A miles de trabajadores agrícolas se les da prioridad para recibir la vacuna del coronavirus

Miriam Jordan
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COACHELLA, California — El valle desértico detrás de las montañas de San Jacinto bañado por los fuertes rayos del sol es más conocido por un festival de música anual que atrae a 100.000 aficionados al día y una serie de fastuosos pueblos con centros turísticos que son un remanso para los vacacionistas adinerados que le huyen al invierno y van ahí a jugar golf, asolearse y disfrutar fiestas. Pero muy cerca de las albercas azul turquesa de Palm Springs hay más de 10.000 trabajadores agrícolas dedicados a recoger las mayores cosechas de dátiles, frutas y verduras del país.

Una persona dedicada al trabajo agrícola se registra para recibir la vacuna contra el coronavirus en un viñedo de Coachella, California, el 9 de febrero de 2021. (Ariana Drehsler/The New York Times)
Una persona dedicada al trabajo agrícola se registra para recibir la vacuna contra el coronavirus en un viñedo de Coachella, California, el 9 de febrero de 2021. (Ariana Drehsler/The New York Times)

Estos trabajadores, un grupo conformado sobre todo por inmigrantes que se encuentran ilegalmente en el país, se han llevado la peor parte de la pandemia de coronavirus en California: en algunas áreas, hasta el 40 por ciento de los trabajadores a los que se les hizo la prueba del virus dieron positivo. El padre Francisco Gómez, de la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad en Coachella, dijo que el número promedio de funerales en su parroquia ha sido de diez por semana. “Hablamos de una situación apocalíptica”, se lamentó.

Ponerle fin a la destrucción causada por el virus en esta área agrícola ha sido uno de los mayores retos de la nación. Los inmigrantes no autorizados por lo regular prefieren no registrarse en los programas del gobierno ni asistir a centros públicos de vacunación. Por si fuera poco, la idea de ofrecerles la vacuna contra la COVID-19 a inmigrantes que se encuentran ilegalmente en el país antes que a otros estadounidenses ha sido motivo de varios debates entre miembros republicanos del Congreso.

Sin embargo, en el valle de Coachella está en marcha un esquema trascendental con el propósito de llevar directamente la vacuna a los campos. Se ha invitado a miles de trabajadores agrícolas a clínicas temporales de vacunación establecidas por los productores y operadas por el Departamento de Salud.

Este condado es el primero del país en darles prioridad a los trabajadores agrícolas en la campaña de vacunación a gran escala, independientemente de su edad y padecimientos de salud. No obstante, algunos investigadores de salud pública opinan que este tipo de programas tendrán que ampliarse de manera significativa si queremos tener posibilidades de ponerle fin a una de las mayores amenazas a la estabilidad del suministro de alimentos de la nación.

Cientos de brotes de coronavirus han afectado a los trabajadores en los campos y en los centros de procesamiento de alimentos de todo el país. Investigadores de la Universidad de Purdue calculan que alrededor de 500.000 trabajadores agrícolas han dado positivo en las pruebas del virus y al menos 9000 han muerto a consecuencia de él.

En el valle de Coachella, el programa de vacunación, que comenzó en enero, es la culminación de un esfuerzo de meses para educar a los trabajadores sobre la COVID-19, incluidas acciones para llevar las pruebas cerca de su lugar de trabajo y alentarlos a quedarse en casa si contraen la enfermedad.

Durante algunos descansos de su trabajo de recolectar cebolletas, recoger alcachofas y podar viñas, una mañana reciente los trabajadores fueron apareciendo en un almacén a cielo abierto para recibir la primera dosis de la vacuna de Pfizer.

Trabajadores agrícolas en un cultivo de vegetales en Hemet, California, el 8 de febrero de 2021. (Ariana Drehsler/The New York Times)
Trabajadores agrícolas en un cultivo de vegetales en Hemet, California, el 8 de febrero de 2021. (Ariana Drehsler/The New York Times)

Se ahorraron el engorroso proceso de registro en línea que la mayoría de los californianos deben cumplir y las horas de espera usuales en los sitios de vacunación masiva. En cuanto aceptaron vacunarse, un patrón o encargado de la organización programó su cita. Después, lo único que tuvieron que hacer fue presentarse.

Rosa Torres, quien se dedica a empacar dátiles, comentó que nunca se habría imaginado que pudiera ser tan sencillo. “Dios escuchó mis plegarias”, dijo Torres, de 49 años, inmigrante de México que lucía esplendorosa con una playera, gorra de lana y mascarilla a juego en verde limón para marcar la ocasión.

Puesto que es madre soltera, Torres señaló que no puede darse el lujo de enfermar y perder días de trabajo.

“En cuando supimos que iba a haber vacunas, empezamos a hacer planes”, aseveró Janell Percy, directora de Growing Coachella Valley, un grupo de productores que trabaja en coordinación con el Departamento de Salud. Los días de Percy son un tanto frenéticos porque debe hacer malabares para coordinar llamadas del condado sobre la disposición de vacunas con las de productores para informarle el número de vacunas que necesitan para sus trabajadores.

Los retos para vacunar a los trabajadores agrícolas no se limitan a inquietudes en torno a su situación migratoria. Las probabilidades de lograr registrarse para una vacuna en línea son reducidas entre una población que por lo regular no cuenta con acceso a conexiones de banda ancha y para la cual el idioma es una barrera. Muchos no pueden trasladarse con facilidad a centros de vacunación en las áreas urbanas porque no cuentan con transporte confiable ni pueden ausentarse del trabajo a la mitad de su jornada.

“Los trabajadores agrícolas viven una realidad que para la mayoría de nosotros es ajena, y para la mayoría de nosotros son invisibles, pero el hecho es que producen miles de millones de dólares en alimentos que se distribuyen por todo Estados Unidos”, explicó Conrado Bárzaga, director ejecutivo de la agencia gubernamental Desert Healthcare District.

En marzo de 2020, el gobierno federal incluyó a los trabajadores agrícolas en el grupo de trabajadores esenciales, categoría que les permitió seguir trabajando a pesar de las órdenes de permanecer en casa, pero también los colocó en una posición de mayor riesgo de contagiarse del virus.

Los encargados de la política pública han batallado para encontrar la manera de protegerlos. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades han recomendado darles pronto a los trabajadores agrícolas acceso a la vacuna, pero cada estado ha adoptado un enfoque distinto.

La mayoría ni siquiera ha comenzado a vacunar a los trabajadores agrícolas, a pesar de que muchos estados los identifican como una población prioritaria. La mayoría les han dado prioridad a los adultos a partir de 65 años de edad; la edad promedio de los trabajadores agrícolas es de 39, y más de la mitad son menores de 44 años.

En California, varios condados esperan lograr que en marzo todos los trabajadores agrícolas sean elegibles. Colorado, Idaho, Míchigan y Wisconsin son algunos de los estados que han expresado sus intenciones de empezar a vacunar a los trabajadores agrícolas en las próximas semanas.

Por desgracia, otros estados han tomado medidas que podrían desalentar a los trabajadores de presentarse.

En Florida, una potencia en el cultivo de cítricos, las personas deben demostrar que son residentes para obtener una vacuna, requisito que por lo regular aparta a los inmigrantes no autorizados. Algunas farmacias en Georgia, donde los mayores de 65 años en este momento pueden recibir vacunas, se las han negado a inmigrantes incapaces de presentar un número de Seguridad Social. En Nebraska, donde los inmigrantes son la columna vertebral de la enorme industria de empaque de carne, las autoridades han dicho que quienes no tengan estatus legal serán los últimos en recibir la vacuna.

En el condado de Riverside, los defensores de los trabajadores agrícolas y los productores han respondido llamadas de todo el país acerca de su estrategia de vacunación, que se considera un modelo a seguir para administrar las vacunas a esta población.

“No solo les dieron prioridad a los trabajadores agrícolas, sino que también desarrollaron una estrategia integral e innovador para garantizar que las comunidades de trabajadores tuvieran acceso a la vacuna y la aceptaran”, señaló Alexis Guild, director de política sanitaria en la organización nacional de defensa de los trabajadores Farmworker Justice.

El gobernador Gavin Newsom, después de visitar una clínica temporal en Coachella el 17 de febrero, anunció que California pondría 34.000 vacunas a disposición de los trabajadores agrícolas del valle central, el corazón agrícola del estado. “Ningún otro condado del estado ha hecho lo que este condado”, dijo. “Necesitamos copiar este programa en todo el estado de California”.

Sin embargo, algunas personas en el condado de Riverside, que abarca desde la zona exurbana de clase trabajadora de Los Ángeles hasta el lago Salton, han cuestionado que sea acertado colocar a los trabajadores agrícolas al frente de la fila.

Una noche hace poco en Beaumont, a unos 30 minutos en auto del valle de Coachella, algunas personas que habían conseguido citas a través del proceso disponible para la mayoría de los residentes de California, en su mayoría de más de 65 años de edad, esperaron en sus automóviles varias horas en el estacionamiento de una escuela secundaria local.

David Huetten, de 73 años, opinó que quienes están confinados a una silla de ruedas en su comunidad de jubilados no habían podido asistir a eventos de vacunación como este. “Si hay personas adultas mayores y maestros que no se han vacunado, yo no pondría a los trabajadores agrícolas en los primeros lugares de la lista”, dijo.

Al igual que a muchos estadounidenses, a algunos trabajadores agrícolas les preocupa que la vacuna no sea segura, debido a la desinformación que ha proliferado en las redes sociales. Otros temen alertar a las autoridades migratorias si se vacunan.

Prime Time International, el mayor productor nacional de pimiento, invitó a sus trabajadores a registrarse para recibir la vacuna en enero, y “la primera pregunta fue: ‘¿La gente de inmigración va a estar ahí?’”, recuerda Garrett Cardilino, director de operaciones de campo para la empresa .

Para aplacar estos temores, el condado de Riverside convocó a organizaciones comunitarias para que se pusieran en contacto con los trabajadores agrícolas y los tranquilizaran.

“No hay ningún chip con el que puedan rastrearte; no hay efectos negativos; no pierdes la fertilidad”, les dijo Montserrat Gomez, educadora de TODEC, organización sin files de lucro dedicada a dar asistencia legal a inmigrantes, a un grupo de unos 30 trabajadores con cubrebocas reunidos al lado de un campo de espinaca en el pueblo de Winchester.

“La vacuna ahora está disponible para ustedes”, dijo. “Muchas personas quisieran tener esta oportunidad”.

This article originally appeared in The New York Times.

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