Opinión: La crisis ya está aquí

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La semana pasada, Stuart Kirk, director de inversiones responsables (¡imagínense!) en la división de gestión de activos de HSBC, dio una plática titulada “Razones por las que a los inversionistas no debe preocuparles el riesgo climático”. Entre otras cosas, dijo que no es un problema tan grave: “¿A quién le importa que Miami esté 6 metros bajo el nivel del mar en 100 años? Ámsterdam ha estado 6 metros bajo el agua desde hace años, y es un lugar muy bonito. Ya nos las arreglaremos”.

Corren rumores de que Kirk ha sido suspendido, aunque el diario Financial Times también informó que el tema y contenido de esa plática recibieron “aprobación interna” antes de que la diera. De cualquier manera, esta autoinmolación quizá ayude a reforzar el argumento contrario, que es crucial: los inversionistas (y, sobre todo, los seres humanos) necesitan preocuparse por los riesgos climáticos desde ya, porque el cambio climático no ocurrirá dentro de algunas décadas, sino que sus efectos ya se sienten en la actualidad. Además, si bien es cierto que quizá nos las “arreglemos” por un tiempo, llegará el momento en que no podamos hacerlo, y entonces, la catástrofe será de tremendas dimensiones.

Existen varias formas de negacionismo climático. Kirk tan solo presentó una versión (lo que no deja de ser imperdonable viniendo de alguien que se dice gestor de riesgos) que podría expresarse así: “¿Por qué tanto alboroto, si no es para tanto que el planeta se caliente uno o dos grados?”.

Una disculpa anticipada a los científicos climáticos, porque a continuación voy a hacer una simplificación extrema para intentar explicar por qué esa proposición es incorrecta.

El clima experimenta fluctuaciones, y ya había sucesos climáticos extremos desde antes de que la humanidad comenzara a quemar vastas cantidades de combustibles fósiles.

Supongo (y también esta es una tremenda simplificación) que hay cierta temperatura crítica que representa un punto de peligro.

Ahora, imaginen que las temperaturas promedio se elevan a consecuencia de la acumulación de gases de efecto invernadero. Incluso si la temperatura promedio se mantiene por debajo del nivel de peligro, es posible que los episodios de temperaturas altas peligrosas sean más frecuentes.

Por supuesto, la temperatura no es el único factor; también están todos los efectos secundarios del aumento en la temperatura. El cambio climático hace más frecuentes las marejadas ciclónicas destructivas y las sequías graves, entre otros fenómenos.

Cuando comprendemos este punto, resulta claro que hay efectos del cambio climático por todas partes. La semana pasada, por ejemplo, gran parte del sur de Europa sufrió una oleada de calor extraordinaria, para mi fortuna, ya que había concluido mi recorrido ciclista en Portugal.

Este tipo de oleadas de calor ya habían ocurrido en el pasado, pero el cambio climático las ha vuelto cada vez más comunes. Un cálculo reveló que la probabilidad de que se presentara la oleada de calor que azotó a India y Pakistán esta primavera y batió récords era 30 veces mayor de lo que habría sido en ausencia del cambio climático causado por el ser humano.

Otro ejemplo es la megasequía que afecta el oeste de Estados Unidos. Siempre ha habido sequías en la región oeste. Pero la actual, que ya lleva más de dos décadas y ha reducido el nivel del agua en presas clave a cifras nunca antes vistas, es la peor en 1200 años o incluso más.

En fin, que el cambio climático no es un problema que vaya a presentarse en el futuro distante. Ya podemos ver sus efectos, aunque no cabe duda de que vendrán cosas mucho peores.

Lo que no sabemos es si, como dijo Kirk, de HSBC, “nos las arreglaremos” para enfrentar el problema. Por un tiempo, es seguro.

Las sociedades modernas, y sin duda los países de ingresos altos como Estados Unidos y hasta de ingresos medianos, como India, son mucho más capaces de lidiar con problemas que las sociedades del periodo preindustrial. Pueden enviar ayuda a las regiones más afectadas. Pueden adaptar la forma en que organizan su agricultura y su vida a los cambios en el clima. Quizá incluso puedan preservar, en apariencia, una vida más o menos normal por varios años.

Por desgracia, en mi disciplina académica original, economía internacional, hay una conocida proposición, designada Ley de Dornbusch en honor del economista del Instituto Tecnológico de Massachusetts (y mi mentor) Rudiger Dornbusch, que dice así: “La crisis tarda en llegar mucho más de lo que crees, pero cuando ocurre, es mucho más rápida de lo que pensabas”. La regla de Dornbusch se refiere a crisis monetarias, pero también se aplica a otros tipos de crisis.

Lo que temo (y, por desgracia, espero) es que, durante varios años, y quizá hasta décadas, podremos evitar los desastres climáticos más graves. Podrá haber hambrunas que cobren la vida de millones, pero no de decenas de millones, porque rápidamente se enviarán alimentos de otros lugares cuando se pierdan cultivos. Los incidentes en que el termómetro de bulbo húmedo, que mide calor y humedad combinados, registre temperaturas superiores a las que el ser humano puede resistir seguirán siendo raros por un tiempo. Será posible rescatar a los residentes de ciudades inundadas por marejadas ciclónicas.

Gracias al ingenio humano, nos las arreglaremos… hasta que ya no podamos, porque las dimensiones de la crisis superarán incluso la capacidad de adaptación de la sociedad moderna. Visualizo nuestra respuesta al clima cambiante como una banda elástica que se estira más y más, hasta que, de repente, se revienta. Entonces, comenzarán las megamuertes.

Quisiera pensar que es una exageración, pero me parece que solo soy realista.

La tragedia en este caso es que la crisis climática tiene soluciones claras. Entre otras cosas, los avances en la energía renovable han sido tan drásticos que, incluso si las políticas se reforzaran con moderación, todavía podría conseguirse una reducción considerable en las emisiones de gases de efecto invernadero.

Por desgracia, nada ocurrirá sin la participación de Estados Unidos, y la política climática racional en la que todavía es la nación esencial del mundo está controlada por personas a las que les preocupan más ciertas amenazas imaginarias, como la teoría crítica de la raza y las muchedumbres de inmigrantes, que el destino del planeta, que cambia a una gran rapidez.

© 2022 The New York Times Company

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