Bajo la lupa mundial: China aprende de crisis pasadas, pero la desconfianza sigue

Adrián Foncillas

La relación de China con el mundo también se explica a través de desastres. Pekín silenció durante semanas el terremoto de Tangshan en 1976, desdeñó la ayuda internacional a pesar de los 240.000 muertos y la factura de aquel estúpido aislacionismo convenció al Partido Comunista de que convenía abrirse al mundo.

China ya participaba de la globalización cuando un cuarto de siglo después se le empezaron a amontonar enfermos por el SARS (síndrome respiratorio agudo severo) y se empeñó en cumplir el decálogo de lo que no se debe de hacer en una crisis sanitaria.

Pekín calló primero y relativizó la gravedad después, redujo el número de afectados, prohibió la entrada de expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, ya con estos especialistas en el terreno, escondió a los enfermos en ambulancias y hospitales militares.

Muchos de los 800 muertos registrados en todo el mundo durante 2002 y 2003 se pueden apuntar a esa abyecta gestión. China, señalada por todos como un socio poco fiable, aprendió que convenía ganarse la confianza del mundo.

No hay tibieza ni secretos en la gestión del coronavirus de Wuhan. China ordenó una inédita cuarentena de decenas millones de personas, levanta a la carrera dos hospitales en Wuhan e informa sin pausa sobre el estado de la epidemia.

El presidente de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyes, aplaudió tanto sus briosas medidas como su transparencia. La organización ya había alabado la colaboración de Pekín en las epidemias del H1N1 o el MERS (Síndrome Respiratorio del Medio Oriente).

El SARS también dejó en evidencia que el febril desarrollismo había desatendido la salud pública. La inversión de gobiernos locales se multiplicó por 20 desde entonces, en 2006 fue inaugurado un sistema nacional de detección y comunicación de enfermedades, y se redoblaron los estudios en virología. Uno de los centros de vanguardia, paradójicamente, se levantó en Wuhan.

La respuesta actual evidencia las reformas. En dos semanas se detectó, identificó y secuenció el nuevo patógeno. Y se hizo en invierno, cuando coinciden múltiples virus similares. En 2014, y en condiciones más benignas, el mismo proceso con el virus del Ébola se demoró varios meses.

"Están siendo muy rápidos en todos los análisis, practicando las pruebas tan pronto como es posible y sumando hospitales de todo el país. Alabo a los científicos y al personal médico de Wuhan y ciudades vecinas por sus esfuerzos", señala Matthew Frieman, experto de la Escuela de Medicina de la Universidad de Maryland.

No faltaron lamentos por la reacción china en las dos primeras semanas. Del alcalde de Wuhan se sospecha su apego a aquella casuística de esconder las crisis bajo la alfombra y sus justificaciones le merecen al menos el piadoso beneficio de la duda.

Es un vicio irreparable en un Estado dictatorial y centralista que los mandos periféricos se esfuercen en dar la imagen de tenerlo todo bajo control para apuntalar sus carreras políticas. O que los embargue un terror paralizante ante un problema de envergadura.

Desde el gobierno se lucha contra esos anticuerpos resistentes. El presidente, Xi Jinping, subrayó que la salud es "la máxima prioridad" y la Comisión Política Central y de Asuntos Legales amenazó a los que anteponen su reputación al bienestar del pueblo. "Cualquiera que deliberadamente retrase u oculte información de casos de virus en su interés permanecerá clavado en el pilar de la infamia durante toda la eternidad", advirtió.

También confabula contra el gobierno la tenaz desconfianza de los chinos hacia los medios oficiales. La inercia los empuja en cualquier crisis hacia internet, donde anida la rumorología más delirante.

"Estoy tranquilo porque tenemos actualizaciones constantes y recomendaciones del gobierno sobre cómo prevenir el contagio. Pero los jóvenes están ahora de vacaciones, con mucho tiempo libre, y no dejan de consultar las redes sociales. Muchos solo quieren crear caos", cuenta desde Wuhan un residente contactado por LA NACION, un inversor financiero en cuya vos a través del teléfono no se intuye el pánico.

El conteo de enfermos genera escepticismo, con aluviones de pacientes que siguen a días en blanco. La explicación, según un funcionario citado por el diario hongkonés South China Morning Post, está en la metódica burocracia adoptada tras el SARS, que prioriza el rigor sobre la urgencia: el resultado del análisis de un enfermo es instantáneo, pero el positivo es enviado a Pekín para que se confirme con un segundo análisis en el Centro para la Prevención y Control de Enfermedades, y después es examinado por un panel de expertos. Solo entonces será oficial.

Lo prometió el doctor Zhong Nanshan. Es el virólogo que hace casi dos décadas dirigió la lucha contra el SARS en China y ahora, ya octogenario, fue requerido por las autoridades en Pekín para una última misión. "Todo el país extremó la vigilancia. Aquella epidemia de hace 17 años no se repetirá", afirmó.

La gestión de crisis china

Protesta en Hong Kong

Las protestas antigubernamentales en Hong Kong mostraron las lecciones aprendidas por ambos bandos. Tras la Revolución de los Paraguas de 2014, los manifestantes saben que sus marchas deben ser anónimas para evitar el "descabezamiento" de la protesta. Y, aunque hay 6000 detenidos, las autoridades se cuidan de una represión sangrienta como en Tiananmen

Guerra comercial

La guerra comercial con Estados Unidos desatada en marzo de 2018, con la decisión de Washington de imponer aranceles por 50.000 millones de dólares a los productos chinos, sacó a la luz varias prácticas desleales de China, incluyendo el robo de propiedad intelectual, desatendiendo las normas internacionales en patentes para falsificar o piratear productos

Derechos humanos

Las violaciones de los derechos humanos quedan ocultas detrás de una maraña legal y jurídica en un país donde el Poder Judicial está dominado por el partido de gobierno. Los críticos son encarcelados bajo las cláusulas de "subversión del poder estatal" o "violación de los secretos de Estado". Se estima que hay entre 1,5 millones y 4 millones de personas en las prisiones chinas

Uigures

Nadie sabe exactamente cuál es la situación de la etnia uigur en Xinjiang, noroeste chino, un grupo musulmán cercano a las naciones de Asia Central. A comienzos del siglo XX hubo una fugaz independencia del Turquestán Oriental o Uigurstán, que acabó en 1949. China tiene "campamentos de reeducación" con hasta un millón de internos para enfrentar el secesionismo

Taiwán

China ve a Taiwán como una provincia separatista que, tarde o temprano, se reunificará con el país continental. Aunque muchos taiwaneses insisten en que quieren mantenerse independientes, Pekín insiste en que ambos pueblos pertenecen a la misma familia china y que la independencia de Taiwán es un "callejón sin salida". China aspira una solución similar a la de Hong Kong