Maternidades distintas

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Habían pasado tres semanas desde que nos reencontramos después de años, mi reciente ruptura me arrastraba hacia un espiral de autodestrucción y esa noche entre palabras de amor vacías y canciones de mariachi terminé en sus brazos, horas después él desapareció como siempre, antes de que saliera el sol.
Desperté pero no pude levantarme de la cama debido al dolor de espalda, una punzada desconocida me partía en dos. Al recuperarme caminé al baño, me senté en la taza y entonces supe que algo andaba mal conmigo, estas sensaciones eran completamente nuevas, no entraban en una clasificación. Comencé a hacer cuentas, llamé a mi mejor amiga y me tiré al suelo a llorar. Al llegar al laboratorio me sudaban las manos, la certeza no siempre da paz, de alguna forma estaba segura de que el resultado sería positivo, y no me equivoqué.
Nunca dudé sobre qué hacer al respecto, era responsable con mi sexualidad, hacía años que tomaba pastillas anticonceptivas y sabía que la efectividad era cercana al 98%, no creí ser parte de ese 2% restante y es que uno nunca espera ser una estadística, como si tuviéramos algo de especial por ser parte de la mayoría mientras que irónicamente buscamos sentirnos únicos y distintos a los demás.
Estaba estudiando en la universidad y mi trabajo únicamente me daba lo suficiente para pagar los gastos relacionados con mis estudios y el transporte, no tenía ahorros y sabía que mis amistades cercanas y mi familia no estaban de acuerdo, así que no les dije nada. Gracias a las redes sociales encontré más temprano que tarde grupos de mujeres, si, extrañas del internet dispuestas no sólo a darme información sino a ayudarme en esa situación. Debía viajar hasta Ciudad de México, acudir a un centro de salud, someterme al procedimiento y regresar ese mismo día, por suerte no tuve que hacerlo sola. Al llegar a la clínica una chica que formaba parte de una asociación sin fines de lucro me estaba esperando, con paciencia, empatía y mucha amabilidad me explicó lo que iba a suceder durante las siguientes horas, después sabría que me estaba preparando para la peor experiencia de mi vida.
El primer filtro es una sala donde te amedrentan por estar ahí, lenguaje brusco y expresiones misóginas parecían parte de la inducción al procedimiento, con unos toques informativos sobre planificación familiar y la enmienda de firmar una carta para que al terminar el procedimiento te coloquen el implante anticonceptivo, sin excepción. Después una a una nos pasaron a una sala donde “especialistas” te cuestionan inquisitivamente sobre tus valores, planes a futuro, creencias e intentan que declines o cambies de opinión – muchas salían con lágrimas en los ojos y no regresaban al lugar-, si pasabas esta fase seguía la revisión médica.
Ponerse la bata, morirse de nervios, pasar a la sala y cerrar con los ojos esperando que el frío del metal mitigue los otros dolores no funcionó. A pesar de que te colocan, o dicen que te colocan suficiente anestesia; yo sentí todo y mientras me retorcía de dolor entre gritos ahogados la doctora me miró y sin un ápice de compasión dijo “a ver si con esto aprendes”. No tuve tiempo de responder, mi presión se desestabilizó y me desmayé, al abrir los ojos, seguía recostada con las piernas abiertas y ojos extraños explorando mi interior, no encontraban nada, parecía que, era aún muy milimétrico para ese procedimiento. Por fin cuando terminamos una enfermera me trató como persona y me llevó de la mano a un sillón, por desgracia no la volví a ver. La sala de ‘observación’ era más un pabellón de hospital psiquiátrico, algunas dormidas, otras balbuceando, otras tranquilas mirando a la nada y yo sin poderme parar por el dolor arrastrándome para llegar al baño a vomitar… Duramos ahí varias horas, al salir esa mujer desconocida me esperaba, tenía consigo comida y pastillas para el dolor, me tomó del brazo y me acompañó hasta que tomé de regreso el autobús a mi ciudad. Mientras mordía el sándwich que me llevó recuperaba no sólo el color sino también la fe en la humanidad. Ella sin saberlo me salvó, esa experiencia terrible de por si pudo haber dejado secuelas difíciles de manejar si no hubiera sido porque me hizo sentir que no estaba sola. Yo tuve suerte de encontrarla, pero hay muchas mujeres que no tienen este privilegio, que son obligadas a maternidades violentas y que son criminalizadas por decidir sobre su cuerpo. Debemos luchar para mitigar la violencia obstétrica, que los médicos y enfermeras que realizan estos procedimientos no señalen, juzguen ni hagan sufrir aún más a quienes los requieren.
Después de investigar un poco, me di cuenta de que yo sobreviví a este procedimiento gracias a una red de apoyo creada por cientos de mujeres que saben y conocen la importancia del acompañamiento, de la sororidad y del apoyo físico, económico y emocional. Mujeres con la que siempre estaré agradecida y a las cuales no conozco en persona.
Este 10 de mayo es el primero que celebro como madre, mi bebé tiene 4 meses y no podría sentirme mejor. No me arrepiento de haber tomado aquella decisión, porque hoy es gracias a esa experiencia que puedo ser la mejor versión de mi misma para mi hija, porque tuve el privilegio de decidir en libertad en qué momento quería darle la bienvenida a la maternidad, desde el amor y con toda la intención de que cuando crezca ella pueda hacer lo que decida es mejor para ella.