Opinión: Es posible tener un orden mundial más inclusivo

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Una manifestación a favor de hacer la vacuna de Pfizer contra la COVID-19 más accesible para los países pobres en Scarsdale, Nueva York, el 21 de octubre de 2021. Mientras el mundo se recupera de la pandemia, las desigualdades no hacen más que ampliarse, entre los países y dentro de estos. (James Estrin/The New York Times).
Una manifestación a favor de hacer la vacuna de Pfizer contra la COVID-19 más accesible para los países pobres en Scarsdale, Nueva York, el 21 de octubre de 2021. Mientras el mundo se recupera de la pandemia, las desigualdades no hacen más que ampliarse, entre los países y dentro de estos. (James Estrin/The New York Times).

MIENTRAS EL MUNDO SE RECUPERA DE LA PANDEMIA, LAS DESIGUALDADES NO HACEN MÁS QUE AMPLIARSE, ENTRE LOS PAÍSES Y DENTRO DE ESTOS.

El orden internacional que tenemos, basado en normas, que les permite a las naciones del mundo buscar la paz y el desarrollo globales, se está topando con los límites de su visión fundacional. Lo que construyeron nuestros predecesores hace unos ochenta años, tras la Segunda Guerra Mundial —desde el Banco Mundial hasta el Fondo Monetario Internacional y las Naciones Unidas— necesita reparaciones urgentes. Pero este orden sigue siendo esencial y salvable.

Para miles de millones de personas, el riesgo no podría ser mayor. Esta es una realidad dolorosa para la gente de Ucrania, donde Vladimir Putin continúa su malévola invasión a una nación soberana y su subversión del derecho internacional. También es una realidad en el sur global, donde me parece que nuestro sistema de financiación de desarrollo mundial ha demostrado ser anticuado, obsoleto y deficiente.

Tenemos que reformar la arquitectura de nuestro orden mundial: el modelo para nuestro sistema de relaciones internacionales y de financiación del desarrollo.

El Grupo de los Siete, las grandes organizaciones de desarrollo global y fundaciones importantes a nivel mundial siguen mostrando mucha incomodidad y poca disposición al momento de ampliar el alcance de su financiamiento y sus socios de planificación, sobre todo las partes interesadas del sur global. Muchos de nosotros asumimos que nuestra denominada pericia es más valiosa o relevante que la experiencia de las comunidades afectadas por las crisis de la actualidad.

Es evidente que estas son precisamente las personas y las organizaciones a las que deberíamos escuchar, ya que son las más cercanas a los problemas que solo podemos resolver juntos.

Según un estudio reciente del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, durante 2020 y 2021, nueve de cada diez países han retrocedido en el Índice de desarrollo humano, algo que nunca se había visto en las tres décadas que lleva existiendo este confiable reporte sobre la salud, la educación y el nivel de vida. Estos hallazgos ponen de manifiesto los costos y las consecuencias exorbitantes de nuestras crisis mundiales subsecuentes, las cuales se ven agravadas por la desigualdad.

Durante la pandemia, el orden mundial fracasó en la tarea de proveer suficientes fondos para la distribución y el acceso a las vacunas, lo cual causó innumerables muertes e infligió daños incalculables a las economías de las naciones pobres. Mientras el mundo se recupera de la pandemia, las desigualdades no hacen más que ampliarse, entre los países y dentro de estos.

El panorama no pinta mucho mejor para lo que debería ser una labor compartida de mitigación y adaptación ante la emergencia climática global, así como para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas en general. En 2009, por ejemplo, las naciones más adineradas del mundo se comprometieron a contribuir 100.000 millones de dólares al año, para 2020, con el fin de ayudar a las naciones pobres a prepararse para las consecuencias del cambio climático. Ahora, nuestro sistema ni siquiera ha logrado cumplir con la meta más modesta durante tres años consecutivos, y contando.

Este sistema se fundó en aras de un ideal simple y poderoso: la paz mediante el compromiso económico. Estados Unidos y Europa jamás volverían a permitir la depresión y la desarticulación económicas para recrear las condiciones que devinieron en aislacionismo, nacionalismo, fascismo y conflagración mundial.

Esta visión encontró su expresión consumada en la Conferencia de Bretton Woods en 1944, en la que los delegados crearon el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, y un año después en el acta constitutiva de las Naciones Unidas. Con el apoyo de una gran variedad de instituciones, entre ellas la Fundación Ford, evolucionó y creció para incluir una plétora de agencias de desarrollo, una complicada mezcla de organismos gubernamentales, multilaterales y de la sociedad civil.

En general, este sistema de cooperación internacional ayudó a alcanzar su objetivo inicial: prevenir el horror de una tercera guerra mundial. Mantuvo la paz y la prosperidad, al menos para Occidente, y dio pie a avances sin precedentes (aunque no sencillos) en materia social y económica en todo el mundo.

Al mismo tiempo, y desde el comienzo, este orden estaba plagado de defectos. Por un lado, hizo poco para impedir las guerras de poder entre las potencias mundiales, sobre todo la de Estados Unidos contra la Unión Soviética, en Asia, Medio Oriente y América Latina.

Por otro lado, reforzó e incluso reprodujo las inequidades que debía desmantelar, pues dividió al mundo en donantes y beneficiarios, acreedores y deudores, dadores y tomadores, ganadores y perdedores. Se convirtió en el nuevo rostro del imperialismo y el colonialismo.

En la actualidad, los desafíos que enfrenta este orden se agravan entre sí.

Estamos inmersos en una competencia generacional entre la ideología autoritaria y los valores democráticos en países de todo el mundo, incluido el nuestro, pero estamos respondiendo con una mentalidad que era vanguardista en los años cuarenta.

Las consecuencias del cambio climático, la próxima pandemia o la siguiente recesión no se limitarán a ciertos países, sino que las personas pobres y vulnerables de todas las naciones serán quienes reciban el impacto primero y de la peor manera, lo cual a su vez pondrá en riesgo la seguridad de todo el mundo.

Los líderes de la comunidad internacional deberían comprometerse a tres principios para llevar a cabo una reforma, enmendar errores trascendentales y aprovechar las nuevas oportunidades de progreso.

En primer lugar, debemos reconocer que el crecimiento es bueno, pero no es lo único. Necesitamos parámetros más allá del PIB para medir y vigilar lo más importante: los derechos humanos y la dignidad humana de las personas de todos los países.

En segundo lugar, tenemos que pensar con más ambición y audacia, pero también a largo plazo. Sabemos que, en la actualidad, la inversión en el desarrollo equitativo es mucho más rentable que lidiar con las consecuencias de nuestra falta de inversión en las próximas décadas.

Lo más importante es garantizar que las personas afectadas por las crisis del siglo XXI —y las respuestas a estas por parte de la comunidad de desarrollo— tengan voz y voto en la elaboración de las políticas y los programas pensados para ellas.

La comunidad internacional puede empezar de inmediato al liberar mayores recursos, que en este momento están varados en organizaciones de desarrollo, y al escuchar y aprender de líderes inspiradores en todo el sur global.

Sin embargo, a fin de cuentas, podemos y debemos reorientar nuestros esfuerzos hacia las necesidades de la gente y de las comunidades, no solo de los Estados, de modo que los gobiernos, la sociedad civil y las entidades del sector privado trabajen en conjunto por el bien común universal.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2022 The New York Times Company