Los selfies como plaga mortal del siglo XXI

Una turista se toma un selfie en un volcán en Etiopía. Getty Images.

Hoy en día, la popularidad se mide a base de pulgares hacia arriba, emoticonos de felicidad y corazones. Cuantos más se acumulen, mejor. Es así como florecen los egos, a través de una continua monitorización de las opiniones y gustos de los demás hacia nosotros. El deseo de agradar incrementa y son golosinas para las millones de personas que dedican entre dos horas y media y cinco horas pegadas a las redes sociales, según datos de PEW Research. Incrementan también las expectativas y cuando éstas no se cumplen ese ego se debilita. La imagen lo es todo y cada vez hay menos límites para conseguir gustar en una cultura que se torna en peligrosa en el momento en que se adopta una postura para muchos inverosímil: la de equivocar las prioridades y arriesgar la vida por un selfie antes que pasar desapercibido.

Los números de accidentes para conseguir la foto perfecta son demoledores cuando los vemos en perspectiva. Es preocupante pensar que en menos de seis años se han registrado los fallecimientos de al menos 306 personas en el mundo por llevar a cabo con un celular ese deseo de agradar a los demás o mostrar una imagen que pretende ser exclusiva, con un encuadre arriesgado y diferente. Sobre todo porque son fallecimientos que nacen de unas sensaciones nocivas como la obsesión por la popularidad y el culto a la imagen. Además de las muertes, las cifra de heridos se cuentan en decenas de miles.

Un hombre se hace un selfie en una nube tóxica en la India. Getty Images.

La última víctima registrada en esta plaga tenía 22 años de edad y cayó desde una altura de 12 metros por hacerse la foto perfecta el 14 de abril. La joven estudiaba Periodismo en la Universidad de Fordham, en Nueva York y según los testigos, antes de perder el balance se encontraba realizando posts para Instagram con el fin de mostrar las vistas de la ciudad estadounidense. Dos semanas antes, un turista de Hong Kong cayó al vacío en el Gran Cañón por culpa de una foto, y a principios de marzo,una mujer fue atacada por un jaguar en un zoo de Arizona. También perdió la vida por hacerse el selfie ‘perfecto’.

El mayor desastre jamás registrado en este sentido sucedió en la India, que además es el país en el que se registra un mayor número de víctimas. En julio de 2017, 48 personas perdieron la vida porque se acercaron demasiado a una panadería que estaba en llamas con el objetivo de retratarse. Según varios reportes locales, ignoraron las llamadas de atención que les rogaban que se alejaran de la zona. El edificio colapsó y afectó a casi medio centenar de personas.

Es precisamente en la India donde más víctimas se registran de la plaga de los selfies, concretamente alrededor de la mitad de las cifras globales se han producido en un país donde aparentar es parte de la cultura y si es a través de imágenes, mejor. Las causas más comunes de este tipo de fallecimientos son por ahogamiento, por haber sido atropellados por un tren o un coche, o por caídas de puntos altos.

Una chica se hace un selfie en Rumanía. Getty Images.

Es tal el grado de peligro que se han colocado carteles prohibiendo el uso de selfies con el fin de evitar aumentar unas estadísticas en las que figuran que entre 2011 y 2017, 70 personas murieron ahogadas por culpa de los selfies, alrededor de 50 por culpa de atropellos y otras tantas por caídas.

La raíz de estos comportamientos se puede describir de varias maneras según los psicólogos. Palabras como narcisismo (deseo excesivo de ser admirado por los demás), psicopatía (impulsividad y falta de empatía) o el tratarse a sí mismo como un objeto son algunas de las que más afloran a la hora de comprender este tipo de actitudes en las que se pierde la perspectiva de lo que o no peligroso. Son precisamente esos conceptos los que más se perciben en las nuevas (y no tan nuevas) generaciones a la hora de usar las redes sociales. La línea entre la prohibición y la educación aún sigue siendo irreconocible en una sociedad que aún va dando palos de ciego para adaptarse a un mundo de la tecnología, y sus consecuencias en los seres humanos, que crece a un ritmo vertiginoso.