El mismo olor a ganado y sangre de un Sacrificio diferente

Agencia EFE
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El Cairo, 31 jul (EFE).- Ni una sola alma acudió este viernes a los rezos de la Fiesta del Sacrificio en la mezquita del barrio cairota de Sayeda Zeinab ante la prohibición de las autoridades, pero las carnicerías adyacentes cortan y despellejan ganado para un número más reducido de clientes.

Para recordar cómo el profeta Abraham ofreció su hijo primogénito a Dios, muchos olvidan por un día la pandemia y sus efectos en el bolsillo para comprar una oveja, una cabra, un carnero o incluso una enorme vaca en el pequeño mercado de ganado a la izquierda de la mezquita.

La embarrada calle adyacente está plagada de carnicerías y puestos improvisados para sacrificar a los animales recién comprados en el mercado y otros que llegan a bordo de grandes camionetas azules, en un último paseo de despedida.

Un hombre despedaza con un afilado machete la cabeza de un carnero, cuernos incluidos; unas mujeres cortan pezuñas sobre grandes troncos de madera y un grupo de jóvenes despellejan una vaca mientras animan a los chiquillos a limpiar la carne con una manguera.

Algunos tienen al lado una gran olla de agua hirviendo para ayudar en la tarea de deshacerse de la pelambre de los animales y que los compradores puedan llevárselos directos a la cocina.

Ancianos, niños, hombres y mujeres participan en la tradicional celebración.

Varios grupos de cabras que otrora fueron blancas y que ahora son de color café por el polvo y la suciedad esperan su turno entre los ladridos de los perros callejeros y el olor característico de la Fiesta del Sacrificio o Aíd al Adha.

Huele a matanza, a sangre, a ganado y a heces, una peste que impregna la calle y revuelve el estómago, pero que parece no molestar a nadie.

Muy pocos llevan mascarilla o mantienen la distancia recomendada de dos metros, aunque todos se quejan de que este año hay menos afluencia que en años anteriores debido al miedo a contagiarse de la COVID-19, en un país con más de 93.000 casos y casi 5.000 fallecidos.

MENOS CLIENTES Y MENOS AMBIENTE

Mohamed Salah al Habachi, de 28 años, creció en esta área de Sayeda Zeinab y sigue con el negocio familiar: vender ganado bajo la carpa roja y blanca cercana a la mezquita.

"El coronavirus nos afectó totalmente, el que venía antes para comprar una o dos terneras ahora se conforma con un cordero. Todos los comerciantes de ganado este año han traído pocos animales al mercado e incluso los trajeron sólo a petición directa de algunos clientes", explica a Efe.

Son casi las 10.00 de la mañana y muchos animales todavía esperan a ser vendidos, pese a que la festividad arranca al alba.

Ajeno al trajín de vehículos, Al Habachi comenta que en otras ocasiones las familias salen de madrugada a rezar y el mercado se llena tanto que "resulta imposible entrar con un coche".

El Gobierno egipcio anunció la semana pasada que este año sólo habría rezos en la mezquita Sayeda Nafisa de la capital, a la que pudo asistir solamente un "número limitado" de funcionarios, mientras que los demás templos emitieron sus rezos a través de los altavoces.

"Este año no hemos sentido la alegría de las fiestas religiosas ni el mes sagrado de Ramadán", lamenta el comerciante.

Y es que la pandemia, el toque de queda nocturno para limitarla y las restricciones a los horarios comerciales ya afectaron al mes musulmán del ayuno (entre abril y mayo), así como a la fiesta grande que le da cierre, el Aíd al Fitr.

UNA TRADICIÓN DE SANGRE

Un carnicero de 64 años, Ali Hasanín, también lamenta que el coronavirus afectó a su negocio en esta Fiesta del Sacrificio: si el año pasado había al menos una veintena de personas haciendo cola, ahora apenas entra un cliente "cada cinco minutos", relata.

"El problema no es la falta de dinero sino que la gente tiene miedo de estar en aglomeraciones, ahora los clientes vienen solos o con otra persona y esperan la salida de los anteriores para entrar a la tienda".

Sin embargo, insiste en que muchas familias mantienen la costumbre pese a las duras circunstancias.

"Hemos crecido así, vimos a nuestros padres y abuelos mantener la tradición del Aíd (...) El hábito de sacrificar no puede detenerse, es una costumbre que corre por la sangre del linaje de la familias", sostiene el carnicero.

Shady Roshdy y Noemí Jabois

(c) Agencia EFE