Los científicos están convencidos de que los árboles se comunican y los humanos podemos comprender su lenguaje

Es de sabiduría popular que, en casas y jardines, el cultivo de flores y otras plantas se beneficia de una práctica singular: hablarle o cantarle a los miembros del reino vegetal ayuda a que crezcan y florezcan mejor. Sea una superstición, una afán sentimental o un efecto real y específico, que las personas traten de acercase y hasta comunicarse con las plantas que enaltecen sus hogares es una práctica frecuente.

Pero en paralelo a ello, diversos científicos –del ámbito de la ecología, la botánica y los estudios forestales– sostienen que los árboles, por ejemplo, tienen forma de comunicarse entre ellos y se encuentran en constante interrelación en los bosques, incluso entre ejemplares de especies distintas. Y, como se relata en Quartz, es un lenguaje que los seres humanos podrían entender.

No para entablar una charla sobre el tópico de moda pero sí para ahondar la comprensión sobre la íntima vinculación de las especies y los ecosistemas entre sí y para propiciar el respeto al entorno natural y la supervivencia común.

Los árboles y los bosques tienen mecanismos en los que comparten información útil para la supervivencia, un singular lenguaje en red cuya compensión ayudaría a la preservación de la naturaleza. (Xinhua)

Ciertamente, no se trata de un idioma basado en terminologías, palabras y definiciones sino algo mucho más hondo, que en principio partiría de dos conceptos. Que en un bosque, sea de clima tropical, templado o frío, los árboles se encuentran interconectados y en ese sentido tienen interacciones entre sí. Y que todo allí se encuentra en profundo contacto con el resto del entorno y no existe, como en el caso de los humanos que viven en contextos urbanos, una noción de individualidad sino que árboles y otras especies tienen una relación íntima que, en ese sentido, las interconecta en una red viviente.

Por ejemplo, investigadores citados en Quartz que han investigado los grandes bosques de Norteamérica, señalan que existen inmensas redes subterráneas de hongos que vinculan a las raíces de los árboles entre sí. Árboles y hongos, se indica, intercambian sustancias químicas, realizan interacciones con nutrientes y agua e incluso logran ampliar sus redes ecológicas mediante el envío de semillas a largas distancias usando como portadores al viento y a animales.

Ciertamente, comentan los expertos, esa interacción tiene similitudes con las redes neuronales y las redes sociales, en el sentido de que existe una constante interacción y colaboración entre las partes de la red.

Por ejemplo, como relató hace algunos años la BBC, esas redes de hongos imbricados con las raíces de los árboles en un bosque constituyen una suerte de ‘internet forestal’ que permite enviarse información, compartir nutrientes, propiciar el crecimiento común e incluso contener al avance de otras especies mediante la liberación de sustancias tóxicas. Así, en efecto existe una forma de comunicación electroquímica, se afirma, en el conjunto de los ecosistemas forestales.

Investigaciones de la ecóloga Suzzane Simard, según ella misma contó en una conferencia Ted citada por Quartz, mostraron que en efecto los árboles en un bosque intercambian carbono entre ellos, fenómeno que ella midió al usar isótopos de carbono radioactivo: tras aplicar un isótopo de ese carbono a un cierto árbol de una especie pudo constatar que, después de poco tiempo, éste fluyó hacia otros árboles cercanos.  Eso mostró que las diferentes especies de árboles allí son interdependientes y sus relaciones implicarían, a la vez, una suerte de comunicación.

Un bosque, aunque sus árboles se encuentren firmemente anclados en el suelo, no es estático. Es un entorno dinámico que tiene una comunicación –un intercambio activo de información– que redunda en el beneficio mutuo de sus componentes.

Algunos incluso han hallado señales de asistencia de un árbol a otro, como un caso en el que un investigador vio un centenario árbol sin hojas que se mantenía vivo, posiblemente, porque los otros árboles cercanos le proporcionaban una alternativa de nutrición a través de sus raíces.

Bajo tierra, una red de hongos entrelazados con las raíces de los árboles permite que entre ellos se realice una suerte de comunicación electroquímica, que incluye compartir nutrientes y propiciar la supervivencia común, según estudios. (Yahoo/Masters of Landscape Photography)

Esas interconexiones serían las que le permitirían a unos árboles detectar un desbalance en otro y “actuar” para compensarlo. Puede sonar extraño e incluso absurdo que árboles y otras especies que comparten el ecosistema tengan esa capacidad, pero entre los científicos dedicados a estudiar la dinámica de los bosques existe la convicción de que en efecto existen esas interrelaciones y que el bosque es una suerte de ser vivo colectivo.

Comprender mejor ese lenguaje, esa interacción, ayudaría no solo a preservar los ecosistemas sino a permitir una mejor relación entre las sociedades humanas y el entorno ecológico viviente, en el entendido de que los bosques son clave para la supervivencia en general al ser productores de oxígeno, reguladores del clima y del agua y proveedores de recursos clave para la economía.

Así, el lenguaje de los árboles es una suerte de flujo vital que, si es mejor entendido por las personas, puede permitir mejores prácticas forestales, una preservación y apreciación mayor de los bosques y, sobre todo, mostrar que los seres humanos son parte de un entorno vivo y dinámico, hondamente interconectado e interdependiente, del que depende la supervivencia común.

Ese lenguaje no es el de términos desplegados en un diccionario y enhebrados con una gramática y una fonética específicas. Es el habla misma de la vida que comparte información entre sí, reacciona y actúa ante ella y busca la supervivencia común.

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