México y el riesgo de ser parte del Consejo de Seguridad de la ONU

El gobierno de México ha anunciado su candidatura para integrar el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas, un órgano clave para la paz y la atención de crisis a escala global, y cuenta para ello con el respaldo de todos los países de América Latina y del Caribe, un total de 33 naciones, según indicó hace unos días el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador.

De prosperar esa candidatura, México sería uno de los 10 miembros electos no permanentes del Consejo de Seguridad –los permanentes son EEUU, Rusia, China, Reino Unido y Francia– para el periodo 2020-2021. Y sería la quinta ocasión en que integre ese órgano clave de la ONU, tras haberlo hecho en 1946, 1980-1981, 2002-2003 y 2009-2010.

Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard. (Photo by Manuel Velasquez/Getty Images)

El apoyo internacional mencionado es de gran peso, pero se requiere que la candidatura mexicana sea avalada por el pleno de la Asamblea General.

“Yo creo que las posibilidades son muy altas, casi dadas. Los miembros electos van representando áreas geográficas y cuando un área geográfica da su respaldo a una candidatura es muy difícil que la Asamblea General la rechace y mucho menos siendo México, un país que tiene históricamente un apoyo importante en la Asamblea General”, comentó Roberto Dondisch, exdiplomático mexicano que fue jefe negociador para el Acuerdo Climático de París y cónsul de México en Seattle.

Pero esta vez la incorporación de México al Consejo de Seguridad se daría en un contexto singularmente diferente.

Un arma de doble filo

“El gobierno de México se ha dado cuenta de que tiene que ser un actor importante en el tema internacional, y esta sería una buena manera de contrarrestar la influencia de Estados Unidos en nuestra política interna. Puede ser un arma de dos filos, tanto te puede favorecer como no, entonces evidentemente el tema de la relación con Estados Unidos en este momento se ha complicado”, señala Roberto Zepeda, Doctor en Relaciones Internacionales e investigador del Centro de Investigaciones sobre América del Norte de la UNAM.

Hasta ahora, México ha optado por la colaboración bilateral en inmigración ante las exigencias de Trump, un presidente que rechaza sistemáticamente los esquemas multilaterales y aborda sus relaciones internacionales con una tendencia a la confrontación y a mezclar asuntos disímbolos y desconectados para ejercer presiones o impulsar políticas específicas.

La decisión, que le ha valido críticas al gobierno de López Obrador, evitó aranceles a las exportaciones que habrían sido muy dañinos para la economía mexicana. Y es una muestra de que México debe tomar constantemente decisiones complejas en su relación con EEUU, máxime dadas las peculiaridades del gobierno estadounidense actual.

(Photo by Manuel Velasquez/Getty Images)

Pero, por su parte, el nuevo gobierno mexicano también es distinto y singular. López Obrador requiere ampliar al máximo su margen de maniobra interno para emprender y lograr cambios sustantivos en el país, pues aunque tiene amplio respaldo ciudadano y mayorías en ambas cámaras legislativas, enfrenta considerables resistencias.

“Llega un gobierno de izquierda, por primera vez, encabezado por López Obrador que ha tenido una postura independiente…, respetando los principios que rigen la política exterior en México… Ha habido algunos temas ya en el nuevo gobierno donde han asumido una postura en ese sentido. Eso yo creo que le ha dado prestigio a México, el respaldo de los otros países de América Latina para que pudiera ser electo para ocupar ese asiento en el Consejo de Seguridad”, señaló Zepeda.

Para impulsar su agenda de transformación nacional, lo que menos necesita López Obrador es conflictos mayores con EEUU. Y, en paralelo, es claro que la vigencia y defensa de los principios de política exterior están en el centro de la perspectiva del gobierno mexicano.

En ese contexto, y dada la vocación por la solución pacífica de los conflictos, la autodeterminación de los pueblos, la no intervención en los asuntos de otros países y la posición de igualdad jurídica entre las naciones que ha mantenido México históricamente, se ha elevado la pregunta de si convertirse en integrante del Consejo de Seguridad en momentos de severas tensiones internacionales y con un gobierno estadounidense especialmente reactivo (por ejemplo, su diferendo por Irán) podría poner al gobierno mexicano en la disyuntiva de mantenerse fiel a sus principios y rechazar medidas de fuerza o plegarse pragmáticamente a decisiones difíciles en aras de no lastimar la relación clave con EEUU.

“Con el gobierno de EEUU actual va a ser complicado, no es imposible. Por un lado sí es un gobierno que empuja sus visiones de una manera muy fuerte y muy distinta a como lo ha hecho en el pasado. Por otro lado, es un gobierno que le da menos importancia al mundo multilateral, desafortunadamente. Entonces, qué tanto les va a interesar lo que está pasando en el Consejo de Seguridad dependerá de qué temas lleguen”, analizó Dondisch.

En el escenario actual resulta lógico evocar la negativa de México a apoyar la invasión estadounidense de Irak en el 2003, que a la postre le acarreó fuertes desencuentros y tensiones con EEUU.

¿Es tolerable el riesgo de incurrir nuevamente en un diferendo de esa naturaleza, dado lo delicado de las relaciones presentes entre el gobierno de Trump y el de AMLO? ¿Sería positivo para México el balance? Esas son algunas de las interrogantes claves en el tema.

Adolfo Aguilar Zínser, embajador de México ante la ONU, durante una sesión del Consejo de Seguridad de la ONU en torno a la situación de Irak, en octubre de 2002. (Reuters/Ray Stubblebine RFS/ME)

Un año estelar en la diplomacia mexicana

En 2002, con un gobierno mexicano distinto, proveniente de una sonada transición democrática, y en el contexto de las reconfiguraciones tras el final de la Guerra Fría, México optó por un rol internacional más activo y presentó su candidatura al Consejo de Seguridad. Fue entonces electo en la que sería su tercer y posiblemente más tensa participación.

A finales de 2002 y principios de 2003, la pretensión del gobierno de George W. Bush de que su plan de invasión de Irak contase con el apoyo de la ONU fue punzante y controversial. Francia, por ejemplo, rechazó de plano la noción de una guerra y amenazó con vetar una resolución al respecto.

México, representado por su entonces embajador ante la ONU, Adolfo Aguilar Zínser, manifestó su oposición a una intervención armada en Irak al no encontrar evidencia suficiente de que ese país tuviera armas de destrucción masiva, e insistió en que la vía legal era mayor a través de inspecciones para dilucidar (y en su caso neutralizar) la existencia de esos arsenales. Eso pese a las fuertes presiones y, se afirma, amenazas de sanciones de parte de Washington.

Y aunque había divisiones internas en el gobierno sobre el grado de apoyo que debía darse a EEUU, al final la posición pública fue contraria a una guerra, en sintonía con los principios históricos y el sentir mayoritario de la población, algo de gran importancia en política interna para el presidente Vicente Fox en un año de elecciones legislativas intermedias.

Una sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, en torno a asuntos de Irak, en diciembre de 2002. México era entonces integrante de esa instancia. (AP Photo/Osamu Honda)

“Hay que recordar que en ese momento venían en México las elecciones intermedias de 2003, donde el presidente Fox llegaba debilitado. Utilizó la política exterior –obviamente la mayoría de los mexicanos apoyaban esa postura- para ganar adeptos al interior del país”, comentó Zepeda.

Esa oposición de México y otros países en el Consejo de Seguridad llevó a que nunca se votara una segunda resolución en contra de Irak y a que EEUU y Gran Bretaña optaran por una invasión unilateral del territorio iraquí.

“En aquel tiempo [2002] México y EEUU estaban negociando un acuerdo migratorio, la famosa ‘Enchilada completa’ que quería Jorge Castañeda [entonces secretario de Relaciones Exteriores]… y al no apoyar México la postura de EEUU la relación se deterioró, al grado de que los avances en un posible acuerdo migratorio se perdieron…”, explicó Zepeda.

La firmeza de México en contra de un aval a esa invasión fue un momento estelar de su diplomacia, aunque motivó una erosión en las relaciones bilaterales.

No obstante, también se amplió en esos años significativamente la cooperación en materia de seguridad y al final en el propio Consejo de Seguridad avaló la posterior resolución que confería el mandato en Irak a los países invasores triunfantes.

“El pragmatismo no es malo, tampoco es justificante... Y yo creo que ese es el gran reto que va a tener México, debe guiarse por posiciones que no lo incomoden pero que sí dejen avanzar su posición y su interés, y eso es un balance complicado, que se hace diario. Va a tener que analizar muy bien qué temas son lo pueden poner en confrontación, y no solo con EEUU, con otros con los que tiene intereses importantes”, precisa Dondisch.

El secretario de Estado de EEUU Mike Pompeo y el canciller de México Marcelo Ebrard, en una reunión en julio de 2019. (AP)

Rumbo a 2020…

“Es un gran acierto buscar ser parte del Consejo de Seguridad. No es entendible en el ámbito internacional que un país del tamaño de México, de la fortaleza de México, no sea constantemente parte del Consejo de Seguridad. Muchas de estas cuestiones o estas lógicas de que quizá al entrar al Consejo nos ganamos mayores posibilidades de enfrentarnos con EEUU ha sido algo que siempre ha permeado en la mente de algunas personas, pero si vemos la realidad y la analizamos, cuando entramos al Consejo de Seguridad en 2009 hicimos un análisis y nos dimos cuenta que en la gran mayoría de los casos de hecho estábamos votando similar a EEUU, lo que hay que saber es cómo manejar cuando no vamos a tener una misma posición y manejarlo de una manera correcta”, comentó Dondisch.

Según los expertos, el éxito dependerá tanto del fondo como de la forma en que la diplomacia mexicana se desarrolle.

En general hay confianza de que el embajador mexicano ante la ONU, Juan Ramón de la Fuente, un diplomático experimentado y un político hábil, sabrá conducir la participación en el Consejo de Seguridad de modo auspicioso, incluso en escenarios de tensión y confrontación (como los que Aguilar Zínser vivió en su etapa en 2002-2003).

“Ante el gobierno actual de Estados Unidos, el equipo que esté allí tendrá que asegurarse de tener muy buena comunicación y entender los ámbitos donde hay que moverse más abiertamente, donde hay que hacerlo más diplomáticamente y tener cuidado en el cómo. No en el qué, porque me parece que debemos ser muy cuidadosos en mantener nuestras posiciones en base al interés nacional, a nuestros principios y a nuestra historia. Pero el cómo es bien importante”, añadió el exdiplomático mexicano Roberto Dondisch.

Los expertos consideran que, en el balance de riesgo y beneficio, está en el interés de México elevar su participación a nivel internacional y ser parte del Consejo de Seguridad es una pieza importante. Y coinciden en que por su importancia global, y su proyección histórica y a futuro, el país tiene mucho que aportar en el entorno internacional para compartir decisiones que atañen a la paz y, en general, propiciar el bienestar de la humanidad en momento singulares.

Y dado que existe una vulnerabilidad en la relación con EEUU, la participación mexicana en foros del máximo nivel es un factor de fortaleza y balance.

“Lo que se ha hecho históricamente es el multilateralismo. Cuando Estados Unidos empieza a tener un discurso anti-México, nadie ha salido a defenderlo, no tenemos aliados, no ha habido ni siquiera una condena de Canadá, que es socio comercial… Nadie saca la mano por México. Este tipo de foros [el Consejo de Seguridad] son una oportunidad importante…”, indicó el investigador de la UNAM Roberto Zepeda.

“Qué tanto podemos incidir o no depende de muchísimas cosas... Pero México es uno de los 20 países principales del mundo y tiene que estar presente en estos foros”, concluyó Dondisch.