Guerra Rusia-Ucrania. El regreso a Odessa aún bajo el fuego de la ofensiva rusa: “Es muy terrible y peligroso”

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Iliana y Natalia, en Odessa, dialogaron con LA NACION
Elisabetta Piqué

ODESSA, Ucrania.- Lo más impactante es el silencio. El viaje de regreso a casa para los 46 pasajeros del ómnibus que de Chisinau, en Moldavia, lleva a Odessa -la reina del Mar Negro, bajo ataque ruso desde hace más de dos meses- no puede ser bullicioso.

Es verdad, el ómnibus sale desde la capital moldava muy temprano a la mañana, son casi las siete y es normal que ninguno de los muchos chicos que se ven esté animado. Pero igual el silencio impacta. No hay risitas entre hermanitos, no hay juegos, no hay bromas. Y el viaje de regreso a casa es el de personas con rostros desencajados, que saben que vuelven a un lugar que no es lo que era porque ha habido demasiada muerte y demasiada destrucción.

Entre los 46 pasajeros que vuelven a Odessa, nadie vuelve para quedarse. Como la guerra no terminó, es más, empeoró, la mayoría vuelve para hacer trámites, para ver parientes, ajustar algún negocio y volver a irse.

“¿Cómo me siento al volver a Odessa después de dos meses? Mi mamá está sola ahora y tengo que volver. Ahora es muy, muy peligroso. Es muy terrible y peligroso, pero tengo que volver. No sé. Siento miedo, miedo”, dice a LA NACION Natalia, en la primera parada que el ómnibus hace a las 9 de la mañana para que la gente pueda tomarse algo de desayuno e ir al baño.

Es muy terrible y peligroso, pero tengo que volver. No sé. Siento miedo, miedo”, dijo a LA NACION Natalia
Elisabetta Piqué


Es muy terrible y peligroso, pero tengo que volver. No sé. Siento miedo, miedo”, dijo a LA NACION Natalia (Elisabetta Piqué/Roma, Italia)

Llovizna, es una jornada gris, acorde a los sentimientos de todos, y Natalia, 51 años, pelo largo rubio, aprovecha la parada para fumar nerviosamente un cigarrillo electrónico al lado del colectivo. Peluquera que vivía apaciblemente en Odessa, el 24 de febrero pasado, cuando Vladimir Putin comenzó su “operación especial” que ahora se teme degenere en una “guerra total” y trastocó la vida de los más de 40 millones de habitantes de Ucrania, Natalia reaccionó rápido.

“Ese mismo día, junto a mi hijo, que tiene 28 años, agarramos el auto y nos fuimos. Solo ese primer día dejaron que los hombres mayores de 18 cruzaran la frontera. Después, nunca más. Yo no quería que fuera a combatir y, junto a su novia, una amiga mía, Iliana, su hija de 12 años y otros amigos, éramos siete, agarramos el auto y nos fuimos”, cuenta, sin disimular un temblor en los labios.

Entonces la frontera entre Ucrania y Moldavia estaba colapsada, había kilómetros y kilómetros de autos en fila huyendo y tardaron cincuenta horas para realizar el trayecto Odessa-Chinisau, una distancia de 180 kilómetros que, en el ómnibus, entre los controles fronterizos y demás paradas, finalmente hicimos en cinco horas.

“Después dormimos en Chisinau, donde una familia nos hospedó en una casa y seguimos viaje hasta Rumania, donde también nos recibieron y veinticuatro horas más tarde estábamos en Viena”, cuenta. Allí, en la capital austríaca, vivió hasta ahora Natalia, que se vio obligada a volver a Odessa, no para quedarse, sino para visitar a su madre que, como tiene problemas de salud en las piernas y en los pies, no puede moverse. “Se la pasa llorando, no sé qué voy a hacer con ella”, contesta Natalia con ojos desesperados cuando le pregunto cómo está su mamá, que vive en las afueras de Odessa, tiene 75 años y se llama Olga.

En el frente

Como todos los hombres ucranianos que se han quedado en su patria, su exmarido está en el frente, combatiendo en la región de Kherson, como se llama la única ciudad grande tomada por los rusos, que queda unos 200 kilómetros al este de esta ciudad portuaria asustada y semivacía. “Con él nos mandamos mensajes que son terribles porque dice que «está todo bien» pero es claro que no está todo bien y que la situación es infernal”, dice Natalia, que detalla también su hermano, que se encuentra en el frente, suele decir lo mismo, que está todo bien. “Los soldados no pueden decir la verdad”, dispara.

El chofer prende los motores, señal de que hay que volver a subir al ómnibus, donde el silencio sigue siendo imponente, pese a que la gente ya pudo tomarse un café.

No soy la única outsider en el colectivo. Entre los pasajeros descubro que hay otro periodista, italiano, que es uno de los pocos que, como yo, lleva barbijo. ¿Qué puede importar el coronavirus cuando llueven misiles como está pasando en Odessa desde hace más de dos meses?

El camino hasta la “reina del Mar Negro” no es el habitual y hay que dar más vueltas porque la carretera que sería más directa y rápida pasa por el enclave prorruso de Transnistria, cuya frontera con Ucrania está cerrada desde el comienzo de la guerra.

La segunda parada es Starokozache, localidad donde se encuentra la frontera de salida moldava. No hay mucha gente y no hay que bajar del ómnibus a hacer los trámites migratorios porque sube una policía fronteriza que va pidiendo los pasaportes.

En ese momento el silencio es roto por el llanto de una mujer de campera sin mangas rosada, con dos chicos pequeños, que a los sollozos empieza a lamentar que no puede entrar a Ucrania porque el 28 de abril cambiaron las reglas y ahora para ingresar es imprescindible tener un pasaporte nuevo biométrico.

La mujer, desesperada, baja junto a sus dos chiquitos, llorando y en el ómnibus los que se quedan, hablando en voz baja, comentan el drama. “La señora estaba refugiada en Francia y estaba volviendo con los chicos porque ya no aguantaba sin su marido”, explica otra joven mujer, en inglés.

Sin autorización

También Kirill, un adolescente de 16 años de Odessa que justo estaba sentado dos filas detrás mío, que había contado que estuvo viviendo dos meses en lo de su novia en Bérgamo, cerca de Milán, Italia, es obligado a bajar y a quedarse en Moldavia. Evidentemente, siendo menor de edad, necesita estar acompañado de sus padres o de una autorización que no tiene.

El ómnibus vuelve a partir y, antes de los controles fronterizos ucranianos, hay una tercera parada: cinco minutos para quien quiera ir al baño o ir a comprar algo en un destartalado free shop donde venden perfumes, chocolates y licores moldavos.

Volvemos a subir y luego de atravesar unos mil metros de tierra de nadie, en el control ucraniano tampoco hay que bajar. Una mujer soldado vestida con uniforme mimetizado y con un kalashnikov en la espalda sube a retirar los pasaportes, mirando atenta y seriamente a cada pasajero. Nuevamente reina el silencio hasta que una voz llama al colega italiano, Roberto Bongiorni, a bajar. Como es hombre y extranjero, resulta sospechoso en el contexto actual de guerra. Cuando vuelve a subir al ómnibus me cuenta que no solo tuvo que mostrar todas sus acreditaciones del Ministerio de Defensa y demás, sino también le controlaron que tuviera en su equipaje el chaleco antibalas y el casco. Yo, mujer, pasé desapercibida.

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ED JONES


Obstáculos antitanques en las calles de Odessa. (Photo by Ed JONES / AFP) (ED JONES/)

Seguimos viaje y el paisaje es tan bucólico como el de Moldavia, con campos de colza en flor que tapizan de amarillo el horizonte, aunque se nota que las cosas cambiaron abruptamente. Aquí ya es zona de guerra y se ven trincheras cavadas en la tierra, los ya conocidos chekpoints con bloques de cemento, pilas de bolsas de arena, soldados ucranianos armados hasta los dientes, banderas amarillas y celestes ucranianas y demás carteles patrios en todos lados, además de blindados militares y los erizos checos, como se llaman los obstáculos anti-tanques que ya se utilizaban en la Segunda Guerra Mundial, formados por barras metálicas angulares.

El silencio parece aún más profundo cuando entramos a Odessa. Todos miran por la ventanilla la ciudad, que, como es mediodía y no hay toque de queda, tiene algo de movimiento.

Cuando llegamos a la estación de ómnibus, tampoco hay bullicio sino el mismo clima denso. No hay nadie esperando a Tatiana, que viaja con varios bolsos, entre los cuales uno que le dieron unos amigos con quienes estuvo hace unos días en Milán. “Me dieron queso, pasta, aceite”, cuenta, con una sonrisa forzada porque no está contenta de haber vuelto. “Tenía que venir a ver a mi madre y a mi tía, que me cuidó el departamento, pero no me voy a quedar más de dos semanas acá. Mi hijo está en Viena, así que volveré allá, aunque, como no sé alemán, estoy pensando de irme a Italia, veremos”, dice.

En Viena su hijo, que es dentista, ya consiguió trabajo, su novia también y el gobierno no solo ofrece vivienda gratis, sino que además les otorga a los refugiados un subsidio mensual de 215 euros. También se quedará no más de dos semanas su amiga Iliana, estetista, que también está viviendo en Viena y que dejó a su hija de 12 años y a su perro en la capital austríaca. “Yo también vine a ver a mis padres que tienen 84 y 85 años”, explica. Ella también admite que está aterrada y que no ve la hora de irse, seguramente en dos semanas. Las fuerzas rusas intensificaron los ataques contra Odessa y es peligroso, advierte. “Tampoco quiero dejar huérfana a mi hija”, dice.

A Ania, abogada de 35 años que estuvo viviendo un mes y medio refugiada en lo de unos parientes en Chisinau, que acaba de bajar del ómnibus junto a Mikhail, apodado “Misha”, de 4 años y medio, sí la están esperando. Vino a buscarla Dima, su marido, que enseguida se funde con ella y su hijito en un abrazo. Finalmente veo sonrisas.

“Vine para hacer documentos, trámites y una vez hechos, volveré a irme”, me dijo Ania durante el viaje. Le ofrecieron quedarse en Cambridge, Inglaterra, donde hay familias que también les abrieron sus puertas a los refugiados y aceptó.

“Misha va a poder aprender un poco de inglés, así que creo que va a ser una buena experiencia. Quedarnos acá es demasiado peligroso, aunque espero no quedarme allá más de dos meses, siempre y cuando la guerra termine”, explicó. Dima, que es comerciante, la abraza, en silencio.

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