A medida que los desastres climáticos se acumulan, una propuesta radical gana tracción

Christopher Flavelle
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El cielo sobre el noreste del océano Pacífico, lleno de nubes que se forman alrededor de las partículas expulsadas por las embarcaciones, el 4 de marzo de 2009. (Observatorio de la Tierra de la NASA vía The New York Times)
El cielo sobre el noreste del océano Pacífico, lleno de nubes que se forman alrededor de las partículas expulsadas por las embarcaciones, el 4 de marzo de 2009. (Observatorio de la Tierra de la NASA vía The New York Times)

WASHINGTON — A medida que los efectos del cambio climático se vuelven más devastadores, instituciones de investigación prominentes y agencias gubernamentales están dirigiendo más recursos y atención a una idea que alguna vez se consideró ciencia ficción: enfríar el planeta de manera artificial, con la esperanza de conseguir más tiempo a la humanidad para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Esa estrategia, llamada intervención climática o geoingeniería solar, implica reflejar más de la energía del sol de regreso al espacio, lo que reduciría de manera abrupta las temperaturas globales de una forma que imitaría los efectos de las nubes de ceniza expulsadas por las erupciones volcánicas. La idea ha sido ridiculizada por considerarse peligrosa y un arreglo ilusorio que podría alentar a las personas a seguir quemando combustibles fósiles, lo que dejaría al planeta expuesto a efectos secundarios inesperados y potencialmente amenazadores.

No obstante, en vista de que el calentamiento global continúa y provoca que los huracanes, los incendios forestales, las inundaciones y otros desastres naturales sean más destructivos, algunos investigadores y expertos en políticas afirman que las reservas respecto a la geoingeniería deberían descartarse ante el imperativo de entenderla mejor, en caso de que las consecuencias del cambio climático se vuelvan tan terribles que el mundo no pueda seguir esperando mejores soluciones.

“Estamos enfrentando una amenaza existencial y necesitamos analizar todas las opciones”, dijo Michael Gerrard, director del Centro Sabin de Derecho sobre el Cambio Climático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Columbia y editor de un libro sobre esta tecnología y sus implicaciones legales. “Pienso en la geoingeniería como en quimioterapia para el planeta: si todas las demás opciones fracasan, la pruebas”.

El miércoles, una organización sin fines de lucro llamada SilverLining anunció 3 millones de dólares en subvenciones para investigación que se destinarán a la Universidad Cornell, la Universidad de Washington, la Universidad Rutgers, el Centro Nacional de Investigación Atmosférica y otros. El trabajo se centrará en cuestiones prácticas, tales como en qué altura de la atmósfera se deben inyectar los aerosoles que reflejan la luz del sol, cómo disparar partículas del tamaño adecuado a las nubes para volverlas más brillantes y el efecto en el suministro de alimentos del mundo.

Kelly Wanser, la directora ejecutiva de SilverLining, dijo que al mundo se le está agotando el tiempo y que para proteger a las personas es necesario tratar de entender las consecuencias de la intervención climática. Comentó que la meta del trabajo, llamado Iniciativa de la Investigación Climática Segura, es “intentar reunir a personas del más alto calibre para que examinen esas cuestiones”.

La investigación anunciada el miércoles se suma a un creciente cuerpo de trabajo en marcha. En diciembre, el Congreso de Estados Unidos le dio a la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en inglés) 4 millones de dólares para investigar esta tecnología. NOAA también comenzará a recopilar datos que le permitirán detectar si otros países comienzan a usar geoingeniería de manera secreta. Además, Australia está financiando experimentos para determinar si esta tecnología puede salvar a la Gran Barrera de Coral y cómo.

“Descarbonizar es necesario, pero va a tomar veinte años o más”, señaló en una declaración Chris Sacca, cofundador de Lowercarbon Capital, un grupo de inversión que es una de las entidades que financian a SilverLining. “Si no exploramos ahora las intervenciones climáticas como la reflexión de la luz solar, dejaremos que se pierdan incontables vidas, especies y ecosistemas por el calor”.

Una manera de enfriar el planeta es mediante la inyección de aerosoles en la capa superior de la atmósfera, en donde esas partículas pueden reflejar la luz solar hacia afuera de la tierra. Ese proceso funciona, según Douglas MacMartin, un investigador de ingeniería mecánica y aeroespacial de la Universidad Cornell cuyo equipo recibió financiamiento.

“Sabemos con una certeza del 100 por ciento que podemos enfriar el planeta”, afirmó MacMartin en una entrevista.

Lo que todavía no queda claro, agregó, es qué pasará a continuación.

La temperatura, dijo MacMartin, es un agente de muchos efectos climáticos.

“¿Qué le hace a la fuerza de los huracanes?”, preguntó. “¿Qué efectos tiene en la producción agrícola? ¿Cómo contribuye al riesgo de incendios forestales?”.

Para ayudar a responder esas preguntas, MacMartin modelará los efectos climáticos específicos de inyectar aerosoles en la atmósfera sobre diferentes partes del mundo y también a diferentes altitudes.

“Dependiendo de dónde lo hagas, tendrás diferentes efectos en el monzón en Asia”, dijo. “Tendrás diferentes efectos en el hielo marino del Ártico”.

Otra institución que recibirá dinero como parte de la nueva iniciativa es el Centro Nacional de Investigación Atmosférica en Boulder, Colorado, el cual es financiado por la Fundación Nacional de Ciencias y cuenta con lo que sus investigadores llaman el modelo del sistema terrestre más sofisticado que existe.

La subvención de SilverLining cubrirá los gastos del centro para operar y analizar cientos de simulaciones de inyección de aerosoles, con el objetivo de probar los efectos en climas extremos alrededor del mundo. Una de las metas de la investigación es buscar el punto ideal: el grado de enfriamiento artificial capaz de reducir los eventos climáticos extremos sin causar cambios más extensos en los patrones de lluvia regionales o impactos similares.

“¿Hay una manera —al menos en nuestro mundo modelo— de ver si podemos lograr un cambio en algo sin detonar grandes trastornos en otra cosa?”, cuestionó Jean-François Lamarque, director del Laboratorio del Clima y las Dinámicas Globales del centro.

Inyectar aerosoles en la estratósfera no es la única manera de hacer rebotar una proporción mayor de los rayos del sol de vuelta al espacio. El gobierno australiano está financiando investigaciones sobre lo que se conoce como “brillo de nubes marinas”, que tiene como objetivo volver las nubes más reflejantes rociando agua salada al aire. La meta es hacer que las partículas de sal actúen dentro de esas nubes como núcleos alrededor de los cuales se formen muchas gotículas pequeñas de agua, lo que aumentaría el brillo de las nubes.

Los investigadores australianos afirman que esperan que la técnica pueda salvar a la Gran Barrera de Coral. Las temperaturas en aumento del agua durante las llamadas olas de calor marinas están acelerando la muerte del arrecife, y hacer que las nubes marinas sean más reflejantes podría reducir la temperatura del agua lo suficiente para lentificar o detener ese declive.

En marzo, Daniel Harrison, un oceanógrafo biológico de la Universidad Southern Cross en Australia, probó la tecnología usando cien boquillas para atomizar agua en el aire.

“Los resultados fueron bastante alentadores”, dijo Harrison en una entrevista telefónica.

Dijo que uno de los desafíos será usar la tecnología a una escala suficientemente grande para marcar una diferencia. Estimó que probablemente se necesitarán entre 500 y 1000 estaciones, como barcazas o plataformas, que rocíen agua, o un número más pequeño de embarcaciones en movimiento, para cubrir el arrecife completo.

This article originally appeared in The New York Times.

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