Opinión: Necesitamos un muro alto con una puerta grande en la frontera sur

Thomas L. Friedman
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Después de leer todo lo que he podido sobre el último aumento de la inmigración ilegal a lo largo de nuestra frontera sur, todavía no tengo claro cuánto es estacional, cuánto es resultado del anuncio del presidente Joe Biden de que detendría la construcción del muro fronterizo de Donald Trump y revisaría las políticas de asilo que este impuso y cuánto es solo el atractivo de los puestos de trabajo en un Estados Unidos que se vacuna con rapidez.

Sin embargo, esta última avalancha de inmigrantes ilegales y solicitantes de asilo (más de 170.000 aprehendidos tan solo en marzo, incluidos miles de niños, que en su mayoría vienen huyendo del caos en Centroamérica) solo refuerza mi opinión de que la política fronteriza correcta es un muro alto con una puerta grande.

Ojalá pudiéramos recibir a todas las personas que sufren en el mundo y darles una oportunidad de alcanzar el sueño americano, pero no podemos hacerlo y conservar nuestra propia cohesión social, que ya está bastante deteriorada. Por eso, la política migratoria de hoy requiere un equilibrio firme entre la dureza y la compasión.

Si solo nos concentramos en el muro alto y nos ufanamos de nuestra crueldad, como hizo Trump, nos perdemos los enormes beneficios de la inmigración. Pero si, como muchos en la izquierda, solo nos centramos en los males de un muro e ignoramos los principios de una puerta grande (que implica que los futuros inmigrantes y solicitantes de asilo tienen que hacer fila, tocar nuestro timbre e ingresar de manera legal y que hay que sacar de inmediato a quienes no lo hagan) también nos quedaremos sin los enormes beneficios de la inmigración.

¿Por qué? Porque habrá tantos estadounidenses que pensarán que la frontera está abierta y fuera de control que elegirán a líderes que ahogarán toda la inmigración, que es la savia de nuestro país. No lo duden, una frontera que parece estar fuera de control sería una bendición para el Partido Republicano de Trump y sería un golpe emocional aún más evocador que el mantra “Desfinanciar a la policía” con el cual golpear a los candidatos demócratas en las elecciones intermedias.

Una reciente encuesta de ABC News/Ipsos reveló que el 57 por ciento de los estadounidenses desaprueba la gestión de Biden en la frontera.

Un muro alto y una puerta grande es la posición correcta para Biden. Solo garantizándoles a los estadounidenses que tenemos un muro lo suficientemente alto, o su equivalente en términos de controles fronterizos y medidas de repatriación, para controlar la inmigración ilegal, podremos mantener un consenso público para una puerta grande.

Biden tiene que hacer bien esto y sé que no será fácil. Porque si bien el mantenimiento de una afluencia controlada de inmigrantes nunca ha sido más importante, las fuerzas que impulsan más oleadas de inmigrantes ilegales rara vez han sido más poderosas.

Esas fuerzas están aumentando porque, simple y llanamente, hoy es más difícil ser un país viable. Los cincuenta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron una gran época para ser un pequeño país débil. La Guerra Fría significaba que dos superpotencias te lanzaban dinero para ayudar a alimentar a tus pobres, educar a tus hijos, sostener tu gobierno y apuntalar tu ejército; China no estaba en la Organización Mundial del Comercio (OMC), por lo que todo el mundo podía trabajar en industrias de bajos salarios; las poblaciones eran moderadas; el cambio climático era limitado, y nadie tenía un teléfono móvil ni redes sociales para rebatir a los gobernantes ni organizar la oposición con facilidad.

Hoy, todo eso ha cambiado. Ahora ninguna superpotencia quiere tocar tu país porque lo único que puede obtener de él es una factura. China está en la OMC, por lo que es mucho más difícil competir en las industrias de bajos salarios. La población se ha disparado. El cambio climático está afectando a los pequeños agricultores, que abandonan sus tierras para ir a las ciudades y más allá, y todo el mundo tiene un teléfono inteligente para quejarse o encontrar un traficante de personas para que lo lleve de contrabando al norte.

El resultado: muchas naciones débiles se están fracturando y perdiendo a sus habitantes, con lo que se crean vastas zonas de desorden, desde donde millones de personas buscan, como es lógico, emigrar a zonas de orden; es decir, desde América Latina, África, Medio Oriente y el sur de Asia hasta Estados Unidos y Europa. Y la pandemia no ha hecho más que empeorar las cosas. Este martes, CNN informó que “por lo menos 42 migrantes murieron después de que la embarcación en la que viajaban desde Yemen zozobró frente a la costa de Yibuti, en el este de África”.

La semana pasada, el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos publicó su informe cuadrienal “Tendencias Globales”. Decía justo en la parte superior: “En los próximos años y décadas, el mundo se enfrentará a retos globales más intensos y crecientes, que van desde las enfermedades hasta el cambio climático, pasando por las afectaciones derivadas de las nuevas tecnologías y las crisis financieras. Estos retos pondrán a prueba una y otra vez la resistencia y adaptabilidad de las comunidades, los Estados y el sistema internacional y muchas veces superarán la capacidad de los sistemas y modelos existentes”.

De hecho, aunque se ha prestado mucha atención a la cantidad de niños no acompañados que cruzan la frontera estadounidense, The Wall Street Journal informó el 24 de marzo que las cifras reales de migrantes revelan que este aumento está principalmente “impulsado por adultos solos”. La mayoría de los migrantes son mexicanos, a menudo hombres en busca de trabajo ahora que la pandemia ha disminuido y la economía estadounidense está en auge".

Sin controles fronterizos adecuados y sin inversiones simultáneas en la estabilización de los países débiles, ambas cuestiones que Biden ha propuesto de manera inteligente, Estados Unidos y la Unión Europea enfrentarán muchas más oleadas. Y pueden estar seguros de que surgirá otra figura parecida a la de Trump para explotarlos y socavar el apoyo a la inmigración legal justo cuando la necesitamos más que nunca.

Porque, además, estamos viendo el inicio de una guerra fría con China en la que tanto el campo de batalla económico como el militar girarán en torno a la tecnología: inteligencia artificial, computación cuántica, drones, vehículos autónomos, microchips, software, ciberguerra, biotecnología, nuevos materiales y baterías. En esta competencia, cada uno de los bandos tratará de aprovechar la mayor cantidad posible de cerebros, patentes y empresas emergentes.

Por desgracia, los cerebros están distribuidos de manera uniforme por todo el mundo. Sin embargo, la gran ventaja que ha tenido Estados Unidos es que, aunque solo representa cerca del cuatro por ciento de la población mundial, gracias a la inmigración y a nuestras universidades abiertas, en comparación con cualquier otro país, hemos atraído un porcentaje mucho mayor de trabajadores poco especializados, con gran energía y gran capacidad de inspiración, así como de personas con un elevado coeficiente intelectual que crean nuevas empresas, como señala Craig Mundie, antiguo director de investigación y estrategia de Microsoft.

El padre biológico de Steve Jobs llegó a Estados Unidos de Siria para ser estudiante y el resultado fue Apple. La familia de Sergey Brin se trasladó aquí desde Rusia y el resultado fue Google.

“Éramos el crisol de los arriesgados”, me dijo Mundie. “Y durante muchos años cosechamos los beneficios de estar sobrados de personas con un alto coeficiente intelectual que asumen riesgos. Si ahora reducimos nuestros mecanismos de sobrepeso” (que incluyen la acogida de la inmigración y la educación de los estudiantes extranjeros) “en un momento en que otros países se están volviendo más hospitalarios, corremos el riesgo de perder nuestra mayor ventaja competitiva y volver al promedio mundial”.

Esa no es una fórmula para el éxito.

Otros países lo entienden. La empresa farmacéutica BioNTech, que desarrolló una vacuna contra la COVID-19 con su socio estadounidense Pfizer, fue fundada en 2008 por Ugur Sahin y su esposa, Ozlem Tureci. Ambos son hijos de padres turcos que emigraron de Turquía a Alemania en la década de 1960.

Cuando The Association of American Rhodes Scholars dio a conocer la lista de becarios de este año, el periódico indio The Hindu comenzó su artículo de la siguiente manera “De los 32 estudiantes, 22 son de color; 10 son negros (...), 9 son estadounidenses de primera generación o inmigrantes y 1 es un dreamer con estatus activo de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA). El grupo incluye cuatro indio-estadounidenses”.

Por lo tanto, hay mucho en juego para hacer bien esta cuestión de la frontera. Me encantaría ver a Biden utilizar su estrecha mayoría, y tal vez conseguir también algunos republicanos, para impulsar una ley que al mismo tiempo endurezca la frontera, proporcione una vía de acceso a la ciudadanía para los inmigrantes ilegales que ya están aquí y aumente las cuotas para los inmigrantes legales e ignore todas las críticas de la izquierda y la derecha.

This article originally appeared in The New York Times.

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