Opinión: Lo que tienen en común Trump, San Francisco y los ciervos de mi patio trasero

Thomas L. Friedman
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Un simpatizante del expresidente Donald Trump durante un mitin en Dalton, Georgia, el 4 de enero de 2021. (Damon Winter/The New York Times)
Un simpatizante del expresidente Donald Trump durante un mitin en Dalton, Georgia, el 4 de enero de 2021. (Damon Winter/The New York Times)

¿Qué tienen en común la Junta Escolar de izquierda de San Francisco, el Partido Republicano de derecha de Donald Trump y todos los ciervos que andan por mi vecindario? Mucho más de lo que se imaginan. Y el futuro de la democracia estadounidense depende de entender el porqué.

Permítanme comenzar con los ciervos. La razón por la que se sienten tan cómodos paseando por nuestros patios y multiplicándose como conejos es que saben por experiencia que no tienen depredadores: no hay cazadores ni leones de montaña aquí en los suburbios de Maryland. Por lo tanto, los ciervos hacen todo tipo de cosas estúpidas, como caminar por el medio de la calle y ser atropellados por autos, raspar la corteza de los troncos de los árboles y comerse todas nuestras flores.

Bueno, esos ciervos son como la Junta Escolar de San Francisco cuando decidió hace poco —en una autoparodia de corrección política— darle prioridad al cambio de nombre de 44 escuelas públicas que tenían el nombre de personas que, según argumentó la junta, habían exhibido comportamientos racistas durante sus vidas, incluyendo a Abraham Lincoln, Paul Revere y la senadora Dianne Feinstein. Pusieron esta tarea por delante de alguna iniciativa para que los niños regresen a esas escuelas, las cuales han estado cerradas por la pandemia.

Ese tipo de disparates suceden porque, al igual que los ciervos de mi vecindario, la Junta Escolar de San Francisco no tiene depredadores políticos. Los demócratas liberales dominan la política allí, así que no existe una amenaza seria de una alternativa conservadora.

Eso se parece mucho a Trump y sus seguidores, cuyo apego a él se ha vuelto tan parecido a un culto que todos los demás líderes republicanos saben que desafiar a Trump es un posible suicidio político. El resultado: Trump tampoco tiene depredadores fuertes (no cuento al vacilante Mitch McConnell). Esta realidad, aunada a la personalidad retorcida de Trump, lo hizo ser tan imprudente que creyó que podría dispararle a todo un poder del gobierno de Estados Unidos en medio de la avenida Pensilvania y su base seguiría siéndole fiel. ¡Y tenía razón!

Mis ciervos y la Junta Escolar de San Francisco son problemas locales. El hecho de que uno de nuestros dos partidos políticos nacionales siga apoyando a un líder que envió a una turba a saquear el Capitolio con la esperanza de anular nuestras últimas elecciones es un problema nacional grave. Un cáncer, de hecho. Y como cualquier cáncer, el tratamiento requerido será doloroso para el paciente.

Para mí, eso comienza con deshacerse del obstruccionismo en el Senado, otorgarles al Distrito de Columbia y a Puerto Rico la condición de estado (cada uno tiene más ciudadanos estadounidenses que Wyoming) y aprobar una nueva Ley de Derecho al Voto que prohíba la supresión de los votantes. Si bien eso puede sonar hiperpartidista, es el remedio necesario, aunque no suficiente, para que Estados Unidos recupere su salud política.

Déjenme contarles rápidamente un poco de historia. Se suponía que tras la derrota de Mitt Romney ante Barack Obama en 2012 iba a nacer un nuevo Partido Republicano. El año siguiente, el Comité Nacional Republicano (CNR) elaboró un proyecto para ese renacimiento, llamado Proyecto de Crecimiento y Oportunidad. Como bien lo reseñó ABC News, fue “un plan extenso que el CNR cree que llevará al partido a la victoria con numerosas actividades de difusión dirigidas a votantes mujeres, afroestadounidenses, asiáticos, hispanos y gays”. Una propuesta clave era “respaldar una ‘reforma migratoria integral’”.

Pero en lugar de adoptar ese plan, el partido se afincó en sus viejas costumbres: intentó ganar y mantener el poder una vez más con un tipo llamado Trump que le coqueteó a la supremacía blanca, defendió estatuas confederadas y utilizó todos los trucos conocidos de supresión de votantes para proteger a una nación predominantemente blanca y cristiana.

¿Por qué no?, se preguntó el partido. Cada vez más, los miembros republicanos de la Cámara de Representantes estaban siendo elegidos de distritos con circunscripciones electorales manipuladas, un acto conocido como “gerrymandering”, por legisladores estatales republicanos provenientes de distritos manipulados de la misma forma. Mientras tanto, en el Senado había una sobrerrepresentación de estados con tendencia republicana escasamente poblados, lo que significaba que el Colegio Electoral favorecía a los candidatos presidenciales republicanos, quienes luego podrían llenar el sistema judicial con jueces conservadores que a su vez les permitirían a los políticos republicanos suprimir los votos de las comunidades negras y otros grupos con tendencia demócrata.

Entonces, ¿por qué no seguir utilizando ese atajo?

El resultado de años de dependencia republicana de esta estrategia es que “un sistema de gobierno estadounidense que se suponía debía preservar los derechos de las minorías más bien ha terminado por permitir el dominio de una minoría”, señaló el experto presidencial y colaborador de Nasdaq World Reimagined, Gautam Mukunda.

“Los republicanos solo han ganado la mayoría del voto popular una vez desde 1989”, agregó. “Los demócratas lo han hecho siete veces. Gobernar con la suficiente eficiencia para obtener la mayoría es difícil. Apelar a las quejas de una minoría es fácil. ¿A alguien le sorprende que los republicanos sigan eligiendo el camino fácil? Si queremos revivir la democracia estadounidense, tenemos que cerrarles ese camino fácil de una vez por todas”.

Eso comienza con deshacerse del obstruccionismo para que el presidente Joe Biden pueda aplicar su agenda tanto para revivir la economía como para reconstruir nuestra infraestructura. También implica agregar dos senadores tanto de D. C. como de Puerto Rico, muy probablemente demócratas al principio. Eso le hará saber al Partido Republicano que si quiere tomar el poder tendrá que abandonar de una vez por todas su fantasía de un gobierno de la minoría basado principalmente en votantes blancos y asumir la estrategia de “crecimiento y oportunidad” de aquel proyecto de 2013 de la CNR.

Para que Estados Unidos esté sano, este Partido Republicano de quejas blancas y de aceptación de las teorías conspirativas de QAnon tiene que morir. Eso no es un partido gobernante.

¿Pueden imaginarse cuánto más saludable sería la política estadounidense si tuviéramos un partido conservador de centro derecha que aceptara la diversidad, la inclusión, la mitigación del cambio climático, la atención médica con sentido común y una reforma migratoria —basándose en soluciones conservadoras, con poca intervención gubernamental, más orientadas al mercado— que compitiera con un partido de centro izquierda?

Les garantizo que ESE Partido Republicano podría organizar desafíos viables para volver a obtener el poder en San Francisco y toda California, así como competir para tener senadores en D. C. y Puerto Rico. En las elecciones de 2020, los votantes de California rechazaron cuatro iniciativas liberales en la boleta de votación —sobre discriminación positiva, derechos de los trabajadores de la economía colaborativa, reforma de la justicia penal y derechos electorales para jóvenes de 17 años— que los legisladores estatales demócratas habían propuesto. Y a nivel nacional, Trump de hecho ganó terreno con algunos votantes negros y latinos.

Eso indica que existe un mercado para un partido conservador de centro derecha que atraiga al Estados Unidos de hoy, no al de ayer. Pero, ¿existe tal partido? Ha sido suprimido.

“Estados Unidos solo podrá ser competitivo en el mundo del siglo XXI si el Partido Republicano es competitivo en el Estados Unidos del siglo XXI”, dijo Mukunda.

Porque, recuerden, también perdimos a nuestro depredador nacional: la Unión Soviética. Y esa es otra razón por la que nos hemos ido desbaratando. La amenaza comunista soviética ayudó a consolidar nuestra unión durante 40 años tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy, ese sentido de asociación compartida y las nobles aspiraciones en común que generó —como llegar a la Luna— ya no existen, justo cuando nos hemos convertido en una sociedad más diversa que nunca.

No podremos alcanzar todo nuestro potencial como país a menos que ambos partidos trabajen para forjar un nuevo sentido de asociación compartida que le facilite a un Estados Unidos mucho más diverso adentrarse unido al siglo XXI. En la actualidad, lamentablemente, solo un partido está interesado en lograr eso.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company