La majestuosidad y cultura de Noruega es un refugio de la política de Florida | Opinión

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Finalmente, esta chica del asiento junto a la ventana regresó a los cielos, saliendo al mundo por primera vez desde 2019, el último año antes de que la pandemia de COVID-19 se convirtiera en nuestra realidad absorbente, obligando a viajeros intrépidos pero conscientes como yo a quedarnos en casa.

Me escapé a Noruega, gracias a un nuevo servicio sin escalas y sin lujos desde Fort Lauderdale a Oslo en Norse Atlantic Airways, que hace que el viaje de más de nueve horas sea más fácil y, a $930.13 por un boleto económico de ida y regreso, una ganga en tiempos inflacionarios.

Ahora estoy de regreso de un viaje reafirmante a la tierra mítica de los vikingos y los fiordos majestuosos, un lugar tan diferente de Estados Unidos y tan lejos de Florida y de su política alucinante que pude encontrar en un mapa de vuelos de tarifas aéreas escandalosas a Europa.

Un sitio a casi 5,000 millas de distancia, y sin guerras culturales sobre sexualidad o religión alimentadas por políticos divisivos.

Sin complejos con la sexualidad

De hecho, la desnudez allí se eleva a la estatura que le corresponde: a las bellas artes, y no solo al estilo renacentista, sino también a esculturas e instalaciones modernas más atrevidas, lúdicas y eróticas. Se exhiben con gracia y estilo, incluso en parques familiares. Ningún tropel de madres medievales las está vetando ni lo hacen con las políticas de educación sexual como sucede en el condado Miami-Dade, ni están tratando de cerrar un festival de poesía como en Sarasota.

Noruega invierte fuertemente en instituciones culturales accesibles a todos y en arte público en reconocimiento del potencial de las artes para elevar la condición humana.

La diversidad de estilos de vida no es un tema electoral, ni lo es la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo —permitido desde 1993, con derechos de adopción e inseminación artificial ampliados en 2009 a pesar de las objeciones de algunos grupos cristianos. Tampoco están bajo la amenaza y el capricho de los vientos políticos.

Solo hay un amor: el que eliges dar y recibir.

Siempre existe los que odian, por supuesto.

Un hombre armado atacó un club gay en el Día del Orgullo Gay en junio, matando a dos e hiriendo a 21, y a pesar de este hecho —o quizás por ello— la bandera del arcoíris sigue siendo parte orgánica del paisaje en Oslo como muestra de apoyo generalizado.

Se encuentra en la fachada del Teatro Nacional, pintada en una excavadora en un sitio de construcción y en los leones decorativos, uno llamado Orgullo, el otro Orgulloso, frente a un restaurante en el centro de la ciudad.

“Debemos proteger el derecho en Noruega a amar a quien queramos”, dijo a los periodistas el príncipe heredero de Noruega, Haakon.

En otras palabras, la respuesta inequívoca a la falta de civismo y a la criminalidad, junto con los derechos otorgados a todos para vivir vidas libres y seguras, se siente como un paraíso para el alma fatigada estadounidense.

Inflación y el COVID

Pero, seguramente, no hay escapatoria de la inflación o del COVID.

La inflación es, lo confirmé, un fenómeno global.

Los noruegos protestaban en una plaza de la ciudad de Bergen por el alto precio de la gasolina y la electricidad. Las personas que conocí de todo el mundo también se quejaron por los aumentos de precio en todas las áreas de la cotidianidad, desde bienes raíces hasta los comestibles. Pero los de los países escandinavos no sienten la sensación de inseguridad constante que tenemos nosotros. Tienen una fuerte red de seguridad social integrada en sus vidas. Ningún político está haciendo campaña con éxito para quitárselas.

Otra lección aprendida: el nuestro es un mundo que quiere sentir —y en esto todos somos iguales— que ahora estamos viviendo tiempos de post pandemia. No es así. El COVID-19 sigue con nosotros en otra mutación altamente contagiosa, la variante BA.5.

Estuve rodeada de muchos enfermos en aviones, museos y trenes, y presencié la cuarentena solitaria de una familia en su habitación de hotel a pocas puertas de la mía. Primero, se les dejó una prueba de COVID en su puerta, del tipo gratuito que la administración de Biden envió por correo a los hogares; luego les llegó un flujo constante de pedidos de delicatessen y de servicio a la habitación durante la duración de su estadía.

Me mantuve saludable por una sola razón: me puse la máscara en lugares cerrados y concurridos.

Me puse doble máscara en los vuelos, y esto se volvió crucial para sobrevivir en el vuelo de regreso, ya que una madre sin máscara y su hija, sentadas a mi lado, tosieron desagradablemente durante 10 horas, al igual que el hombre detrás de mí. Pero este tuvo la decencia de usar una máscara N-95 para proteger a los demás.

También usé máscara doble en un tren de Oslo a Myrdal, desde donde se transborda al pintoresco tren Flåm —uno de los viajes ferroviarios más impresionantes de Europa—, porque una mujer en mi compartimiento estaba visiblemente muy enferma.

Asimismo, me cubrí al entrar a las salas de exhibición abarrotadas del recien abierto Museo Nacional, e inesperadamente, en la línea de alimentos de su cafetería, cuando la mujer detrás de mí comenzó a toser descontroladamente.

No me importó.

Un pequeño precio que hay que pagar para volar, navegar y pasear por los impresionantes fiordos, escalar montañas y perderse en las calles de la ciudad, con un promedio de más de 22,000 pasos caminados por día, para compensar la fabulosa generosidad de los bufés y cenas de primera clase combinados con vinos europeos y africanos.

Un pequeño precio que hay que pagar para despejar mi cabeza de la fatiga que representa vivir en la Florida en estos tiempos turbios.

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