Casi muere en Argelia por ser lesbiana y ahora va a casarse con su novia en España

Amina es una joven afortunada. Todavía sonríe cuando recuerda los sorprendentes giros que el destino le ha brindado. Nació en Argelia y estuvo a punto de morir allí. Su familia descubrió que era lesbiana y decidieron que debían matarla. “Así limpian el apellido”, narra resignada la joven, que vive hoy como refugiada en Sevilla junto a una mujer con la que se casará en diciembre. ¿Cómo? Ni siquiera ella es capaz de explicárselo. Solo sabe que ocurrió y está feliz.

Amina llegó a España en febrero de 2018. Salió de Oran y pasó por Casablanca y Nador antes de llegar a la frontera con Melilla / Fernando Ruso

Para entender esta historia hay que remontarse varios años atrás. La vida de Amina cambió súbitamente a los 21 años. Un día, después de meditarlo mucho y siendo consciente del riesgo que corría, se armó de valor y se declaró a la chica que le gustaba, una compañera de trabajo en una fábrica de flanes en Oran, al noroeste de Argelia. “Me pegó un guantazo y le dijo a mi hermano que yo era lesbiana”, recuerda.

A partir de ahí empezó un martirio con consecuencias que en su momento se escapaban a su entendimiento. “A mi hermano y a mí nos gustaba la misma chica, de hecho, yo se la presenté; y cuando llegué a casa, me dio una paliza brutal”. La noticia se fue extendiendo al resto de la familia, a los siete hermanos y a sus padres. “Yo lo negaba, y negaba”, advierte. Entonces su madre le ordenó irse a casa de su hermano mayor.

A solas con él, Amina soportó el interrogatorio mostrándose férrea. Negaba una y otra vez que fuese lesbiana. Y casi llegó a convencer a su hermano. No contaba la joven con que de entre sus pocas pertenencias diesen con el diario en el que la argelina contaba aquello que jamás había confiado a nadie. Nada más leerlo, el primogénito de la familia llamó a su madre: “Mamá, tenemos su diario y está mintiendo”.

Amina no sabe si pasaron minutos, horas o segundos desde que la conversación entre su madre y su hermano finalizara. Sí recuerda la angustia cuando, todavía nerviosa por las tajantes evidencias halladas en su equipaje, la joven oyó a su hermano los planes que éste tenía para ella: “Vamos a matarla”.

Matar para limpiar el apellido

Una mujer, en Argelia, es una vergüenza para la familia, porque siempre se espera que haga algo malo. La cultura, la mentalidad, es así en mi país. La mujer es la vergüenza de la familia. Y si eres lesbiana, eres aún peor”, explica Amina.

—Cuando hablas de matar, ¿es literalmente?

—Literalmente. Dicen que así limpian el apellido de la familia. La ley no lo permite, pero ellos aceptan entrar en la cárcel con tal de limpiar el apellido.

La homosexualidad no existe en Argelia. Se oculta o se sufren las consecuencias. “A los gais les dan palizas por las calles, todos le pegan —apunta Amina—; y lo graban para subirlo a las redes sociales pavoneándose orgullosos de pegarle a una persona homosexual”. “Mujeres no hay. O no se ven. Porque de saberse su condición, las matarían”, zanja.

Secuestrada por su familia, Amina trató de suicidarse sin éxito. Foto Fernando Ruso

Amina supo que era lesbiana en la adolescencia y se enfrentó a la falta de referentes que naturalizasen su condición sexual. “No sabía lo que me pasaba, esa atracción por las mujeres. Ese autodescubrimiento es muy chocante. Pensaba que jamás viviría la vida que quería”, asegura la argelina.

A la mañana siguiente de conocer las macabras intenciones que su hermano tenía para ella, Amina fue llevada hasta la casa de su madre. Ambas hablaron a solas. “Le dije: “Podéis hacer conmigo cualquier cosa, pero no quiero volver a casa de mi hermano mayor porque quiere matarme. Mi madre respondió: “Tú te lo mereces”. Pero ahí no acabó todo”, recuerda.

Su familia le puso unas estrictas reglas de obligado cumplimiento. Nada de teléfono móvil y nada de salir de casa. Estaba secuestrada. “Y traté de quitarme la vida”, narra tocándose con la mano la cicatriz que todavía hoy es visible en su antebrazo izquierdo.

La huida que le salvó la vida

Cogí el cuchillo y me corté las venas. Al ver la sangre, mi madre me llevó al hospital. Y a partir de ahí me dejaron salir a la calle y trabajar, eso sí, siempre debía estar controlada”, explica. “Volví al trabajo, o eso creyeron —explica pícara Amina—; cogí dinero, una bolsa pequeña, pillé un taxi y me fui a Argel”.

No la encontraron hasta seis meses después. En Argel trabajaba de sol a sol en jornadas sin descanso. Vivía y trabajaba en el mismo edificio junto a once empleados más. En la planta de arriba estaban las habitaciones, en la de abajo la zona industrial. El horario: de tres de la mañana a nueve de la noche. Y todo por apenas 22 euros por jornada. “Lo peor del trabajo era que no tenía vida; lo mejor, que la vida que tenía estaba lejos de mi familia”, razona Amina.

La añoranza la hizo coger un día el teléfono y llamar a su familia para saber cómo estaba su madre. “Me dijeron que mi madre se estaba muriendo por mi huida; que volviese a casa, y volví, aunque solo de visita”, puntualiza.

Así estuvo varios años. Siempre negando su condición de lesbiana. Sus hermanas se fueron casando añadiendo con cada boda más presión sobre la conciencia de la joven Amina. “Me ofrecían hombres, pero siempre los rechazaba —recuerda—; hasta que volvieron a resurgir las dudas y me vi obligada a casarme”.

El hermano de Amina planeaba asesinarla tras descubrir su condición de lesbiana / Fernando Ruso

Se casó en 2017. En la boda solo estuvieron presentes las familias y el imán que ofició la ceremonia bajo los preceptos del islam. No hubo celebración. “Se hizo para guardar las apariencias”, explica. Él era un mujeriego que seguía manteniendo amoríos fuera del matrimonio y ella, encantada por la coartada, se alegraba cuando su marido llegaba aliviado a casa. Convivieron juntos seis meses en Argelia.

—¿No te asustaba tener que mantener relaciones sexuales con un hombre?

—Pensaba que no podía vivir otra vida más que esa. Que debía tener familia e hijos y debía olvidar aquello que tenía dentro. Tenía que aceptar esa vida, no tenía más opciones.

—¿Cómo fueron esas relaciones?

—Lo hacía por obligación. Era su mujer, debía someterme.

Él nunca sospechó nada. O al menos eso cree Amina. La vida siguió con el mismo trajín hasta que unos problemas en los negocios de él lo abocaron a irse del país. Ella siempre vio con buenos ojos la opción de marcharse y apretó todo lo que pudo para que el matrimonio hiciera las maletas. Tomada la decisión, él vendió el coche y ella las pocas joyas de valor que había conseguido reunir.

Sola en España, el sueño que jamás imaginó

El plan estaba claro. Primero iría ella; luego, él. Y sola se lanzó a un viaje con destino a España. Avión de Oran a Casablanca, en Marruecos. En coche iría a Nador y de ahí, después de pasar una noche en un hotel, atravesaría la frontera con Melilla con un pasaporte falso. “Compré un pasaporte de una chica marroquí que se parecía a ella”, explica.

Pagó 450 euros. “Me maquillé como ella. Estaba muy nerviosa. Me levanté a las cinco de la mañana. Un chico de Túnez me ayudó a orientarme para saber qué debía hacer en la frontera”, confiesa. Entró a las nueve de la mañana del 28 de febrero de 2017 en Melilla.

“Al entrar me fui para la Policía. Dije que quería entrar en el CITE”, explica. Le tomaron las huellas y le autorizaron quedarse en el servicio de atención a inmigrantes. “Mi marido llegó un mes después, pero a él lo devolvieron a Argelia después de pasar unos días en Murcia. Fue 3 de mayo. No lo he vuelto a ver desde que salí de mi país”, narra Amina. La joven ríe. “El destino”, concluye.

Él le pidió el divorcio. Todavía lo narra contenta. “Era la libertad”, justifica. “El destino lo ha hecho todo. He tenido mucha suerte”, valora Amina. Su cara es ya de completa alegría, nada que ver con la que tenía poco antes, cuando narraba su vida como mujer casada.

Amina no se llama Amina. Su nombre permanece oculto. También su rostro. No quiere que su familia sepa que ahora es feliz llevando la vida que quiere, lejos del yugo de la religión y de la homófoba mentalidad argelina en la que se crio.

En España, gracias a la amistad que entabló con una técnica de integración de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), consiguió verbalizar que era lesbiana. Entre unos y otros la convencieron de que estaba ya a salvo, que podía expresarse libremente.

“Todavía a día de hoy me da vergüenza que soy lesbiana”, confiesa Amina. “Llevo 34 años negándolo”, argumenta. “Llegué a España con hiyab y en pleno Ramadam, porque soy religiosa. Era. Ahora lo soy, pero más moderada. Es algo cultural. Aquí no pueden hacerme nada si voy sin hiyab, pero mi familia no sabe nada de que tengo una relación de pareja con una chica desde diciembre de 2018 y el próximo diciembre me voy a casar”, narra con viveza la joven argelina, solicitante de protección internacional en España y vecina del barrio sevillano de Triana, donde vive con su novia.

Amina hablando con Violeta Parladé, técnica de integración en CEAR Sevilla. Foto Fernando Ruso

Una nueva vida plena, con novia y boda próxima

Vive una relación normal, pese a las diferencias culturales. Todavía le cuesta ir de la mano con su novia por la calle. También las caricias en público. Sobre todo, si hay árabes, que se cohíbe. “Es solo oír hablar árabe y no hay contacto —afirma ruborizada—; ella me entiende, me dice que no debo reprimirme”.

Tengo todavía esa sensación de estar haciendo algo malo, y viene de la religión —narra Amina—; pero Dios dice que puede perdonarnos de todo, lo que Dios no perdona es cuando hacemos algo malo a otra persona, y yo estoy estoy haciendo nada malo a nadie, solo vivo mi vida y estoy segura de que Dios me va a perdonar”.

Violeta Parladé, unas de las personas de CEAR que la ha estado acompañando durante su proceso de adaptación en España, destaca que Amina aprendió pronto a hablar español. “Y casi sola, viendo vídeos de YouTube”, apunta. “La evolución ha sido muy rápida, ha ido empapándose de lo que ha visto y ha confiado en nosotras —relata la técnica de integración—; poco a poco empezó a ver que las piezas encajaban: deportaron al marido, en CEAR coincidió con otros refugiados gays, trans… Fue una casualidad, se hablaba de temas. Tenía que pasar, y pasó”.

Amina sigue perfeccionando el idioma, que habla con fluidez, y sigue formándose como ayudante de cocina, el paso previo para conseguir un empleo. En paralelo, sigue buscando respuesta junto a la psicóloga que la acompaña.

“Busco mucho en la religión sobre mi condición sexual”, detalla. “Muchos imanes, sobre todo los franceses, me dicen que la homosexualidad no está prohibida en el Corán —defiende Amina—; y estoy trabajando mucho para buscar argumentos en la religión para salvar a muchas mujeres que, como yo, han reprimido en silencio su sexualidad, pero ellas no van a tener la suerte que he tenido yo”.

Amina todavía tiene sueños en los que está en Argelia. “Pero me levanto y sé que estoy aquí, que soy feliz viviendo la vida que me gusta”, sonríe.

¿Te gustaría volver a Argelia?

—Nunca, quizá de visita. Porque todavía tengo miedo.

—¿Sigues teniendo miedo?

—De perder a mi madre, sí; pero no a lo que me puedan hacer, porque no pueden hacerme nada. Aquí estoy lejos y segura.