De la Independencia a la Revolución: la guerra, el peor negocio

Salvador Casanova | @CasanovaTiempo
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Columna DE TIEMPO Y CIRCUNSTANCIAS
Cuarta de cinco partes

AL REGRESAR DE TEXAS, el Gral. Santa Anna venía derrotado y deshonrado. Masacró al enemigo y, al verse perdido, antepuso la salvación de su pellejo a la del honor y firmó tratados con David G. Burnett, los tratados de Velasco, e hizo acuerdos con Andrew Jackson, el presidente estadounidense, tanto públicos como secretos. Uno de ellos extendía la frontera de Estados Unidos hasta el Río Bravo. En su entrevista con Jackson, este le manifestó su interés por la Alta California.

Cuando lo liberaron, más tardó en llegar a México que en que lo removieran de la presidencia y lo juzgaran. Después se fue a su hacienda en Manga de Clavo.

La cuestión de Texas, aunque parecía zanjada, estaba lejos de serlo. La frontera de Texas llegaba hasta el Río Nueces y los estadounidenses pretendían que llegara hasta el Bravo. En México el Congreso no reconocía la independencia texana, mientras tanto, los texanos ya tenían a su primer presidente, Samuel Houston. Houston durante mucho tiempo vivió entre los indios cherokees de Texas, los cuales, por méritos sobresalientes, lo llamaban “el Gran Borracho”. Era amigo personal de Jackson y, en la cuestión de Texas, su operador. Hombre práctico, pero de pocas luces, hacía lo que Jackson mandaba y Jackson mandó la anexión de Texas. Sin embargo, su sucesor, Martin Van Beuren, no estaba de acuerdo con la anexión y la rechazó. El segundo presidente de Texas, Mirabeau B. Lamar, le agarró gusto a la independencia y convenció a los texanos de mantenerse independientes y de extenderse hasta el Pacífico.

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Los estadounidenses ya habían cambiado de presidente, ahora John Tyler decidió impulsar la cuestión texana, pero su Congreso la rechazó y en esas estaban cuando los mexicanos decidieron gastarse la lana que no tenían y en 1842 invadieron Texas en dos ocasiones y ocuparon San Antonio. Luego se regresaron. Hay un libro titulado El arte de la guerra, que se adjudica a Sun Tzu. Ha sido el manual para muchos militares. De sus primeros enunciados hay uno que sobresale:

“La guerra es un negocio, si no hay un botín que pague con creces el gasto de mover al ejército, no entres en ella”.

¿Qué sentido tenía invadir San Antonio si no se podía conservar la posición y reclamar el territorio?

Mientras esto sucedía, los franceses nos invadieron. En marzo de 1838 llegaron con sus barcos a Veracruz con la idea de cobrar las reclamaciones de sus súbditos. El conflicto se llamó Guerra de los Pasteles, y el Congreso Mexicano convocó nada menos que a don Antonio López de Santa Anna para que se hiciera cargo de la defensa. En una escaramuza lo hirieron. La herida se agravó y le cortaron la pierna. Santa Anna, maestro del drama, se convirtió en el personaje que en aras de la patria es capaz de perder la pierna, y si se la pidieran, hasta la vida —por supuesto que esto era una comedia: ya Santa Anna había tenido la oportunidad de perder la vida antes que firmar los tratados de Velasco y la rechazó, prefiriendo sobrevivir en la comodidad de una traición.

LA INDEPENDENCIA DE TEXAS

El pueblo sabio, y afecto a las comedias, olvidó los tratados de Velasco y le perdonaron lo de Texas. A partir de ese día los apodos a su persona se multiplicaron; sus soldados fueron conocidos como los mochos y a él, entre otros motes, le pusieron el “General Cojera”, pero su estrella comenzó a brillar de nuevo.

El asunto con los franceses se arregló con la intermediación de los ingleses, y el pago de 800,000 pesos, que sumados a las pérdidas sufridas por el bloqueo del puerto daban un total de 1.8 millones de pesos. Esto equivalía al gasto de dos meses de todo el gobierno federal.

En 1845 el presidente estadounidense James K. Polk logró por fin la anexión y convirtió a Texas en un estado de Estados Unidos.

James K. Polk era un anexionista declarado y los mexicanos, temerosos de que quisiera ampliar su territorio hasta California, decidieron reconocer la independencia de Texas poco antes de que se convirtiera en un estado más de la Unión; pero, con Polk en la presidencia, la suerte de California y el territorio intermedio estaba echada.

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Santa Anna estaba desterrado en La Habana, y veía venir el conflicto desde principios de 1846. Su patológica ambición de poder y gloria le deparaba el episodio más vergonzoso de nuestra historia.

En febrero de 1846, un joven de modales melosos y aspecto hispano pidió audiencia con el presidente estadounidense. Era Alejandro Atocha, quien había colaborado con Santa Anna cuando fue presidente. Polk, sabiendo a quién representaba, lo recibió. Alejandro expuso que el Gral. Santa Anna veía con buenos ojos el tratado para establecer como límite de la frontera con México el Río Bravo —cómo no iba a verlo con buenos ojos si ese fue el límite determinado en el tratado que le firmó a Burnett cuando fue su prisionero—. A cambio de una compensación económica para sanear la hacienda mexicana, de digamos unos 30 milloncitos de dólares —no era nadie pidiendo el Gral. Cojera—. Asimismo, que el Gral. Santa Anna recomendaba que el Gral. Taylor dejara su posición en Corpus Christie y se trasladara al Río Bravo. Finalmente, Atocha garantizó el apoyo irrestricto de Santa Anna si se hacía el tratado.

Polk sopesó que con una porción del costo podía hacerse del terreno ambicionado, y envió al almirante Alex Slidell Mckenzie a entrevistarse con Santa Anna. Cuando estuvieron frente a frente, McKenzie habló primero. Definió las intenciones de Polk y Santa Anna aceptó las condiciones y le detalló un cuidadoso plan para invadir México. Conocedor del territorio y de los climas, estableció fechas y rutas para la acción militar estadounidense; y sabedor sobre todo de que, al verse en guerra, los mexicanos no tardarían el llamarlo. Slidell no daba crédito a sus oídos. El mexicano había puesto un precio y, además, le había dado la estrategia de campaña para vencer a sus compatriotas. La traición se había consumado.

Los estadounidenses se apostaron con sus regimientos a orillas del Bravo. El 24 de abril, una patrulla estadounidense fue emboscada por un batallón de lanceros al mando del Gral. Anastasio Torrejón, causando muchas bajas a la patrulla. Los yanquis se indignaron y el 13 de mayo de 1846 Estados Unidos le declaró la guerra a México.

ANIQUILARSE RECÍPROCAMENTE

En agosto, el Gral. Salas reclamó la vuelta de Santa Anna y el 14 de septiembre entró de vuelta en la Ciudad de México. Para diciembre, Santa Anna era presidente de México, y Valentín Gómez Farías, el vicepresidente. Sin embargo, cundía la sospecha de que Santa Anna tenía un arreglo secreto con los estadounidenses.

Esto debido a que Santa Anna ordenó abandonar las plazas de Tampico y Ciudad Victoria ante la proximidad del ejército invasor. El rumor se confirmó cuando el Herald de Nueva York publicó la noticia de que Santa Anna había celebrado un pacto con los estadounidenses para facilitar la invasión y que, al cabo, los mexicanos se verían obligados a negociar la paz de cualquier manera.

Santa Anna, a base de mentiras, salió del aprieto y conservó el mando de las tropas a las que puso en retirada conforme los estadounidenses avanzaron hasta llegar al Castillo de Chapultepec, en donde, por alguna coincidencia, no había el parque adecuado para la defensa de la plaza.

A fines de mayo estaba el Gral. Scott, en Puebla, con sus batallones sin haber disparado un solo tiro.

Los yanquis apretaron un poco el paso y pusieron su bandera en “el palacio de los Moctezumas”.

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El tratado de paz se firmó el 2 de febrero de 1848. México recibió, a manera de indemnización, solo 15 millones de pesos. Santa Anna pedía, por el territorio que va del Río Nueces al Río Bravo, 30 millones, y ellos terminaron pagando por el territorio del Bravo al Nueces y de Texas al Pacífico tan solo 15 millones; además, claro, de la comisión a Santa Anna. Los estadounidenses recuperaron con creces el gasto de mover a su ejército y nosotros, a duras penas, pagamos los gastos de la guerra.

México no ganó nada y al tiempo se quedó sin más de la mitad de su territorio, y todo gracias a la desidia del Congreso y de Santa Anna, pues cuando los yanquis quisieron hacer un tratado decoroso no los tomaron en cuenta, y cuando todo estaba perdido Santa Anna se embarcó en una aventura ruinosa a todas luces.

Por supuesto que mientras los estadounidenses nos invadían, los generales nacionales, muchachos inquietos, hacían guerritas civiles; en agosto Salas se había levantado para imponer a Santa Anna, en febrero, Matías de la Peña se levantó contra Santa Anna, y Paredes avanzaba hacia la ciudad para tumbar a Santa Anna.

El cónsul estadounidense Mr. Black, al ver todo esto, comentaba: “¿Qué pueden pensar las naciones extranjeras de una gente que bajo ninguna circunstancia deja de entregarse a luchas civiles para aniquilarse recíprocamente, no obstante que más de la mitad de su país se encuentra ocupado por fuerzas extranjeras y la otra mitad está a punto de correr la misma suerte?”

Mr. Black tenía razón. En una situación como esa, las fuerzas nacionales debían unirse para luchar contra el enemigo extranjero; pero la manzana estaba podrida desde el centro, el concepto de nación, extraviado, y la patria… la patria estaba hecha girones.

VAGÓN DE CABÚS

De acuerdo con la Universidad Johns Hopkins, México tiene, a causa del COVID-19, una mortalidad de 9.8 por cada 100,000 habitantes; le siguen Irán, con 5.4, e Italia, con 3.8.

El gobierno está contemplando el desastre en salud impedido de actuar, pues en su momento desarticuló los mecanismos que había para dar respuesta y la temporada de frío entra implacable. Las cantidades van a subir irremediablemente y el desastre que hoy vivimos palidecerá con lo que está en camino. Es imperioso que se implemente un programa de cubrebocas obligatorio. N

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Salvador Casanova es historiador y físico. Su vida profesional abarca la docencia, los medios de comunicación y la televisión cultural. Es autor del libro La maravillosa historia del tiempo y sus circunstancias. Los puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor.