Una masacre final sirvió de desenlace para un mes de atrocidades en Bucha

Daños en las calles de Bucha, Ucrania, tras la retirada de los soldados rusos, el 3 de abril de 2022. (Ivor Prickett/The New York Times)
Daños en las calles de Bucha, Ucrania, tras la retirada de los soldados rusos, el 3 de abril de 2022. (Ivor Prickett/The New York Times)

BUCHA, Ucrania — Durante una de las últimas noches de la ocupación rusa de Bucha, un soldado ruso solitario, borracho o drogado, salió en busca de vino. Sometió a un residente de 75 años a punta de pistola por la calle y lo hizo golpear las puertas de las casas particulares.

Lo que ocurrió a continuación fue una noche de horror para dos familias que marca el desenlace de un mes de asesinatos sin sentido cometidos por soldados rusos en Bucha, un suburbio de Kiev, la capital de Ucrania. El soldado ruso dejó un reguero de sangre y vidas devastadas en un último paroxismo de violencia solo unas horas antes de que las fuerzas rusas iniciaran su retirada. Su propia unidad lo recogió por la mañana, se deshicieron de los cadáveres y, en cuestión de horas, desapareció.

Nueve meses después de esos sucesos, la mayoría de los muertos han sido recuperados y enterrados, y la gente ha retomado sus vidas y volvieron al trabajo. Pero el duelo de los familiares sigue estando a flor de piel, y el dolor infligido por este soldado ruso y sus camaradas a esta pequeña parte de un barrio todavía se extiende por toda la comunidad de Bucha.

El ataque del soldado no fue un hecho aislado. Nueve soldados de una unidad con base en el mismo barrio boscoso han sido acusados en uno de los primeros casos de crímenes de guerra que llegan a los tribunales de Ucrania. El caso se concentra en el trato cruel que dieron a un civil, un ingeniero eléctrico que fue detenido y golpeado en repetidas ocasiones en los últimos días de marzo.

El ingeniero, Serhiy Kybka, está perdiendo la vista a causa de las heridas sufridas en otra severa paliza que recibió más tarde, a manos de un soldado ruso que lo encontró en la calle tras su liberación.

Más de 450 personas murieron en Bucha en un mes, lo que suponía aproximadamente el diez por ciento de la población que quedaba allí, un nivel que, según los investigadores de crímenes de guerra, podría equivaler al crimen de genocidio.

Quince de esas personas murieron en un área de solo unas cuantas manzanas alrededor de la calle Antoniya Mykhailovskoho, donde el soldado ebrio desató su ataque. Entre ellos había seis miembros de una residencia de ancianos que murieron de frío y por falta de medicinas, y una mujer de 81 años que apareció ahorcada en su jardín.

Yuriy Kryvenko visita la tumba de su padre, Oleksandr Kryvenko, asesinado por un soldado ruso en marzo en Bucha, Ucrania, el 4 de diciembre de 2022. (David Guttenfelder/The New York Times)
Yuriy Kryvenko visita la tumba de su padre, Oleksandr Kryvenko, asesinado por un soldado ruso en marzo en Bucha, Ucrania, el 4 de diciembre de 2022. (David Guttenfelder/The New York Times)

Al igual que sus vecinos, dos hombres —que, según el alcalde de Bucha, vecinos y familiares, murieron a manos del soldado solitario— fueron víctimas de una fuerza de ocupación indisciplinada y brutal.

Era de noche, no mucho antes del toque de queda de las 20:00 horas del 27 de marzo, cuando el soldado ruso se encontró con Oleksandr Kryvenko y le ordenó a punta de pistola que se dirigiera por la calle a una casa grande situada tras altos muros. Bucha estaba a oscuras, sin electricidad ni internet.

Kryvenko era profesor y vivía solo tras haber ayudado a evacuar de Bucha a su mujer y a su hija discapacitada. Formado como piloto, Kryvenko había pasado su vida trabajando como ajustador en la fábrica de procesamiento de vidrio de Bucha, aclamado por sus múltiples inventos mecánicos. Desde entonces, había dirigido un centro educativo, compartiendo con generaciones de niños su afición a construir maquetas de barcos y aviones.

Su familia dijo que habría intentado hacer las paces con el soldado ruso. “Nunca tuvimos peleas”, aseguró su esposa, Svitlana Tkachuk, de 55 años. “Era muy ecuánime, siempre intentaba llegar a un acuerdo”.

Cuando él y el soldado llegaron a la casa, Kryvenko golpeó la puerta y llamó al guardia, un ucraniano llamado Serhiy, al que conocía.

Serhiy abrió la puerta y el soldado, apuntando con su fusil de asalto, gritó: “¡Quiero vino, Boyar!”, utilizando un modo anticuado de dirigirse a un noble ruso.

Serhiy explicó que solo era un guardia. Los soldados rusos ya habían incautado todo el alcohol que había en la casa, le dijo.

“Entonces me puso la pistola en la sien y me preguntó: ‘¿Tienes vino?’”. relató Serhiy en una entrevista, en la que solo facilitó su nombre de pila. “Le dije: ‘No’. Pensé: ‘Esto es el fin’”.

Serhiy se preparó para recibir una bala, pero el ruso de repente levantó su rifle y disparó por encima de su cabeza, relató. El soldado ordenó a los dos ucranianos que estaban dentro de la casa que buscaran alcohol. Cuando este comprobó que no había, amenazó con lanzar una granada, pero estaba tan intoxicado que no consiguió sacarla de un bolsillo lateral de sus pantalones de combate.

Finalmente, el soldado, que según Serhiy era de etnia rusa y aparentaba unos 35 años, se marchó llevándose consigo a Kryvenko.

Según Serhiy, veinte minutos después llegó el comandante del soldado con un pelotón de tres soldados para buscarlo. El comandante afirmó que el soldado, al que llamaba Alexei, era un hombre problemático, un veterano en su cuarta guerra, y peligroso.

“Ve a esconderte y no asomes la nariz por nada”, le dijo el comandante. “No está en sus cabales. Puede disparar o lanzar una granada”.

A pesar de todas sus advertencias, el comandante no alcanzó a Alexei ni a su rehén aquella noche.

Los dos no llegaron muy lejos, pues fueron a parar a la gran propiedad de un político ucraniano retirado, Oleksandr Rzhavsky.

Exbanquero y diputado, Rzhavsky, de 63 años, era líder de un pequeño partido político y se había presentado dos veces como candidato a la presidencia.

Si alguien podía manejar a un soldado ruso beligerante, era quizá Rzhavsky, que hablaba ruso y se desenvolvía con una autoridad natural. Sus “amigos y adversarios están de acuerdo en una cosa: siempre fue sincero”, escribió su familia en el anuncio de su muerte en abril. “La explicación es muy sencilla: su objetivo siempre fue la paz y la tranquilidad en tierra ucraniana”.

Al parecer, Rzhavsky permitió que el ruso y su rehén entraran en su casa. Se sentaron a la mesa del comedor, en el salón principal de planta abierta, y Rzhavsky les dio vino, según vecinos familiarizados con los hechos.

La familia de Rzhavsky rechazó ser entrevistada para este artículo, pidiendo privacidad en momentos difíciles. Pero las dos mujeres que se encontraban en la casa en ese momento, la esposa de Rzhavsky y su hermana, pudieron esconderse y no resultaron heridas, según el alcalde de Bucha, Anatoliy Fedoruk.

Aquella noche, algo sucedió y el soldado Alexei abrió fuego contra los dos hombres que estaban sentados a la mesa. Kryvenko murió en su silla de tres balazos en el pecho, dijo su hijo, Yuriy Kryvenko. Rzhavsky recibió un disparo en la cabeza. Luego, el soldado lanzó una granada y la explosión le hirió la pierna.

“Lo que siguió fue como la noche de una película de terror estadounidense”, señaló una vecina, Olga Galunenko. “Esa casa oscura, dos cuerpos tendidos y un loco con un rifle”.

Galunenko afirmó que la hermana de Rzhavsky, Zoya, salió a rastras y se escondió en un guardarropa. “La esposa estaba escondida en otro lugar”, agregó.

No fue sino hasta la mañana siguiente que la unidad del soldado vino a buscarlo. Se lo llevaron en un vehículo blindado. Pidieron disculpas a las mujeres por las acciones de este e incluso cavaron una tumba y enterraron a Rzhavsky en el jardín. Como último acto de crueldad, arrojaron el cuerpo de Kryvenko en un pequeño bosquecillo al otro lado de la calle.

© 2023 The New York Times Company