Opinión: Bueno, pero ¿qué deberíamos hacer en realidad con Facebook? Les pregunté a los expertos

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Una de las revelaciones más inquietantes en la colección de documentos internos filtrados por la exempleada de Facebook Frances Haugen ha sido lo poco que sabemos sobre Facebook y, en consecuencia, lo poco preparada que está nuestra cultura política para hacer algo al respecto, cualquier cosa que eso sea.

Ese es el primer problema para arreglar Facebook: no existe mucho acuerdo sobre cuál, con exactitud, es el problema de Facebook. La izquierda afirma que es la amplificación del odio, del extremismo y de la desinformación en Facebook sobre, entre otras cosas, las vacunas y la más reciente elección presidencial. El presidente Joe Biden lo dijo sin miramientos: “Están matando personas”.

El expresidente Donald Trump y otras personas de la derecha aseguran lo opuesto: los gigantes de las redes sociales son operados por liberales que tienen una inclinación por silenciar los puntos de vista contrarios. En una declaración de la semana pasada, Trump calificó a Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, de ser “un criminal” que alteró “el curso de una elección presidencial”.

Más allá de las preocupaciones sobre la distorsión de las políticas nacionales, hay muchas otras preguntas sobre Facebook, Instagram y WhatsApp (que las tres forman parte ahora de un nuevo grupo corporativo llamado Meta, como anunció Zuckerberg la semana pasada). ¿Instagram está contribuyendo a la ansiedad y la crítica del cuerpo entre las adolescentes? ¿Los algoritmos de Facebook que sacan provecho de la indignación están desestabilizando a países en desarrollo, en los que la compañía emplea menos recursos para monitorear su plataforma de los que usa en sus mercados más grandes? ¿Facebook perpetúa el racismo a través de algoritmos sesgados? ¿Es la causa de la polarización global, que divide sociedades en grupos no cooperativos?

De manera inherente en estas inquietudes, hay una preocupación más amplia: el alarmante poder de Facebook. La compañía está entre los mayores recolectores de la información más privada de la humanidad, una de las fuentes de noticias con mayor tráfico del planeta y parece poseer la habilidad, hasta cierto grado, de alterar el debate público. Lo peor: en esencia todo el poder de Facebook yace solo en Zuckerberg. Esto es intolerable; como el filósofo Kanye West dijo: “Ningún hombre debería tener todo el poder”.

Así que, ¿qué hacemos al respecto? En los últimos días, le planteé esta pregunta a más de una docena de expertos. A continuación, algunas de sus mejores ideas y qué pienso acerca de ellas.

Divídanla

Durante el gobierno de Barack Obama, amante de la tecnología, el Departamento de Justicia y la Comisión Federal de Comercio (FTC, por su sigla en inglés) permitieron que Facebook engullera a rivales potenciales de rápido crecimiento. Dividir a Facebook en tres o más compañías independientes corregiría esos errores regulatorios y reduciría de inmediato el poder de Zuckerberg sobre el discurso global.

También podría mejorar el rumbo de las redes sociales, ya que las nuevas redes independientes “competirían entre ellas al diferenciarse como productos mejores y más seguros”, dijo Matt Stoller, director de investigación en American Economic Liberties Project, un grupo de defensoría antimonopolios.

Aun así, como Stoller señala, una división podría ser una medida necesaria, pero es posible que no sea suficiente; a pesar de la competencia, tras una separación nos quedaríamos con tres redes que mantienen las montañas de datos de Facebook y sus numerosas patologías corporativas.

El plan de división también enfrenta grandes obstáculos. Durante las últimas décadas, las leyes antimonopolio estadounidenses se han vuelto irresponsablemente amigables con las corporaciones. No queda claro cómo dar marcha atrás a eso. En junio, un juez federal desestimó casos antimonopolio amplios contra Facebook presentados por la FTC y 40 estados y explicó que habían fallado en probar que Facebook es un monopolio de las redes sociales.

Fijar límites a su contenido

Imponer reglas para lo que Facebook puede o no puede publicar o amplificar ha sido un tema controvertido entre los políticos. Los demócratas en el Congreso han presentado propuestas para vigilar la desinformación en Facebook, mientras que legisladores en Texas y Florida han intentado prohibir que las compañías de redes sociales expulsen a personas por ofensas en sus comentarios, entre ellos a Trump.

Como escribí la semana pasada, estas políticas me dan escalofríos, ya que de manera inevitable consisten en que el gobierno imponga reglas de la libertad de expresión. Al parecer, todas ellas violan la Primera Enmienda.

Aun así, es extraño fijar reglas al contenido se ha vuelto la propuesta más popular para arreglar a Facebook; la derogación de la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones (que limita la responsabilidad de las plataformas tecnológicas por daños generados por contenido publicado por los usuarios) a menudo es mencionada como la panacea. Entre las muchas maneras en de abordar las fallas de Facebook, las reglas de discurso son las menos palpables.

Regular el ‘capitalismo de vigilancia’

A continuación, una manera al parecer obvia de inmovilizar a Facebook desde los cimientos: prohibirle recolectar y guardar los datos que tiene de nosotros, por lo que afectaríamos su negocio principal, la publicidad dirigida.

El raciocinio para esto es evidente. Imaginen que determinamos que los daños sociales generados por el “capitalismo de vigilancia”, la etiqueta apropiadamente horripilante de la catedrática de la Universidad de Harvard Shoshana Zuboff para el negocio de la publicidad en la tecnología, representan un peligro colectivo para la seguridad pública. En otras industrias similares (automóviles, farmacéutica, productos financieros), mitigamos el daño a través de una regulación excesiva; mientras tanto, la industria publicitaria digital enfrenta pocos límites a su conducta.

Así que cambiemos eso. El Congreso debería imponer reglas extensas a la manera en que gigantes como Facebook y Google recolectan, guardan y usan información personal. Tal vez lo más importante, podría crear una agencia regulatoria con recursos para investigar y hacer cumplir las reglas.

“Como mínimo”, dijo Roger McNamee, un inversionista en los inicios de Facebook que ahora es uno de sus críticos que más alzan la voz, los reguladores deberían prohibir la utilización de segundas y terceras empresas de los datos más íntimos, “tales como salud, ubicación, historial de navegación y datos de la aplicación”.

Las reglas de privacidad son una de las principales maneras en que los reguladores europeos han intentado frenar los efectos de las redes sociales. Así que, ¿por qué no oímos más al respecto en Estados Unidos?

Sospecho que se debe a que es una solución más grande que Facebook. Todos los gigantes tecnológicos (incluso Apple, que ha criticado el hambre de la industria de la publicidad digital por los datos privados) ganan miles de millones de dólares gracias a la publicidad y hay muchas otras compañías que se han vuelto dependientes de los anuncios dirigidos. Cuando California intentó mejorar la privacidad del consumidor, los cabilderos corporativos presionaron para que las reglas perdieran fuerza. Me preocupa que el Congreso no lo haría mucho mejor.

Obligarlo a liberar datos internos

Nathaniel Persily, un catedrático en la Facultad de Derecho de la Universidad de Stanford, tiene una buena manera de describir el problema más básico de vigilar a Facebook: “En el presente, no sabemos ni siquiera lo que no sabemos”, ha escrito Persily sobre el efecto de las redes sociales en el mundo.

Persily propone levantar el telón antes de hacer cualquier otra cosa. Ha redactado borradores de legislaciones que obligarían a las grandes plataformas tecnológicas a brindar una gran cantidad de datos a investigadores externos sobre lo que los usuarios ven en el servicio, cómo se relaciona con eso, así como qué información proporciona la plataforma a los anunciantes y los gobiernos.

Rashad Robinson, presidente del grupo de defensoría de derechos civiles Color of Change, se expresó a favor de otra ley propuesta, la Ley de transparencia de justicia algorítmica y de plataformas en línea, que también requeriría que las plataformas liberaran datos acerca de cómo recolectan y usan información personal sobre, entre otras categorías demográficas, la raza de los usuarios, su etnicidad, sexo, religión, identidad de género, orientación sexual y estatus de discapacidades, para mostrar si sus sistemas son usados de maneras discriminatorias.

Las compañías tecnológicas se regodean en la confidencialidad, pero con excepción de su oposición es difícil pensar en muchas desventajas a la obligatoriedad de la transparencia. Incluso si no hacemos nada para cambiar cómo opera Facebook, deberíamos al menos averiguar qué está haciendo.

Mejorar la alfabetización digital

Renée DiResta, gerenta de investigación técnica en el Observatorio de Internet de la Universidad de Stanford y una académica desde hace tiempo de la presencia digital del movimiento antivacunas, describió una idea como “poco sexi pero importante”: educar al público para que se resista a creer todo lo que ve en línea.

Esto no es solo algo que sucede en las escuelas; algunos de los amplificadores más grandes de la mentira en línea son las personas mayores.

Entonces, lo que necesitamos es algo como un esfuerzo de toda la sociedad de enseñarles a las personas cómo procesar información digital. Por ejemplo, Mike Caulfield, un experto en alfabetización digital en la Universidad de Washington, ha desarrollado un proceso de cuatro pasos llamado SIFT para evaluar la veracidad de la información. Después de que el proceso de Caulfield se arraiga en sus estudiantes, afirmó, “vemos que los estudiantes juzgan mejor las fuentes y aseveraciones en 90 segundos de los que solían hacer en 20 minutos”.

No hacer nada

En su nuevo libro, “Tech Panic: Why We Shouldn’t Fear Facebook and the Future”, Robby Soave, un editor en la revista Reason, argumenta que los medios y los legisladores se preocupan demasiado sobre los peligros que Facebook representa.

Está de acuerdo en que el ascenso de la compañía ha tenido algunos efectos terribles, pero le inquieta que algunas de las propuestas podrían exacerbar el dominio de Facebook (un punto con el que coincido).

El mejor remedio para Facebook, me dijo Soave en un correo electrónico, es “no hacer nada y ver cómo Facebook colapsa de manera gradual por sí misma”.

El argumento de Soave no carece de razón. Las compañías tecnológicas otrora indómitas han caído antes. Facebook todavía genera muchísimo dinero, pero ha perdido la confianza de los consumidores, sus empleados están molestos y filtran información a diestra y siniestra, además, debido a que sus productos más populares fueron obtenidos a través de adquisiciones (que los reguladores es probable que prohíban en el futuro), parece poco probable que innove para salir de sus problemas.

No estoy de acuerdo con Soave en que no deberíamos hacer nada con Facebook. Yo estaría a favor de reglas estrictas de privacidad y transparencia.

No obstante, es posible que Soave consiga lo que desea. Mientras haya un extenso desacuerdo entre políticos sobre cómo abordar los males que aquejan a Facebook, no hacer nada quizá sea el resultado más probable.

© 2021 The New York Times Company

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