Los ingenieros, los historiadores y las amas de casa de Ucrania mantienen en vilo a Putin

Mariia Stalinska, una soldado ucraniana, con una placa que le hicieron sus hijos. (Emile Ducke para The New York Times).
Mariia Stalinska, una soldado ucraniana, con una placa que le hicieron sus hijos. (Emile Ducke para The New York Times).

CON MÁQUINAS DE COSER Y TELÉFONOS INTELIGENTES, LOS UCRANIANOS COMBATEN A LOS AGRESORES RUSOS.

ODESA, Ucrania — Tratándose de torniquetes, no se puede economizar. Estos dispositivos que salvan la vida, utilizados para detener la pérdida de sangre en una extremidad lesionada y evitar que una persona se desangre y muera, tienen que ser cien por ciento confiables: con una franja de velcro sólida y bastante larga para que dé la vuelta al muslo, una vara o varilla fuerte para tensar y un mecanismo resistente que la asegure en su lugar. Un buen torniquete cuesta entre 20 y 30 dólares y los mejores se hacen en Estados Unidos. Como sucede con muchos otros productos, los comerciantes chinos venden varias copias, algo tan sencillo como una cuerda y una varilla es susceptible de replicarse en una versión pirata. Las copias chinas, peor que inútiles, son lo peor que puede suceder cuando se rompen en las manos torpes y temblorosas de una persona con una hemorragia.

Quizá no se hable mucho del tema de los torniquetes en las reuniones de alto nivel donde los generales del Ejército y los políticos hablan de la entrega de HIMARS, Bradleys y Patriots, pero la naturaleza de la guerra en Ucrania hace de los torniquetes un artículo de primera necesidad: esta guerra se pelea a distancia, con misiles que se lanzan desde tierra, mar o aire, y bombas que caen desde aviones o drones. Las heridas por metralla o escombros son cada vez más frecuentes que los impactos directos de bala.

En los primeros días de la invasión rusa de Ucrania, los torniquetes eran difíciles de encontrar. Los soldados ucranianos que defendían su país a menudo tenían que conformarse con las cámaras negras de los neumáticos de bicicleta o dispositivos similares. Ahora la mayoría dispone del “torniquete de aplicación en combate”, importado y de alta calidad. Sin embargo, en lo que respecta a muchos otros artículos necesarios para la defensa de su país, los ucranianos han encontrado soluciones locales. Esto ha sido en gran parte gracias a un ejército de civiles que se hacen llamar “volonteri”, voluntarios. Estas personas pueden o no formar parte de alguna organización no gubernamental local, pero saben que su país los necesita y han respondido al llamado.

Un ejemplo de la barbarie de esta guerra es que Rusia ataca edificios civiles como hospitales, escuelas, jardines de niños, teatros y centros culturales. En fechas recientes, los ataques rusos se han concentrado en la red eléctrica de Ucrania y el resto de las infraestructuras del país. Así que es natural que los civiles participen de forma tan activa en la defensa de su patria. Estos patriotas (un apoyo vital para el dedicado y valiente Ejército) fueron la mayor sorpresa para Vladimir Putin, que pensaba que su toma del poder sería fácil, por no decir bienvenida. Le molestan tanto como los sistemas de misiles Patriot que Estados Unidos anunció que enviaría a Ucrania. Tanto los patriotas como los Patriots defenderán a Ucrania, aunque el presidente de Rusia diga que ambos constituyen una amenaza para su país. Pero el presidente de Rusia dice muchas cosas.

Poco después de iniciado el conflicto, los volonteri centraron sus esfuerzos en detener el avance ruso y proteger los pueblos ucranianos. Esto ocurrió en Odesa y en todo el territorio: las vías del tren se cortaron en pedazos y se soldaron para formar una barrera antitanque conocida como erizo. Partes enteras de la ciudad estaban cubiertas de estos artefactos; ahora son menos frecuentes y a menudo se pintan de azul y amarillo en honor a la bandera ucraniana.

Durante la primera semana de la invasión, los civiles se prepararon para enfrentarse directamente a los agresores y ucranianos de todos los estratos sociales se lanzaron con frenesí a la fabricación de cócteles molotov. Sin embargo, esas armas incendiarias improvisadas no sirvieron de mucho en una guerra en la que los agresores rusos rara vez están lo bastante cerca como para recibir el impacto de un cóctel molotov.

Tras la invasión rusa, la empresa de moda ucraniana Framiore comenzó a producir bolsas de dormir y otros suministros que se envían a los soldados ucranianos.  (Emile Ducke para The New York Times).
Tras la invasión rusa, la empresa de moda ucraniana Framiore comenzó a producir bolsas de dormir y otros suministros que se envían a los soldados ucranianos. (Emile Ducke para The New York Times).

Los voluntarios aprendieron sobre la marcha, por ensayo y error. Por ejemplo, el equipo de protección: los soldados ucranianos llevan ahora chalecos antibalas, pero no siempre fue así. Poco después de la invasión, la comunidad empresarial de Odesa empezó a comprar chalecos antibalas por internet, sobre todo de Turquía y China, pero (sin experiencia previa en guerras terrestres) estos proveedores de equipo militar ad hoc optaron por el tipo de chaleco más fácil de conseguir que suele llevar la policía, que protege contra escopetas pero no contra armas más pesadas.

La noche previa a la invasión rusa a gran escala, el 24 de febrero, Nikolay Viknyanski, un fabricante de muebles de Odesa, convocó una reunión de empresarios locales para conseguir su apoyo civil al esfuerzo militar. Como resultado, un operador de logística marítima llamado Oleksandr Yakovenko unió fuerzas con algunos otros —el gerente de un banco, un contratista de la compañía metalúrgica Azovstal y el propietario de una cadena de restaurantes— y en poco tiempo aparecieron los chalecos antibalas con la leyenda “Hecho en Ucrania”.

En febrero, los chalecos antibalas se seguían improvisando con lo que había al alcance. Aleksandr Babich, un historiador que trabajaba como guía turístico antes de la guerra, recibía chalecos de hombre equipados con trozos recortados de rejas de arado con la esperanza de que sirvieran de placas antibalas. Al principio, algunos de estos chalecos antibalas caseros tenían las placas metálicas al descubierto, sin nada que amortiguara el impacto; algunos soldados que los llevaban resultaron heridos. Pronto se encontró una solución: las correas de transmisión, cortadas en trozos, de los cargadores de grano del puerto de Odesa resultaron ser el amortiguador de goma idóneo. La placa metálica y el amortiguador de goma se unían con cinta de embalaje, pero el conjunto se veía bastante bien.

Ahora los chalecos antibalas se fabrican localmente y los chalecos que llevan las placas (tanto en la parte delantera como en la trasera) se cosen con tejido no inflamable de aspecto profesional color caqui, de camuflaje o con “estampado pixelado”. Estos chalecos están cubiertos de bolsillos y bolsas, para torniquetes y todo lo demás que un soldado necesita llevar. El trabajo de costura podría ser más pulcro, pero muchas mujeres, sobre todo las madres, que eran las que tenían más experiencia con aguja e hilo, abandonaron Ucrania con sus hijos al principio de la guerra, por lo que los talleres carecen de personal diestro.

Otro artículo importante de equipo militar que se encomendó a los volonteri fue el periscopio, que los soldados utilizan para observar el terreno desde las trincheras y encubierto. Los primeros se hicieron en impresoras 3D, pero se trataba de un proceso caro y lento, y solo se fabricaban cinco al día. Pronto se encontró un sustituto de baja tecnología: una tubería de agua, dos espejos en cada extremo de la tubería colocados en paralelo en un ángulo de 45 grados y listo.

Igor Yakovenko, un ingeniero que produjo 3000 periscopios, creó otro artículo de equipamiento para enfrentar otro problema que tenían los soldados ucranianos: el frío. La embestida rusa comenzó durante los días más fríos del invierno, por lo que era urgente contar con un sistema de calefacción para los soldados desplegados en el campo de batalla. Yakovenko empezó a fabricar estufas portátiles que creaba al soldar dos tanques de gas vacíos de la parte trasera de los refrigeradores (curiosamente siempre vienen en colores pastel: azul, verde, rosa o naranja claros), con un tubo de metal y una puerta con bisagras para meter la leña. El invierno pasado, estos artilugios, conocidos como “bourzhuyki” (“burgueses”, por su aspecto barrigón), los utilizaban los soldados sobre el terreno, pero desde octubre, cuando los ataques rusos contra la red eléctrica se hicieron más frecuentes, toda Ucrania empezó a vivir “en el campo de batalla”.

Durante las largas horas que pasan en los refugios antibombas, las mujeres tejen retazos de tela para crear redes de camuflaje, que se utilizan para cubrir tanques, otros vehículos y a los soldados. La versión ucraniana de los trajes ‘ghillie’ —camuflaje de cuerpo completo diseñado para que los soldados se mimeticen con los arbustos, los árboles y la hierba a su alrededor— es bastante sofisticada. Pero quienes más los usan son los francotiradores, por lo que no se utilizan con frecuencia.

Los soldados ucranianos parecen un grupo variopinto debido a la variada procedencia de sus uniformes; los grupos de voluntarios locales que recaudan dinero para adquirir equipo compran los uniformes que pueden —por lo menos se utiliza una docena de modelos extranjeros— siempre que los colores no sean demasiado parecidos a los utilizados por los rusos. Para evitar confusiones, los soldados ucranianos exhiben una gran tira de cinta adhesiva de colores brillantes en sus cascos, envuelta en el brazo o pegada a sus chalecos antibalas. Cambia según las órdenes de los comandantes; primero era verde, luego azul, ahora es amarilla.

Hasta las tabletas, los teléfonos inteligentes y las computadoras portátiles se han utilizado como parte de la defensa civil desde los primeros días de la guerra. Varias aplicaciones avisan de los ataques aéreos; el mensaje también aparece en la mayoría de los canales locales de Telegram. Ucrania todavía tiene un amplio acceso a internet, gracias al servicio de Starlink, creado y pagado en gran parte por SpaceX de Elon Musk. Pero tras declarar a principios de octubre (en Twitter, del que todavía no era dueño) que Crimea debería ser de Rusia y que el destino de las regiones ucranianas debería determinarse mediante nuevas “elecciones”, el propio Musk es persona non grata. Su rostro se ha tapado en las vallas publicitarias de los alrededores de Odesa, que antes manifestaba agradecimiento por su apoyo.

Los ucranianos que quieran localizar un misil, dron, helicóptero o avión y enviar sus coordenadas a la defensa aérea pueden hacerlo con la aplicación ePPO, que se basa en el mismo principio que las aplicaciones que le notificaban a la gente si había estado expuesta al COVID-19. Cuando detecta una amenaza aérea, por ejemplo, el dron kamikaze Shahed-136 de fabricación iraní apodado “el patín volador”, por el ruido que hace, el usuario selecciona en la aplicación el tipo de objeto, apunta el teléfono inteligente en la dirección de su movimiento y pulsa un botón para cargar sus coordenadas GPS. La defensa antiaérea ucraniana coteja y actualiza los datos y puede rastrear el objetivo para destruirlo.

Solo los ciudadanos ucranianos pueden instalar esta aplicación, para que los rusos y otros hampones no puedan hacer uso indebido de ella. Pero los rusos lanzan drones sobre todo de noche, por lo que la utilidad de la aplicación resultaba muy limitada. Entonces a uno de sus creadores se le ocurrió la idea de iluminar el cielo con los potentes focos que suelen utilizarse en los conciertos de rock. Veinticuatro de esos focos están en funcionamiento en Odesa, listos para encenderse al escuchar el zumbido. A principios de noviembre hubo una primicia: un dron destruido en el aire, gracias a la información proporcionada por esta herramienta operada por civiles.

Ucrania tiene muchos talentosos especialistas en informática que trabajan para piratear o contrarrestar los ataques de misiles o ciberataques rusos, y la infraestructura digital ucraniana se mantiene fuerte a pesar de los incesantes ciberataques de Rusia. Muchos expertos informáticos volvieron de trabajar en el extranjero cuando empezó la guerra; algunos de los que no pudieron hacerlo ahora trabajan como voluntarios a distancia. Mientras tanto, en tierras del invasor, los “IT-shniki” rusos comparten en la red instrucciones sobre cómo evitar la movilización y escapar de su país. Diga lo que diga la propaganda del Kremlin, esta es una prueba más de que Ucrania y Rusia son dos naciones muy diferentes.

En septiembre pasado, mientras los rusos atacaban cada vez más las infraestructuras civiles, el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski escribió en su cuenta de Telegram sobre esta diferencia entre las dos naciones y enfatizó que su pueblo nunca debía rendirse ante el agresor, ni siquiera a cambio de acceso a gas, electricidad, agua o comida. Dirigiéndose a los rusos, preguntó: “¿Aún creen que somos un solo pueblo? ¿Todavía piensan que pueden amedrentarnos, aplastarnos y doblegarnos hasta la sumisión? ¿De verdad no entienden nada? ¿Acaso no saben quiénes somos? ¿Qué defendemos? ¿Qué somos? Lean mis labios: ¿Sin gas o sin ustedes? Sin ustedes. ¿Sin luz o sin ustedes? Sin ustedes. ¿Sin agua o sin ustedes? Sin ustedes. ¿Sin comida o sin ustedes? Sin ustedes”.

Frente al infierno que los rusos intentan imponerles, los ucranianos hacen gala justo de la capacidad de resistencia a la que hizo referencia Zelenski en ese discurso. Con su ingenio y dedicación, los civiles ucranianos apoyan a sus “chicos y chicas” uniformados, como los llama Zelenski.

Mientras las fuerzas rusas permanezcan en su tierra, los ucranianos resistirán y lucharán por recuperar cada centímetro de la Ucrania ocupada. También lo harán con armas sofisticadas proporcionadas por la coalición de la OTAN y con todo tipo de artilugios fabricados localmente, porque, como dice la primera estrofa del himno nacional de Ucrania: “Ni la gloria ni la voluntad de Ucrania han muerto”. Pero esto no quiere decir que los torniquetes, los chalecos antibalas, los bourzhuyki y los periscopios vayan a dejar de utilizarse pronto.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

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