¿La guerra en Afganistán era inevitable?

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Gente reunida frente a las oficinas principales del Banco Azizi en Kabul, Afganistán, el domingo 15 de agosto de 2021, para retirar efectivo en vista del creciente pánico. (Jim Huylebroek/The New York Times)
Gente reunida frente a las oficinas principales del Banco Azizi en Kabul, Afganistán, el domingo 15 de agosto de 2021, para retirar efectivo en vista del creciente pánico. (Jim Huylebroek/The New York Times)

Varios combatientes talibanes agitaban sus kalashnikov y chocaban puños en el aire después de los ataques terroristas del 11 de septiembre, en franco desafío a las advertencias estadounidenses: si no entregaban a Osama bin Laden, bombardearían su país hasta hacerlo añicos.

Esa bravuconería se esfumó en cuanto comenzaron a caer las bombas estadounidenses. En unas cuantas semanas, muchos de los talibanes habían huido de la capital afgana, aterrados ante los chirridos graves emitidos por las aeronaves B-52 al aproximarse a su objetivo. Al poco tiempo, sus filas estaban mermadas y sus miembros desperdigados por el árido paisaje montañoso de Afganistán. Pude ver de primera mano su incertidumbre y pérdida de control, pues estaba entre el grupo de periodistas enviados para cubrir sus actividades en las primeras etapas de la guerra.

Durante los días cada vez más breves de noviembre de 2001, los dirigentes talibanes comenzaron a intentar establecer contacto con Hamid Karzai, quien pronto se convirtió en el presidente interino de Afganistán, pues querían llegar a un acuerdo.

Estaban vencidos

“Los talibanes estaban totalmente vencidos; no exigían nada, solo pedían una amnistía”, recuerda Barnett Rubin, quien trabajaba con el equipo político de las Naciones Unidas en Afganistán en ese entonces.

Hubo un desfile constante de mensajeros entre Karzai y el cuartel central del líder de los talibanes, Mullah Mohammad Omar, en Kandahar. Karzai quería la rendición de los talibanes para evitar que sus militantes desempeñaran un papel significativo en el futuro del país.

Washington, por el contrario, seguro de que arrasarían con los talibanes para siempre, no tenía el menor interés en llegar a un acuerdo.

“Estados Unidos no tiene intenciones de negociar una rendición”, declaró el secretario de Defensa Donald Rumsfeld durante una conferencia de prensa en ese entonces, y añadió que a los estadounidenses no les interesaba permitir que Omar pasara el resto de sus días en algún lugar de Afganistán. Estados Unidos lo quería capturado o muerto.

Casi veinte años después, Estados Unidos aceptó negociar un acuerdo para ponerle fin a la guerra de Afganistán. Por desgracia, para entonces el equilibrio de poder era totalmente distinto: la balanza estaba a favor de los talibanes.

Un helicóptero abandona la embajada de Estados Unidos en Kabul, Afganistán, el domingo 15 de agosto de 2021. La embajada se cerró al concluir ese día. (Jim Huylebroek/The New York Times)
Un helicóptero abandona la embajada de Estados Unidos en Kabul, Afganistán, el domingo 15 de agosto de 2021. La embajada se cerró al concluir ese día. (Jim Huylebroek/The New York Times)

Para los diplomáticos que intentaron durante años apoyar la misión de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán, el acuerdo al que llegó el expresidente Donald Trump con los talibanes en febrero de 2020 para retirar las tropas estadounidenses (y que el presidente Joe Biden decidió honrar poco después de asumir el cargo este año) se sintió como una traición.

Ahora que los talibanes se encuentran de nuevo en el poder, algunos de esos diplomáticos reflexionan acerca de la oportunidad que perdió Estados Unidos todos esos años atrás, cuando pudo haber logrado que los talibanes se rindieran y así ponerle alto, desde sus albores, a la guerra más prolongada que ha sostenido ese país, o por lo menos haberla abreviado mucho y evitar la pérdida de muchas vidas.

Para algunos veteranos del enredo estadounidense en Afganistán, es difícil imaginar que una serie de conversaciones con los talibanes en 2001 pudiera haber tenido consecuencias peores que la realidad vivida por Estados Unidos.

Error

“Un error fue haber desdeñado la oferta de los talibanes de negociar”, comentó Carter Malkasian, exasesor del general Joseph Dunford, quien presidió el Estado Mayor Conjunto durante parte del gobierno de Obama y Trump, sobre la decisión de Estados Unidos de no considerar la posibilidad de aceptar que los talibanes se rindieran hace casi veinte años.

“Pecamos de confiados en 2001; creímos que los talibanes se habían ido para no regresar”, dijo. “Además teníamos sed de venganza, así que cometimos muchos errores que no deberíamos haber cometido”.

Poco más de un año después, Estados Unidos desplegó el mismo aire de seguridad y de total desinterés por negociar durante la invasión de Irak, que marcó el inicio de otra guerra cuya duración se prolongó mucho más de lo que esperaban los estadounidenses.

Para cuando el gobierno de Trump llegó a un acuerdo con los talibanes, la guerra ya tenía agotado a Estados Unidos y este país no tenía ninguna ventaja porque había anunciado que planeaba salir de Afganistán. Unos 2500 estadounidenses y casi 1000 soldados de aliados como el Reino Unido y Canadá habían perdido la vida luchando en tierras afganas.

El saldo para los afganos fue mucho mayor: al menos 240.000 afganos murieron, muchos de ellos ciudadanos comunes y corrientes, según el Instituto Watson de la Universidad Brown. Según algunos cálculos, los contribuyentes estadounidenses gastaron casi dos billones de dólares en la guerra, y hay muy pocas esperanzas de que quede algo de esa inversión para la posteridad.

Posición más sólida para negociar

Los talibanes, en cambio, comenzaron las negociaciones en una posición mucho más sólida que antes. Su refugio seguro en Pakistán, al que huyeron en 2001, se había convertido en una línea de suministro. Encima, incluso durante la época en que hubo más soldados estadounidenses presentes, los insurgentes lograron mantener un flujo creciente de reclutas, tanto de Afganistán como de Pakistán, impulsado en parte por las crecientes ganancias del comercio de opio.

Llegaron a controlar gran parte de Afganistán gracias a su estrategia de comenzar con avances en las áreas rurales y después pequeños ataques en las ciudades, con intervalos ocasionales de dominio sobre algunas calles durante unos días, seguidos de retiradas al campo. Así aumentó el número de muertos entre las fuerzas de seguridad afganas, que en algunos casos llegaron a cientos en una sola semana.

“Cuando escuché que Estados Unidos se reuniría en Doha con los talibanes, pero sin el gobierno afgano, lo que pensé fue: ‘No son negociaciones de paz, son conversaciones para acordar la rendición’”, explicó Ryan Crocker, quien fungió como embajador de Estados Unidos en Afganistán.

“Así que las pláticas serían para lograr retirarnos sin que los talibanes nos dispararan mientras salíamos”, añadió Crocker, “y no obtuvimos nada de esas negociaciones”.

El acuerdo suscrito por el gobierno de Trump no menciona los derechos de las mujeres ni garantiza que se conserven las conquistas que tantos años y vidas le costaron a Estados Unidos. Tampoco evita que los talibanes emprendan una avanzada militar sin cuartel para tomar control de todo el país.

Ni siquiera fue un tratado de paz. En realidad, obtuvo una promesa algo vaga de los talibanes de evitar ataques en el futuro en contra de Estados Unidos y sus aliados. E incluso esas estipulaciones fueron objeto de controversia: en el convenio, los talibanes se negaron a aceptar el uso de la palabra “terrorista” para describir a Al Qaeda.

Otra vez

Ahora, los talibanes controlan el país de nuevo, andan tras la pista de los afganos que trabajaron o colaboraron con los estadounidenses, han comenzado a reprimir con violencia las manifestaciones y, aunque prometieron permitir que las mujeres participaran en la sociedad, ya comenzaron a limitar la participación de la mujer fuera del hogar en algunas regiones del país.

En síntesis, gran parte de lo que Estados Unidos intentó poner en marcha ya corre el riesgo de desaparecer.

Algunos diplomáticos retirados señalan que la guerra sí logró mejoras tangibles. Los grupos de operaciones especiales de Estados Unidos utilizaron Afganistán como base para ir tras Osama bin Laden, y esas acciones condujeron a su muerte en Pakistán en 2011. En cuanto a los ciudadanos comunes, las actividades encabezadas por Estados Unidos les dieron acceso a la educación a millones de niños afganos y, en un cambio vital, a muchas niñas. Los afganos pudieron adquirir teléfonos celulares y entraron a las redes sociales, que les permitieron a muchos ver y comunicarse con el resto del mundo.

No obstante, desde el punto de vista de seguridad nacional, en cuanto murió Osama bin Laden, la razón estratégica para que Estados Unidos permaneciera en el país se vio muy mermada (un tema de política pública de inusual concordancia entre los expresidentes Barack Obama y Donald Trump).

Las invasiones fallidas

Es cierto que otros aspectos obstaculizaron las conversaciones para llegar a un acuerdo de paz hace veinte años. En ese entonces, la atmósfera de resentimiento en el Pentágono se prolongó varios días después de que los atacantes estrellaron uno de los aviones secuestrados en el ala occidental del edificio el 11 de septiembre, y lo único que quedó del World Trade Center, en ruinas, fue una enorme pila de metal retorcido y concreto. La sensación de duelo, humillación y enfado nacional era palpable, lo que agudizó un deseo de venganza que quizá también cegó a muchos funcionarios estadounidenses y les hizo olvidar la larga historia de invasiones y ocupaciones fallidas en Afganistán.

Apenas dos semanas después de que Rumsfeld pulverizó los planes de Karzai de llegar a una conclusión negociada de la lucha, arrancó una conferencia en Bonn, Alemania, convocada para planear un gobierno sucesor en Afganistán, sin los talibanes.

Ese proceso dejó todavía más claro que se veía a los talibanes como una fuerza ajena, lo que prácticamente acabó con cualquier esperanza de llegar a un acuerdo con ellos. La mayoría de los invitados a la conferencia eran expatriados o representantes de los caudillos militares de los años noventa cuyos abusos en contra de los ciudadanos afganos habían provocado el alzamiento de los talibanes y la toma del poder en el país.

“En ese entonces, no se habló ni siquiera de incluir a los talibanes”, explicó James Dobbins, uno de los diplomáticos estadounidenses que asistieron.

“Para ser francos, si alguien hubiera invitado a los talibanes, nadie más se habría presentado”, dijo, y añadió que ahora comprende que: “Deberíamos haber considerado a los talibanes en nuestros cálculos”.

En ese tiempo, continuó, “no le di mucho peso a la posibilidad de que los talibanes se convirtieran en un factor en el Afganistán de la posguerra. Creí que estaban tan abatidos y hechos a un lado que nunca podrían regresar”.

En retrospectiva, admitió: “Debería haberlo pensado. Por desgracia, lo que no comprendimos ni pudimos deducir en cinco años fue que Pakistán había abandonado al gobierno de los talibanes, pero no había abandonado a los talibanes. Esa fue una distinción vital, pues les permitió volver a reclutar, volver a recaudar fondos, volver a entrenar y lanzar avances de nuevo contra Afganistán. Fue una oportunidad perdida muy importante”.

© 2021 The New York Times Company

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