“Tenemos miedo”: Huyeron de Ucrania a Moldavia y ahora se van a otro país por temor a que Putin expanda su guerra

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Una marcha a favor de Ucrania en Chisinau, capital de Moldavia
Sergei Grits

CHISINAU.- Condenadas a ser refugiadas dos veces, Ludmila y Catarina, madre e hija, lloran. Escaparon de las bombas que están destruyendo su amada ciudad, Mykolaiv, en el sur de Ucrania, y ahora, asustadas por los vientos de guerra que corren en Moldavia, están obligadas a volver a irse.

“La verdad es que nos recibieron muy bien acá, donde, además, nos podemos comunicar porque todos hablan ruso, como nosotros. Pero ya nos anotamos para irnos a Austria porque tenemos miedo. Si no estuviéramos cerca de Transnistria, nos hubiéramos quedado, pero tenemos miedo”, dice a LA NACION Catarina, que alude al disputado enclave separatista prorruso de Moldavia. Se trata de una franja de tierra que queda a tan sólo 25 kilómetros al este de esta capital, que podría convertirse en un nuevo Donbass y arrastrar también a esta pequeña y pobre exrepública soviética a la insensata guerra de Vladimir Putin.

Una mujer fuera del predio de la MoldExpo que aloja a refugiados ucranianos
Elisabetta Piqué


Una mujer fuera del predio de la MoldExpo que aloja a refugiados ucranianos (Elisabetta Piqué/Roma, Italia)

Junto a su mamá, Ludmila, de 58 años y a su hija Diana, de 8, Catarina llegó hace una semana desde Mykolaiv, ciudad del sur de Ucrania que las fuerzas rusas intentan tomar desde hace dos meses para luego conquistar Odessa.

Fue recibida en uno de los dos pabellones de MoldExpo, espacio para grandes ferias de este capital parecido a la Rural. Hasta principios de año fue utilizado como centro para el Covid, pero desde el estallido de la guerra este lugar se ha vuelto uno de los puertos de llegada de cientos de miles de refugiados que han transitado por Moldavia, país que, en proporción a su población, es el que ha recibido la mayor cantidad de ucranianos. Por Moldavia, que tiene dos millones y medio de habitantes, pasaron 400.000 refugiados, una cifra equivalente aproximadamente al 15% de su población. Y se nota en esta capital de menos de un millón de habitantes, donde se ven muchos autos con chapa ucraniana y donde muchos fueron recibidos en casas de familia, en el marco de una oleada de solidaridad y generosidad sin precedente.

Es como si, de golpe, hubieran llegado a la Argentina seis millones de refugiados”, dice a LA NACION Lidia Tarasciuc, funcionaria al frente del centro de refugiados de MoldExpo, para dar una idea del enorme peso que esta dramática realidad está teniendo aquí.

El edificio MoldExpo
Elisabetta Piqué


El edificio MoldExpo (Elisabetta Piqué/Roma, Italia)

Los dos pabellones de MoldExpo ahora amoldados a las exigencias de los refugiados, en el barrio de Buiukani de Chisinau, fueron inaugurados el 26 de febrero pasado y tienen capacidad para recibir a unos 300 refugiados por día. “La situación es siempre muy fluida, algunos se quedan un día porque enseguida se organizan, se registran en listas para irse a otro país de Europa y se van y otros se quedan un mes, a la espera de que la situación mejore para poder volver”, detalla la funcionaria, levantando las cejas.

Como los hombres de entre 18 y 65 años no pueden salir de Ucrania debido a la ley marcial, la mayoría son mujeres y niños. Los chicos representan un tercio de la población de este centro de refugiados que también recibe a mascotas y que llama la atención por su limpieza y organización. Además de contar con tres comidas diarias, baños, duchas, atención médica, los refugiados tienen acceso a asistencia legal y psicológica. En unos paneles pueden verse anuncios que van desde ofertas de trabajo -un supermercado pide personal para la cafetería, otro centro, dentistas y enfermeras-, a vuelos o colectivos. También saltan a la vista decenas de dibujos de niños que han pasado por aquí y un estante con libros para leer. Incluso hay un espacio para que los chicos puedan jugar o conectarse para seguir sus clases de manera remota.

Cada núcleo familiar vive en un cubículo. Ludmila, la mamá de Catarina -pelo morocho, flequillo, remera rayada y chancletas-, accede a mostrarnos el de ellos, el número 15. Hay tres camas, una mesa y no mucho más.

Ludmila, Diana y Catarina escaparon de las bombas en el sur de Ucrania y ahora se ven obligadas a volver a irse por temor a una escalada de la guerra en Moldavia
Elisabetta Piqué


Ludmila, Diana y Catarina escaparon de las bombas en el sur de Ucrania y ahora se ven obligadas a volver a irse por temor a una escalada de la guerra en Moldavia (Elisabetta Piqué/Roma, Italia)

“Nos tratan muy bien acá, nos dan comida, podemos lavar ropa, planchar, ayer incluso hubo una visita de la presidenta de Moldavia, Maia Sandu, y mi hija y mi nieta se sacaron una foto con ellas”, cuenta, casi entusiasmada, Ludmila. Su humor cambia abruptamente cuando, como en una catarata, comienza a relatar que tuvo que dejar su casa, su tierra.

“Mykolaiv es una ciudad muy linda, la amamos mucho, no entendemos el sentido de la guerra. ¿Por qué hacer pedazos a Ucrania? ¿Por qué ‘liberarnos’ a nosotros de qué? Nosotros somos rusófonos, hablamos ruso, como aquí en Moldavia y nadie tiene nada en contra de la lengua rusa ¿pero por qué pasó todo esto?”, se pregunta, comenzando a llorar.

“No entendemos, lo más difícil es que no podemos explicarle a los nietos y a los hijos por qué pasó esto”, sigue. “Yo tuve solo media jornada para prepararme la valija e irme. Mi nieta no quería venir conmigo porque decía ‘yo amo mi escuela, mi ciudad, yo no quiero irme a ningún lado’. Y cuando antes de la salida nos protegimos recubriéndonos con grandes osos de peluche para resistir a las explosiones, no podíamos más... Yo no sabía cómo explicarle a ella... Yo no entiendo cuándo dicen que estas son fake news. Basta ver el palacio regional de Mykolaiv para ver qué pasó”, agrega, aludiendo a un ataque de fines de marzo que partió en dos a un edificio de nueve pisos de la administración de la ciudad, en el que murieron más de 36 personas.

Dibujos de niños en la MoldExpo
Elisabetta Piqué


Dibujos de niños en la MoldExpo (Elisabetta Piqué/Roma, Italia)

Ludmila, que es viuda, cuenta que es ingeniera constructora de naves, pero que en los últimos años trabajó de contadora porque con la disolución de la URSS en Mykolaiv, ciudad portuaria sobre el estuario de dos ríos, famosa por su astillero, comenzaron a construirse menos naves. “Gradualmente todo lo que era de valor se lo llevaron a Rusia y en Mykolaiv colapsó la industria naval”, relata.

Al igual que su hija, Ludmila dice que preferiría no irse a Austria -”ni siquiera sabemos alemán”, lamenta-, sino quedarse en Moldavia. Pero el factor Transnistria, el miedo a que la guerra las alcance, es superior. “Si estuviéramos seguras de que acá sigue todo pacífico, preferiríamos quedarnos acá. Acá estamos cerca de casa, queremos poder volver en pocas horas a casa”, dice.

Cuando le cuento a su hija, Catarina, que estuve en Mykolaiv a fines de marzo y le muestro las fotos que guardo en el celular de los impresionantes cráteres dejados por bombas caídas en un hospital de esa ciudad, rompe en llanto. Le pido disculpas, no tenía por qué. Pero ella me muestra, a su vez, las fotos que guarda en su celular de la misma destrucción. Una es de un jardín de infantes a pocos metros de su casa.

El espacio MoldExpo solía ser un centro de atención para el coronavirus y ahora asiste a refugiados de Ucrania
Elisabetta Piqué


El espacio MoldExpo solía ser un centro de atención para el coronavirus y ahora asiste a refugiados de Ucrania (Elisabetta Piqué/Roma, Italia)

Ludmila, Catarina y Dina se vieron obligadas a irse de Mykolaiv el 22 de abril porque la vida ya era imposible, no sólo por las bombas. A partir del 12 de abril dejó de haber agua en esa zona porque los rusos destruyeron un acueducto de la cercana de Kherson, la única gran ciudad que lograron tomar, esencial para ellos.

“El primer día de la guerra nos fuimos a refugiar al campo, a 50 kilómetros de Mykolaiv, pero también ahí llegaron las bombas. Nos quedamos y no podíamos irnos porque el pueblo había sido todo minado y porque los rusos disparaban sobre el camino de salida. Por el estrés, el abuelo de mi marido tuvo un ACV y se murió. Ni siquiera pudimos llamar a un médico, pedir auxilio, porque disparaban todo el tiempo”, cuenta, llorando.

Su marido, Alexander, que se quedó en Mykolaiv, no pudo enrolarse en las Fuerzas Territoriales de Defensa porque es diabético. Pero ahora trabaja como voluntario. Le lleva agua -que debe sacarse de pozos artesianos y luego hervirse- a los vecinos más ancianos. Por suerte logra comunicarse con él por teléfono porque las conexiones, la electricidad, “aún funciona”.

Al igual que su madre, que muestra en su celular un vídeo de cómo era su amada Mykolaiv en tiempos de paz, a Catarina se le iluminan los ojos cuando habla de su ciudad. “Cuando volverá la paz, reconstruiremos Mykolaiv y usted será nuestra huésped”, anuncia.

Al igual que su madre, Catarina teme que las fuerzas rusas tomen Transnistria y la guerra llegue a Moldavia. Y quiere salvar a Nadia. “Nosotros tenemos hijos, nuestros hijos se escaparon porque había bombas y si habrá bombas en Transnistria, queremos evitar esta situación. Ya nos podemos esperar cualquier cosa de Rusia”.

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