La nueva novela de Karl Krispin, ‘Ve a comprar cigarrillos y desaparece’

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En 1835 el escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne publicó el cuento “Wakefield”. En él, un hombre le dice a su esposa que dará un breve paseo antes de cenar. Sin embargo, las palabras del personaje esconden otro cometido: se aloja a la vuelta de su casa sin que nadie lo sospeche. Al cabo de 20 años, como si nada hubiera pasado, regresa a su hogar.

La nueva novela de Karl Krispin, Ve a comprar cigarrillos y desaparece (Hypermedia), repite a su manera el deseo del personaje de Hawthorne. A simple vista, el título podría encerrar un ‘spoiler’, un revelar de antemano la trama, pero no es así: el escritor venezolano construye una delicada historia en que los destinos de los protagonistas juegan con cartas marcadas. Los amantes, como los que están casados, suelen hacer trampa en el amor.

Karl Krispin (Caracas, 1960) ha publicado las novelas La advertencia del ciudadano Norton (Alfa), Con la urbe al cuello (Alfaguara, Sudaquia), Viernes a eso de las nueve (Fuentes Editores); los estudios, La revolución Libertadora (Banco de Venezuela), Golpe de Estado Venezuela 1945-1948, (Panapo), los ensayos Bush en Playa Parguito (Pila 21) Lecturas y deslecturas (Unimet), Camino de humores (Fundarte) y los minicuentos, 200 breves (Oscar Todtmann Editores) Ciento breve (Fundación para la Cultura Urbana). Es profesor de Historia de la Universidad Metropolitana. Colaborador habitual de Zenda libros y Prodavinci. Ha sido presidente de la Asociación Cultural Humboldt en Venezuela. Es Miembro del Club de Roma y presidente del Capítulo Venezolano del Club de Roma.

La frase “ve a comprar cigarrillos y desaparece” tiene una connotación en América Latina que, en la novela, cobra otro sentido, surge una vuelta de tuerca.

La frase comporta un destino. Implica que estamos a punto de una realización por ocurrir, que atestiguamos la inminencia de un cambio al que secretamente aspiramos. Es el momento que congregamos para el encuentro de la ambición y el deseo. Es la liberación y la oportunidad de llevarla a cabo. Me llamó mucho la atención en esa trepidante novela que es La noche del oráculo de Paul Auster un momento narrativo de Dashiell Hammet en que a un personaje le cae una cornisa que por poco le provoca la muerte y en lugar de regresar a su casa, y es el caso de ambos personajes, el de Auster y el de Hammet, deciden encomendarse a un nuevo futuro para dejar todo atrás. Se me ocurrió que “Ve a comprar cigarrillos y desaparece” encerraba esa aspiración para sepultar el pasado. Cuando terminé el primer capítulo sabía que la novela no podía sino llamarse así.

¿Qué tan complicado le resultó la tarea de confeccionar las voces de los personajes femeninos de la novela?

He sido un observador de las mujeres en sus gestos, su piel, la forma cómo brilla, sus ojos, sus miradas, su cabello, sus reacciones, ver cómo se desplazan, cómo salen de un baño, cómo despiertan, sonríen, huyen, vienen o desaparecen, el modo que tienen de pensar, con la aspiración de adelantarme a su próximo acto. El alma femenina me ha cautivado siempre. Cuando era niño mi madre comenzó a preocuparse porque registraba las carteras de las señoras para indagar qué se ocultaba en aquel universo vedado. Mis padres consultaron a un psiquiatra sobre mi comportamiento. El médico los tranquilizó con que la realidad era que me gustaba el sexo opuesto. En esa época infantil me atraía hablar con las mujeres, porque pensaba que tenían mucho que revelarme. Creo tener una posible certeza de cómo son en espera de alguna sorpresa. De allí que ese travestismo narrativo se me da con alguna facilidad. Habitar en lo que sienten, en lo que las estremece y emociona es un ejercicio literariamente fascinante.

El libro mantiene un diálogo hondo y trágico con la Venezuela actual.

Los escritores nos debemos al tiempo que vivimos. Por ello nunca me he interesado en la novela histórica que representa una escapatoria poco fiable. Como sujeto del momento que vivo, la situación de destrucción que ha experimentado mi país es irrenunciable y no cabe circunvalarla. Un país inclusivo, generoso, proyectado hacia la ilusión de un futuro que llegaba todos los días, en crecimiento, fue confiscado por la estupidez colectiva, por los dogmas del autoritarismo. Y desterrado quien sabe por cuánto más, pero sobreviviente en tu mirada precaria y fragmentaria. Cuando ves que las despedidas se acumulan, que el lenguaje se envileció, que fue despojado de significación, es cuando recurres a la palabra para convocar su propósito fundacional para dirigirte al país que dejó de ser lo que algún día conociste y tratar de rearmar lo destruido. Y sabes que será el intento torpe de un recomponedor insatisfecho al que la historia ha condenado a una derrota prolongada con la cual te levantas para vencerla con tu imaginario y que te proteja del abismo. Escribir ha sido para mí una forma muy necesaria de supervivencia.

Hay varias capas narrativas: la ruptura amorosa es una de ellas, que luego se bifurca en la crisis de la mediana edad, un misterio amoroso, un país en plena crisis. ¿Cómo ideó la estructura de Ve a comprar cigarrillos y desaparece?

No soy un escritor que se plantea estructuras en el sentido de un prediseño argumental. Pienso en la posibilidad de una novela mucho antes de escribirla; es una gestación en la que insisto en imaginarla, sin saber cómo será. Se trata de una reflexión abstracta. Nunca he hecho bosquejos ni líneas de desarrollo, ni mapas ni nada que suponga una organización. Todo lo tengo en la mente y paso de ese pensamiento meramente abstracto hasta el día en que me encuentro con la novela. Luego de finalizado el primer capítulo seguí por un derrotero de unos tres capítulos que me llevaron hacia un punto de no resolución. Me deshice de todo lo que había escrito, volví donde la había dejado y seguí mi instinto narrativo y la escritura fluyó de una forma con la que yo mismo me sorprendí. Aquel engaño inicial lo llamé el engaño de Hécate, la semidiosa griega que confunde al viajero en las intersecciones de los caminos. Los personajes te van diciendo cómo son y en ese entendimiento es que empieza a tener sentido el viaje narrativo.

El discurso de María Silvia se vuelve una reflexión crítica sobre Venezuela. Los reproches tocan a su exmarido, Esteban, que no se animó a dejar el país por un futuro mejor. ¿Por qué todavía vive en Caracas?

Vivo y seguiré viviendo en Caracas porque es mi ciudad, mi casa, mis libros, mi estudio. En Caracas están mis amigos, mis afectos, la universidad, mis alumnos. A pesar de sus vicisitudes históricas, Caracas es una ciudad con la que no podría dejar de relacionarme. En su explosión dionisíaca, entre la demencia y la cordura, siempre sucede algo memorable para el registro de sus habitantes. Es la ciudad de mi idioma. Desde el arraigo que me proporciona me sostengo.

¿Qué autores actuales venezolanos recomendaría?

Tengo predilección por la escritura de Norberto José Olivar que se debate entre el día y la noche con unos personajes que ni siquiera se sabe si están o no vivos. Armando Coll tiene una versión de Caracas que me sigue sorprendiendo. Enza García Arreaza es de una originalidad casi abusiva y Camilo Pino viene convirtiéndose en un escritor tremendamente interesante. Realicé una antología de narradores venezolanos para la editorial Hypermedia que no se ha publicado. Además de los anteriormente nombrados, (salvo Camilo Pino) incluí a los siguientes escritores: Enrique Romero, Adriana Villanueva, Helena Arellano, Gisela Kozak, Miguel Gomes, Héctor Torres, Manuel Acedo Sucre, Fedosy Santaella, Milton Quero Morales. Esta escogencia implica una recomendación.

¿Qué autores suele releer?

Le tengo afecto a la frase de Italo Calvino de que hay que desconfiar de quienes no relean. Leo a Borges con reiteración porque no se concibe sin releerlo. Me gusta volver a los cuentos del Gabo. Este año releí por cuarta vez La conjura de los necios de John Kennedy Toole. También Fausto de Goethe, una obra de una perfección casi aterradora, y La montaña mágica de Mann, con la cual he tenido tres encuentros gracias a la comodidad del Berghof. Es inevitable no visitar a Álvaro Cunqueiro. He mantenido tres citas con Orlando de Virginia Woolf. Me he propuesto una quinta reunión con el ingenioso hidalgo y tengo devoción por los ensayos de Harold Bloom. He tenido una añeja lealtad por Maqroll el Gaviero, de allí que frecuente a Mutis. A quien más releo es al maestro Borges y me permito nombrarlo de nuevo. A Borges sus lectores lo asumimos como una suerte de propiedad privada, probablemente intransferible donde existe hasta un celo por compartirlo. El alemán Herder decía que “la poesía era la lengua materna de la humanidad”. A los poetas que preservan esa herencia hay que honrarlos como a T. S. Eliot, al venezolano Vicente Gerbasi, a William Blake, a Walt Whitman y a Federico García Lorca.

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