De la locura al orden: así ha hecho Luis Enrique grande a España

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Soccer Football - World Cup - UEFA Qualifiers - Group B - Spain v Sweden - Estadio de La Cartuja, Seville, Spain - November 14, 2021 Spain coach Luis Enrique celebrates as Spain qualify for the Qatar 2022 World Cup REUTERS/Marcelo Del Pozo
REUTERS/Marcelo Del Pozo

La segunda etapa de Luis Enrique al frente de la selección española empezó con una mezcla de dolor, reivindicación y valentía. Dolor porque, no hay que olvidarlo, este hombre que se ha enfrentado desde el banquillo a tantas críticas, que ha pagado con el insulto fácil el hecho de tener un criterio propio, solo volvió al puesto que había dejado cuando consiguió dar por finalizado el duelo por la muerte de su hija Xana. Reivindicación porque en estos nuevos tiempos se acabó la simpatía y las medias tintas: desde la rueda de prensa contra Robert Moreno hasta la hostilidad abierta ante los medios. El nuevo Luis Enrique era el que siempre había sido y no la anterior versión edulcorada. Valentía porque siempre confió en sus jugadores y porque hizo la revolución mientras a la vez conseguía los resultados, algo que pocas veces se ve en el mundo del fútbol.

Esto último es verdaderamente reseñable. Las primeras convocatorias de Luis Enrique tenían algo de estrambótico, como sus alineaciones. España se había acostumbrado demasiado fácilmente a ocho años de mediocridad absoluta. A no llegar ni a cuartos de final de las grandes competiciones, a tirar con jugadores experimentados, de calidad probada, pero que no daban el paso más que el equipo necesitaba. Frente a unos medios y una parte de la afición que parecían querer repetir hasta la saciedad la esterilidad del España-Rusia del Mundial 2018, Luis Enrique se dio cuenta de que el único camino que merecía la pena era el del riesgo absoluto, el de la locura, el de la sorpresa constante.

Fue capaz de llenar su equipo de post-adolescentes. Hizo debutar a Bryan Gil, a Pedri, a Yeremy o a Eric García. Dio los galones de la media punta a Dani Olmo, experimentó con Ferrán Torres como delantero centro (y casi nos da la Liga de las Naciones) y se sacó de la chistera -cortesía, todo hay que decirlo, de Ronald Koeman- a un Gavi cuyos dos últimos partidos con apenas diecisiete años han sido de otro planeta. La vuelta de tuerca absoluta: España liderada por un chico que no ha acabado el bachillerato, remontando las apuestas y metiéndose en todo un Mundial.

Muchos recuerdan la derrota en Suecia como el vértice de la zozobra, pero yo me iría aún más atrás: aquel partido ante Georgia resuelto en el descuento con gol de Dani Olmo, cuando Luis Enrique no podía presentar siquiera el aval de las semifinales de la Eurocopa. ¿Dónde está Ramos?, gritaban. ¿Dónde está Nacho? ¿Por qué no juega Aspas? Cada gol de un jugador establecido con su ciclo en la selección ya cerrado servía como excusa para darle un palo al seleccionador, que seguía apostando por "los suyos". ¿Cómo se atrevía? En menos de cinco meses, Luis Enrique ha hecho a España semifinalista de la Euro, finalista de la Liga de las Naciones y la ha clasificado para un Mundial. Y aún hay quien sigue diciendo que elige a los jugadores según su representante.

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Esta locura de los primeros días, esta sorpresa constante, este Morata contra todos y Llorente de lateral, ha ido remitiendo con el tiempo. Lo que ha quedado: la sensación de equipo unido, de grupo. Algo que no veíamos desde hace muchos años. Cuando un seleccionador se juega su prestigio y su nombre y da la cara por ti, se lo agradeces con todo. No ha habido nadie que no haya salido ahí a dejarse la piel por la camiseta, incluido Raúl de Tomás, otro de los mencionados habitualmente por los críticos y que, en cuanto Luis Enrique lo vio claro, le puso de titular en los partidos clave. Dio igual que llegara casi de rebote. Luchó, se ganó el puesto, adelante.

A todo esto se suma un juego atractivo. Además de ganar bastante y de combinar la victoria con la transición generacional -¿cuántos años de gloria nos pueden dar estos chicos, más aún cuando se sume Ansu Fati?-, España ha jugado un fútbol ofensivo, de presencia constante en campo contrario y posesión del balón sin caer en el absurdo. Luis Enrique no es un hombre que se deleite en la metafísica del pase, pero sabe cómo crear un equipo a partir del balón, cómo organizarlo. Es cierto que ha habido partidos en este tramo que más parecían un cara o cruz, pero hasta eso, al menos, era divertido. 

Durante mucho tiempo, hemos amado esa moneda al aire. Hemos apurado la respiración hasta el descuento, hasta la prórroga, hasta los penaltis. No deja de ser curioso que, al final, Luis Enrique haya conseguido la clasificación para el Mundial justo desde el orden: 0-1 contra Grecia, 1-0 contra Suecia. Con despistes, por supuesto. Con algunos errores ajenos imperdonables, como el de Isak en el partido de este domingo. Pero con muchísimos minutos de cordura, tantos, que no sé si son el camino a seguir o más bien lo contrario. Si se apuesta por la locura, quizá convenga llevar dicha apuesta hasta el extremo. Habrá que ir viendo cómo se acostumbra España a la élite.

Porque el caso es que España abandonó dicha élite durante ocho largos años en los que se borró del mapa. Desde 2012, la selección no solo ganaba muy poco sino que aburría a las ovejas, todo el rato con esa sensación de estar haciendo algo en lo que nadie cree. Había que cambiar y ese cambio lo lideró Luis Enrique. Solo por estos seis meses ya debería haberse ganado un lugar en nuestros corazones. Nos lo hemos pasado en grande. En cosa de un año, iremos a Catar a ver qué pasa... y ni siquiera sabemos con quién iremos porque Luis Enrique es así: voluble. Y en la volubilidad hay que quererle. O no quererle en absoluto, por supuesto. Ahí cada uno que corra su riesgo. 

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