Opinión: Muere la reina Isabel II: el mundo está de luto

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La reina Isabel II, al igual que su madre y su difunto marido, gozó de una salud relativamente resistente hasta una edad bastante avanzada (AFP vía Getty)
La reina Isabel II, al igual que su madre y su difunto marido, gozó de una salud relativamente resistente hasta una edad bastante avanzada (AFP vía Getty)

La reina Isabel II acaba de morir a la edad de 96 años. Su hijo Carlos, el príncipe de Gales, ahora se convertirá en rey.

La noticia salió más temprano hoy: “London Bridge is Down” (una referencia a ‘La Operación Puente de Londres', nombre en clave del operativo que incluye el anuncio del deceso de la monarca, el período de luto oficial y los detalles de su funeral de estado). El mensaje que retumbó en Westminster y Whitehall, y que se filtró en la Cámara de los Comunes durante el debate sobre la crisis energética, no era del todo grave, pero sí fue bastante sombrío. El final estaba muy cerca, y con él el mensaje codificado decidido hace algunas décadas para alertar a las autoridades del inminente fin del reinado. Ahora sabemos, luego de que la familia real se dirigiera a Balmoral, que esta tristísima noticia es cierta.

En todo caso, la reina gobernó hasta el final, y como su salud probablemente estaba empeorando, se aseguró estar aún en condiciones de aceptar la dimisión de Boris Johnson e invitar a Liz Truss a formar un gobierno en su nombre. También analizó con la nueva líder británica el estado de la nación, así como lo hizo con Winston Churchill en 1952 y con todos sus otros primeros ministros.

Llama la atención constatar que, cuando Churchill dimitió y celebró una cena para la reina Isabel en el número 10 de Downing Street en 1955, propuso un brindis por ella y recordó a los presentes que también había brindado por la vida de su tatarabuela, la reina Victoria, cuando fue subalterno en la batalla de Omdurman en 1898. Como dato curioso, Churchill nació en 1874, y la última primera ministra de la reina Isabel, Truss, nació en 1975. La vida de Isabel II abarcó un periodo de tiempo considerable.

Por lo tanto, no es un suceso inesperado, pero sigue siendo una gran impresión, dado que la reina Isabel, al igual que su madre y su difunto esposo, gozó de una salud relativamente resistente hasta una edad bastante avanzada.

Y aunque los “problemas de movilidad” vagamente descritos y su creciente fragilidad significaron que dejara de aparecer en público desde el 16 de julio, todavía esperábamos, de forma irracional, que siempre estuviera aquí. Hubo indicios de mortalidad, pero los ignoramos un poco. Ella sobrevivió al covid-19, después de todo, sin mencionar varias dolencias menores durante muchas décadas; parecía indestructible, si no es que inmortal.

Su lema siempre fue “deben verme para creerme”, y ningún monarca en la historia británica, o quizás a nivel mundial, viajó más, o fue filmado y fotografiado con más frecuencia que ella. En las estampillas, los billetes de banco, el monograma real E II R en los cofres y los cascos de los policías, en la televisión y en las grandes ocasiones oficiales, la suya ha sido una presencia omnipresente. Es bastante difícil pensar que su transmisión navideña de 2021 fue la última.

Durante todas las amargas divisiones sociales —a lo largo de encuentros con el terrorismo, amenazas políticas al Reino Unido, alegrías y traumas familiares, buenas y malas rachas— la reina Isabel II ha sido un símbolo de unidad y continuidad. En los últimos meses, casi no fue vista participando en llamadas de Zoom, o en fotografías, como la que se tomó cuando recibió a Truss en Balmoral. Su entrega al deber, realizado al límite de su capacidad física, quedó demostrada una vez más. Pero a pesar de que se desvaneció de la escena pública, saber que estaba allí, en su lugar y todavía activa, era lo suficientemente reconfortante. Todavía “creíamos” en ella.

La reina Isabel II recibe a Liz Truss durante una audiencia en el castillo de Balmoral, Escocia, el 6 de septiembre (Reuters)
La reina Isabel II recibe a Liz Truss durante una audiencia en el castillo de Balmoral, Escocia, el 6 de septiembre (Reuters)

Isabel II fue el ejemplo de una monarca constitucional, rara vez cometió un paso en falso y siguió escrupulosamente el consejo (sabio o no) de todos sus primeros ministros, en el Reino Unido y la Commonwealth. Como representante de la nación en el país y en el extranjero, y con el prestigio acumulado durante décadas de servicio, fue un valor insustituible para la nación.

No solo era jefa de misión diplomática, un incomparable valor internacional y jefa de estado, sino también informalmente “jefa de la nación”. De ahí deriva la sensación de pérdida. Es ridículo, por supuesto, porque muy pocas personas han conocido en persona a la reina Isabel, y podría decirse que aún menos tuvieron una relación cercana, pero de alguna manera, muchas personas han sentido una conexión casi espiritual o personal con ella, aunque ella era, en rigor, una desconocida. No todos en la vida pública pueden generar ese tipo de respuesta, y ciertamente no pueden mantenerla durante 70 años.

Ella ha sido un símbolo de la nación, y últimamente la “abuelita” de la nación, y obviamente muy querida. Incluso los republicanos ardientes reconocen su historial de servicio público y su moralidad privada y pública. Independientemente de lo que ocurriera a su alrededor, ella era incorruptible. Siempre trató de encarnar los valores de la nación y, además, los valores cristianos de tolerancia y comprensión. Ella lo logró. Con bastante sutileza, de palabra y de obra, defendió una nación y una Commonwealth multiculturales.

Pongamos el ejemplo de su mensaje de Navidad de 2004, en un momento de preocupación por el tema de migración (algo con lo que seguimos bastante familiarizados). Al inspirarse en la historia del Nuevo Testamento del buen samaritano, exclamó: “Todos son nuestros prójimos, sin importar la raza, el credo o el color. La necesidad de cuidar a un prójimo es mucho más importante que cualquier diferencia cultural o religiosa”.

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“Es cierto que queda mucho por hacer y muchos desafíos que superar. La discriminación todavía existe. Algunas personas sienten que sus propias creencias están amenazadas. Algunas no están contentas con las culturas desconocidas. Hay que asegurarles a todos de que hay mucho que ganar si tendemos la mano a los demás; que la diversidad es de hecho una fortaleza y no una amenaza”.

Puede que haya lágrimas. De luto, sí, pero también de quienes se preocupan por el futuro. Constitucional y políticamente hablando, es injustificado, ya que no debería haber grandes cambios. La “transición” para que su hijo tome su lugar es un proceso fluido y automático.

Nos acostumbraremos al nuevo rey, tal como la nación se acostumbró a la joven reina después de que su padre falleciera a la edad relativamente joven de 56 años. Tenía problemas de salud y la nación entró en un profundo periodo de luto por Jorge VI, quien nos ayudó a librar la guerra. El rey Carlos y la reina Camila también deberían atraer la misma lealtad, pero Isabel II y el príncipe Felipe siempre iban a ser un acto difícil de superar.

Este es “uno de esos momentos”: siempre recordarás dónde estabas cuando te enteraste de la noticia. Es una pausa, un momento para reflexionar y considerar el futuro sin la figura familiar por la que la nación ha sentido tanto cariño, respeto y orgullo. Vamos a extrañar esa sonrisa. De alguna manera, la nación se siente afectada.