Opinión: ¿De qué forma el miedo distorsiona lo que pensamos respecto al coronavirus?

David DeSteno

LA SOLUCIÓN NO CONSISTE EN TRATAR DE PENSAR CON MÁS CUIDADO, SINO EN CONFIAR EN LOS EXPERTOS.

A la hora de tomar decisiones que conllevan riesgos, los seres humanos podemos ser irracionales de formas bastante sistemáticas, un hecho que los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman demostraron estupendamente con ayuda de una situación hipotética, escalofriantemente pertinente ante la actual epidemia por coronavirus que ha llegado a ser conocida como el problema de la enfermedad asiática.

Guatemala asegura estar preparada para diagnosticar casos de coronavirus

Los profesores Tversky y Kahneman le pidieron a un grupo de personas que imaginara que Estados Unidos se estaba preparando para un brote de una enfermedad asiática inusual que según los pronósticos mataría a 600 ciudadanos. Para combatir la enfermedad, las personas podían elegir entre dos opciones: un tratamiento que garantizaría la supervivencia de 200 personas u otro que tenía el 33 por ciento de probabilidades de salvar a las 600 personas, pero un 67 por ciento de probabilidades de no salvar a ninguna. Aquí surgió un favorito indiscutible: el 72 por ciento eligió la primera opción.

No obstante, cuando Tversky y Kahneman reformularon la pregunta de manera distinta, planteando que la primera opción garantizaría que solo morirían 400 personas y la segunda opción ofrecería una probabilidad del 33 por ciento de que nadie falleciera y una probabilidad del 67 por ciento de que las 600 personas murieran, las preferencias de la gente se revirtieron. Esta vez, el 78 por ciento eligió la segunda opción.

Lo anterior es irracional porque entre las dos preguntas no hay diferencias matemáticas. En ambos casos, elegir la primera opción significa aceptar la certeza de que 200 personas vivan y elegir la segunda significa aceptar un tercio de probabilidad de que todos puedan salvarse con sus respectivos dos tercios de probabilidad de que todos mueran. Aun así, en nuestra mente, explicaron Tversky y Kahneman, las pérdidas pesan más que las ganancias, por lo que cuando las opciones se plantean en términos de fallecimientos en lugar de curas, aceptamos más riesgos para tratar de evitar fallecimientos.

Nuestra toma de decisiones es bastante mala cuando la enfermedad es hipotética, pero cuando la enfermedad es real (cuando vemos que las cifras reales de fallecimientos aumentan a diario, como sucede con el coronavirus) otro factor entra en juego, además de nuestra sensibilidad ante las pérdidas: el miedo.

Los estados del cerebro que llamamos emociones tienen un propósito: ayudarnos a decidir qué hacer a continuación. Reflejan las predicciones de nuestra mente sobre lo que puede suceder en el mundo y por lo tanto funcionan como una manera eficiente de prepararnos para cualquier situación. No obstante, cuando las emociones que sentimos no están bien calibradas respecto a la amenaza o cuando emitimos juicios sobre temas que conocemos poco o de los que tenemos poca información, hay mayores probabilidades de que nuestros sentimientos nos lleven por mal camino.

Permíteme darte un ejemplo. En varios experimentos, mis colegas y yo hicimos que las personas se sintieran tristes o molestas pidiéndoles leer un artículo de revista que describía ya fuera el impacto de un desastre natural en un poblado pequeño o los detalles de vehementes protestas antiestadounidenses en el extranjero. A continuación, les pedimos que calcularan la frecuencia de sucesos que, en caso de ocurrir, por lo general provocarían tristeza en las personas (por ejemplo, la cantidad de personas que tendrán que sacrificar a una querida mascota este año) o enojo (por ejemplo, la cantidad de personas a las que, de manera intencional, un comerciante de autos deshonesto les venderá un vehículo defectuoso este año), cálculos para los que las personas no tendrían una respuesta informada.

En múltiples ocasiones, nos dimos cuenta de que cuando la emoción que sentían las personas coincidía con los matices emocionales de un suceso futuro, sus predicciones de la frecuencia de ese evento se incrementaban. Por ejemplo, las personas que sentían enojo pronosticaban que muchas más personas serían estafadas por un comerciante de autos que quienes sentían tristeza, aun cuando su enojo no tenía ninguna relación con los autos. Del mismo modo, quienes sentían tristeza pronosticaban que más personas tendrían que sacrificar a sus mascotas.

El miedo funciona de un modo similar. Usando una muestra representativa a nivel nacional en los meses posteriores al 11 de septiembre de 2001, la científica de toma de decisiones Jennifer Lerner demostró que sentir miedo provocaba que las personas creyeran que ciertos sucesos posibles que provocan ansiedad (por ejemplo, un ataque terrorista) tenían más probabilidades de ocurrir.

Dichos descubrimientos demuestran que nuestras emociones pueden sesgar nuestras decisiones de una manera que no refleja con precisión los peligros que nos rodean. Hasta el lunes, solo se habían confirmado doce casos de personas en Estados Unidos con el coronavirus, y todas se han sometido a un monitoreo médico o están siendo revisadas. Aun así, el temor de contraer el virus está fuera de control. En todo Estados Unidos, ha habido compras de pánico de mascarillas quirúrgicas (la mayoría de las cuales no protegen del virus), renuencia a asistir a lugares concurridos e incluso sospechas crecientes de que cualquier asiático podría ser portador del virus.

No me malentiendas: ciertas políticas de cuarentena y monitoreo pueden resultar bastante sensatas cuando la amenaza es real y las políticas están basadas en información precisa, pero los hechos palpables, contrarios al miedo que invade al país, no justifican dichas acciones. Para la mayoría de nosotros, la influenza estacional, que ha provocado la muerte de hasta 25.000 personas en Estados Unidos en unos cuantos meses, representa una amenaza mucho mayor que la del coronavirus.

Se podría pensar que la mejor manera de resolver el problema es hacer que las personas sean más reflexivas, hacer que piensen con más cuidado en los asuntos relacionados. Desgraciadamente, cuando se trata de este tipo de sesgo inducido por la emoción, esa estrategia puede empeorar las cosas. Cuando la gente pasa más tiempo pensando en un problema, pero no tiene los hechos relevantes a la mano para tomar una decisión informada, hay más posibilidades de que sus sentimientos llenen los espacios vacíos.

Para demostrar esta premisa, mis colegas y yo realizamos otra serie de experimentos, en los que les presentamos una propuesta gubernamental de aumentar los impuestos a personas tristes, molestas o emocionalmente neutrales. En una versión de la propuesta, afirmamos que el aumento en los ingresos se usaría para reducir problemas “deprimentes”, como las malas condiciones de los asilos. En otra, nos enfocamos en problemas que provocan “molestia”, como el aumento de la delincuencia debido a la escasez de policías. Como esperábamos, cuando las emociones que sentían las personas coincidían con la emoción de las razones del aumento de impuestos, sus actitudes hacia la propuesta se volvían más positivas; sin embargo, sin importar cuánto se esforzaran en reflexionar sobre la propuesta, eso no disminuía su sesgo, sino que lo fortalecía.

Esto tiene una explicación sencilla. Mientras más tiempo pasaban las personas pensado en los argumentos para el aumento del impuesto (ideas que coincidían con sus sentimientos en un matiz emocional), más oportunidades tenían sus emociones de aumentar la prevalencia percibida de dichos problemas.

La mezcla de emociones mal calibradas y conocimiento limitado, la situación exacta en la que se encuentran muchas personas en este momento respecto al coronavirus, puede iniciar una espiral cada vez peor de conducta irracional. Conforme la cifra de muertos en China a causa del virus aviva nuestros temores, no solo nos preocupamos más de lo debido de contraerlo, sino que también nos volvemos más susceptibles de creer declaraciones falsas y adoptar actitudes potencialmente problemáticas, hostiles o temerosas hacia quienes nos rodean, declaraciones y actitudes que a su vez refuerzan nuestro miedo e incrementan el ciclo.

Entonces, ¿cómo solucionamos el problema? Una vez más, la solución no consiste en pensar con más cuidado acerca de la situación. La mayoría de la gente no tiene el conocimiento médico para saber cómo y cuándo enfrentar las epidemias virales de la mejor manera y, como resultado, las emociones tienen una influencia excesiva. Más bien, la solución consiste en confiar en los expertos, cuyas opiniones y declaraciones se basan en datos. Pero en el mundo actual, me temo que no existe una firme confianza en los expertos, lo que nos convierte en víctimas absolutas del miedo.

This article originally appeared in The New York Times.


© 2020 The New York Times Company