como si la mitad de sus baterías se hubieran agotado. Muchas de las mentiras de Trump y sus retuiteos sobre los embustes de conspiración son evidentemente absurdos. ¿Por qué los ha creído tanta gente? No creo que se entienda bien”.

Por eso es indispensable que todas las entidades respetables que difunden noticias —sobre todo la televisión, Facebook y Twitter— adopten lo que yo llamo la Regla Trump. Si cualquier funcionario profiere una mentira evidente o alguna afirmación infundada, de inmediato se debe dar por terminada la entrevista, como lo hicieron la semana pasada muchas cadenas con la conferencia de prensa de Trump después de las votaciones, la cual estaba plagada de mentiras. Si los críticos lo tachan de “censura”, solo hay que responder: “Queremos la verdad”.

Esto debe convertirse en la nueva normalidad. Los políticos deben temer que se les corte la transmisión cada vez que aparezcan en televisión y digan mentiras.

Al mismo tiempo, tenemos que pedir que todas las escuelas de educación primaria y secundaria de Estados Unidos incluyan en sus planes de estudio la asignatura de educación cívica digital (cómo determinar y verificar que sea verdad algo que leemos en internet). Los estudiantes no deberían poder graduarse sin ella.

Hay que volver a repudiar las mentiras y a los mentirosos antes de que sea demasiado tarde. Debemos buscar la verdad, pelear por la verdad y descalificar sin clemencia los poderes de la desinformación. Se trata de la batalla por la libertad de nuestra generación.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company