Ambición, política y trampas: así ha dañado el caso Djokovic al tenis

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Novak Djokovic todavía no sabe si participará en el próximo Open de Australia o no. Foto: MARTIN KEEP/AFP via Getty Images
Novak Djokovic todavía no sabe si participará en el próximo Open de Australia o no. Foto: MARTIN KEEP/AFP via Getty Images

El pasado martes, Andy Murray derrotaba al noruego Viktor Durasovic en primera ronda del torneo de Sydney y se dirigía como unas castañuelas a la sala de prensa. La historia de Murray es una de las más bonitas de los últimos tiempos en el mundo del tenis: un viejo campeón, miembro en su momento del famoso "Big 4" que, tras años y años de lesiones, y un par de amagos de retirada, sigue luchando torneo a torneo por volver al menos a los puestos de élite de la clasificación ATP.

Murray es el típico nombre que aparecería en cualquier crónica tenística sobre las semanas previas al Open de Australia y las expectativas en torno a la temporada que se viene encima. Sin embargo, a Murray no le cayó en rueda de prensa ninguna pregunta sobre Durasovic, ni sobre el torneo de Sídney, ni sobre el hecho de que su victoria fuera la primera en tres años en suelo australiano. No. Todo fue Novak Djokovic. El futuro de Novak Djokovic. Las razones de Novak Djokovic. El ejemplo de Novak Djokovic. Estoicamente, el británico fue contestando hasta que de repente se dio cuenta del sinsentido. "¿Nadie me va a preguntar por el partido?", dijo en voz alta... y, poco después, abandonó la sala.

Murray no ha sido el único en significarse al respecto. También lo ha hecho Andrei Rublev, número cinco del mundo. No entiende que la situación de Djokovic eclipse todo lo relacionado con la competición, que se haya jugado la ATP Cup, los torneos de Melbourne, Sídney, Adelaida, etc., que ya se haya sorteado incluso el cuadro del Open de Australia... y que sigamos hablando de vacunas, abogados y ministros. Los dos tienen toda la razón del mundo. Más allá de dañar su propia imagen, tanto Novak Djokovic como Tennis Australia -la organizadora del torneo-, o el propio gobierno del país han hecho un daño al tenis enorme, imposible de cuantificar.

Año tras año, Australia era la tierra de la ilusión deportiva y su Abierto, la primera gran cita del año. Ahí donde podíamos ver en qué habían mejorado los jóvenes aspirantes, si los veteranos seguían con hambre o si habían decidido empezar a un nivel más bajo... además de descubrir nuevas caras, pequeñas sorpresas llamadas a durar tres días, cinco, siete... los que fueran. Todo eso, este año, se acabó. Andy Murray ha llegado a la final, pero a nadie parece importarle. Rafa Nadal ganó un torneo por primera vez en ocho meses, pero apenas se comentó. Paula Badosa ha alcanzado una nueva final jugando al tenis de maravilla y Thanasi Kokkinakis ha llegado también a la última ronda de Adelaida dejando atrás -parece- años y años de lesiones... pero sus resultados son una nota al pie de página.

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Todo esto ha quedado sepultado bajo el inmenso ego de Djokovic. Porque las culpas se pueden repartir de muchas maneras -ahí está la torpeza del ministerio de inmigración, saltándose la ley y esperando al último momento para volver al tema con unos argumentos poco contundentes, o la falta de escrúpulos de Tennis Australia, dando por buenas todas las versiones que Djokovic iba contando con tal de que participara, por favor, en su torneo- pero, si esto está pasando, está pasando por Djokovic. No ya por su posición contra las vacunas, que en su derecho está, sino por el empeño en vivir en una realidad paralela en la que todo le está permitido.

Desde hace demasiados años, el serbio vive en una burbuja de gurús y aduladores que no le hace ningún bien. Lo que ha pasado aquí es una muestra más de lo que llevamos tiempo viendo: Djokovic no solo entiende que él no tiene por qué vacunarse, sino que ni siquiera es capaz de asumir las consecuencias y busca el camino corto de las medias verdades. En su necesidad desesperada de disputar el Open y llegar a los veintiún grand slams antes que sus rivales -Roland Garros asoma en el horizonte y a Nadal ya no le molesta tanto el pie-, Djokovic se ha plantado en Melbourne después de mentir en su formulario de viaje, alegar un positivo cuyo código QR remite a cualquier otra cosa, y asegurar que se paseó por medio Belgrado contagiado de coronavirus porque él lo vale.

Poco queda del "Espartaco" y el "Jesucristo" de las primeras horas de retención en el mugriento hotel para refugiados. Djokovic podría haber sido consecuente con sus ideas y haber dicho: "Si me obligáis a hacer algo que no quiero hacer, no contéis conmigo", pero eso habría sido demasiado fácil. Torció las interpretaciones, pidió una exención fuera de plazo -que, por supuesto, Tennis Australia le concedió, siempre cómplice-, elaboró una teoría alrededor del supuesto positivo que es propia de un irresponsable y, aun así, pensó que no le iba a pasar nada: a entrenar y a jugar.

No ha sido así. A la espera de saber qué va a pasar este fin de semana en la Corte Federal, Djokovic, como mínimo, ha mostrado muy poco respeto por sus compañeros: les ha robado todo el protagonismo por motivos que no tienen nada que ver con el talento sobre la cancha y, como dijo ayer mismo Stefanos Tsitsipas, les ha hecho quedar como tontos por haberse vacunado. Dice el griego que Djokovic se empeña en jugar con sus propias reglas. Tiene razón, pero es que siempre lo ha hecho. Ahora, corre el riesgo de, por empeñarse en no perderse la edición de 2022, acabar perdiéndose también las de 2023 y 2024. El mismo riesgo que corre Tennis Australia de no contar con el hombre que más veces ha ganado su torneo. La ambición desmedida es lo que tiene. Lo llena todo de barro. Incluso el Grand Slam más bonito de todo el año.

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