La herencia de Mandela agoniza en Sudáfrica

El 11 de febrero de 1990 Nelson Mandela, el prisionero 466/64, salía de la cárcel tras 27 años encerrado y empezaba una nueva Sudáfrica, que quería dejar atrás el racismo del apartheid. Cuatro años después Madiba llegaba a la presidencia del país en el que era el primer triunfo de su partido, el Congreso Nacional Africano (ANC en sus siglas en inglés), gracias a que por fin existía el voto universal e igualitario. Entre sus principales retos estaba la reconciliación nacional, la lucha contra las altas tasas de VIH en el país, una sanidad y una educación sólidas o combatir el desempleo.

Hoy, ya han pasado más de dos décadas y Sudáfrica sigue enfrentando desafíos muy importantes, algunos nuevos. La gestión del ANC ha sido muy criticada e incluso una de las nietas del gran héroe del país, Ndileka Mandela, ya ha asegurado que no volverá a votar al partido.

Nelson Mandela (REUTERS).

Hace apenas cinco meses, el presidente Jacob Zuma (2009-2018) se vio obligado a dimitir por las casi 800 acusaciones que pesaban contra él por corrupción, relativas a contratos de armas de finales de los 90 o las investigaciones por haber usado al Estado para favorecer a empresarios afines con concesiones públicas millonarias.

Estos escándalos han aumentado la percepción negativa que tienen los sudafricanos sobre el partido que hace décadas fue el gran luchador por la libertad, pero que ahora en el poder se ha convertido en fuente de controversias. Su sucesor en el cargo ha sido su vicepresidente, Cyril Ramaphosa, la última esperanza del ANC para evitar el desplome en las elecciones y dejar el poder tras más de dos décadas en él.

Sudáfrica es uno de los países del mundo con una tasa de desempleo más alta. Se ha situado por encima del 25% en los últimos años y a principios de 2018 estaba en el 26,7%. Pese a la falta evidente de empleo, el país hace frente a llegadas de inmigrantes de países de la región como Mozambique o Angola, lo que ha provocado mucha conflictividad social en un país habituado a la criminalidad (se estima que se producen unos 50 asesinatos al día y 3.600 mujeres sufren algún tipo de abuso). La percepción de que los extranjeros llegan para robar el trabajo cada vez está más extendida y con frecuencia se producen disturbios.

Mandela luchó por conseguir la reconciliación nacional y en cierta manera lo consiguió, pero lo cierto es que la desigualdad sigue estando presente y es muy evidente. Los blancos (apenas el 10% de la población) siguen teniendo mucho poder político y económico, ya que controlan el 60% del capital y junto a ellos se ha instalado una élite negra que en las dos últimas décadas se ha lucrado enormemente. Más allá de ellos, una enorme cantidad de población (aproximadamente el 55,5% según datos de 2015) vive en la pobreza y muchos barrios siguen estando segregados entre blancos, negros, mestizos e inmigrantes. Así, los avances que Madiba consiguió se han quedado a medias.

Ramaphosa, actual presidente de Sudáfrica (REUTERS).

Además Sudáfrica tiene el dudoso honor de ser el país del mundo con un mayor número de casos de VIH, con la friolera de más de 7 millones de personas infectadas (cerca de un 19%). En este sentido, buena parte de culpa la tienen los expresidentes Thabo Mbeki (1999-2008) y Zuma y sus nefastas campañas para combatir la enfermedad. De hecho, el primero negó que el virus VIH causara el sida, a pesar de los diversos estudios científicos que lo probaban y popularizó un remedio a base de limón, remolacha, ajo y aceite como cura que evidentemente no tuvo ningún efecto. Al no permitir el tratamiento con antirretrovirales, muchas personas terminaron falleciendo en el país.

Es cierto que se han producido algunos avances en las dos últimas décadas, especialmente en derechos sociales, pero lo cierto es que los sucesores de Mandela han gobernado de manera nefasta y la corrupción y los privilegios de unos pocos han provocado el hartazgo de una mayoría que se ilusionó con la llegada al poder del héroe por la libertad, pero que ha terminado decepcionada con un partido que les ha traicionado.