‘Málaga, sol de oro’, cien poemas a una ciudad

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Algunos poetas -no muchos- les han cantado a las ciudades. A veces ni siquiera a las suyas. Como Quevedo a Troya, o Pessoa a Londres. Otros, es cierto, a las natales, como Baudelaire a París o Gabriela Mistral a Santiago. Pero pocos -muy pocos- le han dedicado cien poemas a su ciudad, como hizo el destacado poeta malagueño Carlos Benítez Villodres en su libro póstumo, Málaga, sol de oro (Editorial Anáfora, 2022).

Fueron su esposa y sus hijos quienes después de su muerte encontraron este hermoso poemario, listo para la imprenta, sobre la mesa de su despacho. Y, en su honor, lo publicaron.

El libro está estructurado en cuatro secciones. La primera de ellas, titulada Comarcas de Málaga, es un canto a las bellezas de su amada ciudad. En uno de los poemas, dedicado a las serranías de Ronda, dice: “Reluce, como el sol, la serranía / de Ronda, altas cumbres, donde siento / la vida, fuente de sabiduría, / como engrandece al pródigo sarmiento.”

La segunda sección, El edén más soleado, consta de una veintena de versos entre los que destaca La Alcazaba, la fortificación islámica que se alza en la cima del monte Gibralfaro: “Aquí solo se sienten tus murallas / heladas y un silencio alucinante / que enaltecen tu historia y tu semblante / heridos por la hiel de las batallas”.

Pero no todos los poemas son de evocación geográfica. Algunos, como los incluidos en Un pasado luminoso, la tercera sección, se balancean armónicamente entre la arquitectura y la historia a través de palacios y linajes. Como este en que Benítez Villodres le canta al Palacio de Villalcázar: “Este inmenso palacio fue, durante tres siglos, / un sol residencial para el noble linaje / del señor Villalcázar. En su patio, destacan / las columnas de mármol, bellos ríos marmóreos / traídos de Toscana, / rocas que usó también la luz de Miguel Ángel.”

Personajes egregios de Málaga, la más extensa de todas las secciones es, como indica su título, una exaltación de sus ilustres ciudadanos y comienza, justamente, con Pablo Ruiz Picasso, el malagueño más universal: “En Málaga, se alzó por vez primera, / un hombre que pintó, con sus torrentes, / la paloma de cantos sorprendentes, / símbolo de la paz en primavera.”

Otros poemas, en esa misma sección, recuerdan a destacados intelectuales, como María Zambrano, reconocida ensayista que al final de su vida, después de un largo exilio, recibió el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Cervantes. O a José María Hinojosa, poeta de la generación del 27, introductor en España de la poesía surrealista. Y también, por qué no, a insignes políticos como Antonio Cánovas del Castillo, figura importantísima de la política española de la segunda mitad del siglo XIX y artífice del sistema político de la llamada Restauración, a quien le dedicó esta perfecta rima: “Desde su propia estrella sacrosanta / Don Antonio escuchó por las plazuelas / este cante del sol con lentejuelas / que al pensamiento nutre y abrillanta.”

Málaga, sol de oro es un poemario muy logrado. Es, además, el poético homenaje de un hombre que amó profundamente a la ciudad que lo vio nacer. Un lírico recorrido no solo por sus praderas, valles, ríos, plazas y callejuelas, sino también por su historia.

Sí, hicieron bien su esposa y sus hijos en no dejar engavetado este hermoso y sentido poemario. Todos nos lo hubiésemos perdido. Y habría sido una lástima porque fue escrito desde el amor que Benítez Villodres sintió por su terruño natal.