Opinión: La COVID es un riesgo más grande para los jóvenes que la vacuna

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La COVID es un riesgo más grande para los jóvenes que la vacuna (Tamir Kalifa para The New York Times).
La COVID es un riesgo más grande para los jóvenes que la vacuna (Tamir Kalifa para The New York Times).

El mundo ha tenido suerte: el número de víctimas de COVID-19 entre jóvenes y niños ha sido mucho menor que en adultos.

Sin embargo, debido a ese menor número de víctimas, en parte, algunos padres se muestran indecisos a la hora de vacunar a sus hijos en edad escolar y a los adolescentes. A medida que surgen informes sobre los efectos secundarios de las vacunas, los riesgos de la vacunación pueden parecer mayores que los que plantea el coronavirus. Sin embargo, sigue teniendo sentido —de hecho, es crucial— vacunar a los jóvenes contra la COVID-19. Eso sigue siendo cierto aunque se tomen en cuenta los peores resultados posibles de la vacunación.

Un comité consultivo de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés), por ejemplo, se reunió el 23 de junio para revisar los datos que mostraban un probable vínculo entre un padecimiento poco común llamado miocarditis, o inflamación del músculo cardiaco, y la vacuna contra la COVID-19 de ARNm entre adolescentes y adultos jóvenes en Estados Unidos. Descubrieron que se han notificado más de 1200 casos, y que en su mayoría son leves. Los CDC siguen recomendando que se vacunen todas las personas mayores de 12 años. (Es probable que los niños menores de 12 años puedan vacunarse este otoño).

Esa es la decisión correcta. Para entender por qué, es importante darse cuenta de que las opciones no son “vacunarse o no hacer nada”. Se trata de “vacunarse o terminar contrayendo el coronavirus”, y los riesgos que conlleva. La mayoría de los expertos ahora creen que el virus está destinado a ser endémico, lo que significa que circulará entre los humanos de manera indefinida.

El mejor análisis es un simple experimento mental: ¿qué pasaría si todos los niños contrajeran el coronavirus de manera natural en comparación con lo que pasaría si todos los niños fueran vacunados? Si se plantean esos dos escenarios, podemos ayudar a los padres y a los jóvenes a tomar la decisión correcta. Creemos que la óptica adecuada para enmarcar esos riesgos son las hospitalizaciones.

En el grupo demográfico con las tasas más altas de miocarditis asociada a la vacuna, los niños y adolescentes de 12 a 17 años, la tasa de miocarditis en la semana posterior a la vacunación parece ser de 14 a 155 veces la tasa de fondo de sus coetáneos no vacunados. La pregunta obvia podría ser esta: ¿cuáles son las consecuencias de eso? Sin embargo, la mejor pregunta es esta: ¿cuáles son los resultados de todas las reacciones adversas a las vacunas en los jóvenes combinadas?

Hasta ahora, entre los 6,14 millones de estadounidenses de 17 años o menos con el esquema de vacunación completo, se han producido 653 hospitalizaciones posiblemente relacionadas que han durado un día o más, las cuales podrían incluir miocarditis y otros padecimientos, que han durado un día o más. Si esa tasa se mantiene, significa que, si el total de 73 millones de estadounidenses de 17 años o menos finalmente se vacunan, habrá alrededor de 7700 hospitalizaciones.

La mayoría de esas hospitalizaciones serían como las observadas hasta ahora: breves y sin incidentes. Más del 74 por ciento de las hospitalizaciones relacionadas con la vacuna de las que tenemos datos para ese grupo etario duraron tres días o menos. Solo el 3,5 por ciento duró más de una semana.

¿Cómo se compara eso con la COVID-19?

Según la Academia Estadounidense de Pediatría, entre el 0,1 y el 1,9 por ciento de todas las infecciones por coronavirus en jóvenes requieren hospitalización. Para ser justos con los que creen que, según lo han sugerido los primeros datos, es poco probable que alrededor del 45 por ciento de esas hospitalizaciones se deban a la COVID-19, y para tener en cuenta el gran número de infecciones no documentadas que ya se han producido, podríamos imaginar que la tasa real de hospitalización podría ser incluso menor, digamos que se trata del 0,02 por ciento, o una de cada 5000 infecciones pediátricas por coronavirus.

Eso significa que, si el coronavirus llegara a infectar a los 73 millones de niños estadounidenses, podríamos esperar, de manera conservadora, que la COVID-19 fuera responsable de casi 14.600 hospitalizaciones. A diferencia de las hospitalizaciones relacionadas con la vacuna, las hospitalizaciones de los adolescentes por COVID-19 pueden ser muy difíciles, pues una cuarta parte de ellas dura seis días o más. Un estudio reciente de los CDC reveló que las hospitalizaciones relacionadas con la COVID en adolescentes pueden ser largas y complicadas, y casi un tercio de ellas requiere que los pacientes ingresen a la unidad de cuidados intensivos. Hasta ahora, 326 estadounidenses de 17 años o menos han muerto a causa de la COVID-19.

Se desconoce el impacto a largo plazo de la COVID-19 en los jóvenes. No obstante, algunos niños con COVID-19 desarrollan una complicación conocida como síndrome inflamatorio multisistémico pediátrico. Según los datos disponibles sobre prevalencia, dejar que 73 millones de personas de 17 años o menos se contagien del coronavirus podría provocar más de 27.000 hospitalizaciones adicionales por el síndrome. En particular, las complicaciones cardiacas del síndrome son más comunes en general y mucho más duraderas que las observadas en la miocarditis relacionada con la vacuna entre los adolescentes.

Algunos médicos y padres se preguntan: ¿por qué no dejar que los adolescentes, que parecen tener un mayor riesgo de miocarditis, esperen unos años para vacunarse, especialmente en zonas con pocos casos? ¿O por qué no vacunarlos con una sola dosis?

Ese argumento supone que los jóvenes no se infectarán a corto plazo pero, con la aparición de más variantes, eso no es seguro. Los datos también muestran que ambas dosis son necesarias para obtener la máxima protección y ayudar a prevenir la propagación. Otra razón para no esperar es que, cuanto mayor es una persona, más grande es su riesgo de padecer una enfermedad grave cuando finalmente contraiga la COVID-19.

Hacer que los jóvenes, incluidos los niños, se vacunen también es fundamental para alcanzar altos niveles de protección contra la COVID en Estados Unidos, y ayudará a prevenir la propagación del coronavirus entre otros adultos vulnerables, así como la aparición de más variantes. En lugar de jugar a la ruleta con las variantes durante los próximos años, podemos poner fin a esta crisis de forma segura aceptando un riesgo mayor, aunque todavía excesivamente pequeño, de efectos secundarios que no se ha visto que causen problemas a mediano plazo, y mucho menos a largo plazo.

Un pequeño número de personas sufre efectos secundarios inevitablemente después de cualquier vacunación, algunos causados por las vacunas, pero la mayoría no tiene problemas. El riesgo de la vacunación debe compararse con el riesgo de la enfermedad que la vacuna previene, no con el riesgo cero. Las opciones son vacunarse contra la COVID-19 o terminar infectándose. Dados los datos actuales, la conclusión es contundente: el virus es más peligroso.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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