Éramos felices y no lo sabíamos: lo que perdimos al cambiar las oficinas por home office

Ashley Fetters
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Como resultado de la pandemia, millones de personas han perdido una fuente crucial de interacción diaria con otros adultos. (Getty Creative)
Como resultado de la pandemia, millones de personas han perdido una fuente crucial de interacción diaria con otros adultos. (Getty Creative)

Al principio, allá por marzo, la cualidad surrealista de la vida diaria era suficiente para distraernos de la soledad. Trabajar desde casa de manera involuntaria, ver los rostros de mis colegas de la sala de redacción y de mis vecinos en llamadas de Zoom —un medio que alguna vez estuvo reservado para la comunicación internacional o de larga distancia— se sentía, más que nada, inquietante y raro. “Es una locura,”, nos decíamos, con una mezcla de asombro y ansiedad.

Sin embargo, en abril, cuando la “nueva normalidad” empezó a sentirse realmente normal, un recuerdo particular de mi antigua oficina comenzó a aparecerse en mi mente en momentos de ocio.

Fue una noche de viernes, en enero, al final de una semana en la que desde el lunes empezaron a surgir noticias a un ritmo incesante y no habían cedido. La imagen de todos nosotros —periodistas y editores, sentados en sillas altas alrededor de una mesa en la cocina de nuestra oficina, liberando estrés, riendo y bebiendo cerveza antes de tomar el metro a casa— se convirtió en mi versión personal de “La última cena” de Leonardo da Vinci.

Ahora, cuando los eventos de interés periodístico se materializaban de nuevo a una velocidad vertiginosa, beber una cerveza sola en mi casa simplemente no era lo mismo. ¿Algún día volvería a pasar un rato así de terapéutico y espontáneo con personas que sabían con precisión la clase de semana que había tenido?

Desde hace más de siete meses, los oficinistas de todo el mundo han estado trabajando desde casa para ayudar a frenar la propagación del COVID-19. Como resultado, millones de nosotros hemos perdido una fuente crucial de interacción diaria con otros adultos.

Es demasiado pronto para saber si la soledad crónica está aumentando. Las investigaciones realizadas a un mes y medio del inicio del confinamiento no muestran un incremento de aislamiento crónico, pero la sustracción de la cultura de la oficina en las vidas cotidianas de los adultos inhibe dos tipos de relaciones que influyen de manera importante en su prevención. Por lo tanto, las consecuencias a largo plazo de una ausencia prolongada y generalizada del lugar de trabajo como ambiente social tal vez aún están por verse.

Un tipo de relación clave generada en la oficina es conocida como “lazos débiles”, o interacciones sociales con personas que no son tus familiares ni tus amigos cercanos. Julianne Holt-Lunstad, profesora de Psicología y Neurociencia en la Universidad Brigham Young, señaló que estos tipos de relaciones pueden aumentar nuestro sentido de pertenencia y felicidad, el cual puede reducir el aislamiento social y ayudar a prevenir los efectos nocivos en la salud de la soledad.

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Mitigar la soledad

Robert Morrison vive solo en Austin, Texas, y es el animador principal del desarrollador de videojuegos Certain Affinity, que migró al contexto de trabajo virtual en marzo. Extraña a sus amigos del trabajo. “Siempre hay mucha interacción afuera de la oficina con el equipo cuando todos solo se relajan y fuman un cigarrillo o un vaporizador”, recordó sobre la vida laboral antes de la pandemia. Estimó que estas pláticas de descansos para fumar se trataban más o menos un 80 por ciento del trabajo y un 20 por ciento de relaciones, noticias personales y bromas.

Ahora, este ritual ha desaparecido de sus días entre semana. Morrison ha estado haciendo transmisiones en vivo desde su casa por Twitch y YouTube, e interactúa con desconocidos de todo el mundo, según relató, es una “manera de mitigar parte de esa soledad que hemos estado sintiendo”.

Para mí, encontrarme a compañeros de trabajo en la cocina de la oficina y mientras me lavaba las manos en el baño de mujeres tenía la misma función que los descansos para fumar de Morrison. Holt-Lunstad afirma que esta clase de encuentros breves y espontáneos pueden ser benéficos para nuestra salud.

Un saludo amigable en el pasillo, sostener la puerta del ascensor o una pregunta sobre tu fin de semana en la cocina de la oficina, a pesar de ser gestos que quizá se hacen por costumbre, siempre me hacían sentir parte de una pequeña comunidad. En otras palabras, una relación de colegas no tiene que ser una amistad cercana para ser valiosa.

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El desahogo que reduce el estrés

Dicho esto, un segundo factor disuasorio para la soledad son las relaciones significativas —y para muchos adultos, la oficina es un espacio donde florecen amistades reales. Patricia Sias, profesora de Comunicación en la Universidad de Arizona, ha dedicado 30 años de su vida a investigar las dinámicas y las relaciones en el lugar de trabajo, y ha descubierto que las amistades entre colegas son comunes.

“El mero hecho de que tus colegas trabajen en la misma empresa que tú, quizá en el mismo puesto o uno similar, ya implica que tienen mucho en común”, explicó. El lugar de trabajo puede ser “casi como una incubadora de amistades, porque seleccionas a personas que ya son parecidas a ti”.

En efecto, hace cuatro años, fui a la fiesta de cumpleaños de un compañero de la sala de redacción que era un amigo muy cercano y ahí conocí a mi futuro prometido, que había trabajado con ese colega en un empleo anterior de prensa. El próximo año, me voy a casar con el amigo del trabajo de mi amigo del trabajo, y los tres seguimos reuniéndonos ocasionalmente para hablar sobre nuestra industria.

Sias también señaló que hay investigaciones que indican que tener un amigo con quien desahogarse está vinculado con niveles más bajos de estrés, que pueden beneficiar la salud mental y física en general. Por consiguiente, el cierre de oficinas debido al coronavirus implica que gran parte de la fuerza laboral ahora se encuentra alejada tanto de amigos como de colegas cuya compañía podría ser de gran valor en momentos abrumadores en el trabajo.

Meredith Schleifer, que vive en Rockville, Maryland, trabaja en el departamento jurídico de una oficina gubernamental. Desde marzo, ha trabajado a distancia en la casa que comparte con su esposo y sus hijos de 4 y 6 años.

Antes de la pandemia, Schleifer solía entrar en las oficinas de sus compañeros para dar seguimiento a proyectos laborales. También acostumbraba visitar “casi a diario” la oficina de una colega que quedaba muy cerca de la suya. A menudo, ambas hablaban de trabajo, pero a veces no; en ocasiones, iban a hacer diligencias juntas durante la hora del almuerzo.

Ahora, Schleifer —que hizo una pausa a media oración durante nuestra conversación para responder una pregunta sobre la ubicación de unas barras de pegamento— extraña el “tiempo de adultos” que solía brindar el lugar de trabajo, y aún se pone al día con su amiga una vez al mes por mensajes de texto.

“Es que estoy demasiado ocupada”, comentó. “Me siento mal cuando olvido hablarle para ver cómo está”.

Durante nuestra plática, Schleifer pareció darse cuenta de cuánto extrañaba a sus amigos de la oficina, y al hablar con ella, yo me di cuenta de cuánto extrañaba a los míos. Referirte a tu perro, a tu pareja o a tu bebé como tu “compañero de trabajo” se ha vuelto un chiste recurrente de la pandemia. Pero en realidad, Schleifer ha descubierto que la compañía de sus hijos no es exactamente la misma que la de los adultos afines.

Tras siete meses de estar juntos todo el día, todos los días, mi pareja y yo daríamos casi cualquier cosa por la oportunidad de preguntar amablemente: “¿Planeas hacer algo divertido el fin de semana?”, y decirlo en serio mientras preparamos nuestros almuerzos.

Ni Schleifer ni Morrison saben con exactitud cuándo regresarán a sus lugares de trabajo. Yo tampoco tengo idea de cuándo volveré a trabajar en una oficina. Para nosotros, y para millones de trabajadores en todo el planeta, el futuro no tendrá pláticas en el comedor de la oficina, ni conversaciones susurradas antes de que empiece una reunión, ni charlas triviales frente al lavabo del baño.

Es un futuro sin tantos de los comentarios amables y los encuentros semanales que nos hacen sentir tomados en cuenta, incluidos y conectados… un futuro que parece bastante solitario.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company