El gobierno ruso implementa una nueva forma de intimidación después de ocupar una planta nuclear

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La planta de energía nuclear de Zaporiyia vista a través de una neblina provocada por incendios en las inmediaciones, en Ucrania, el 29 de agosto de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)
La planta de energía nuclear de Zaporiyia vista a través de una neblina provocada por incendios en las inmediaciones, en Ucrania, el 29 de agosto de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)

Mientras los inspectores internacionales en materia nuclear se dirigen a la planta de energía de Zaporiyia, Ucrania, se enfrentan a una situación que pocos hubieran imaginado: una planta nuclear enorme que podría convertirse deliberadamente en una potencial bomba sucia si Rusia la utiliza para intimidar a su enemigo y al mundo entero.

Como mínimo, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha descubierto una manera de usar estas instalaciones civiles como escudo para sus soldados, quienes están ocupando las instalaciones y apostando a que Ucrania no correrá el riesgo de bombardearla y desencadenar la liberación de una nube de radiación. Pero en ocasiones también parece que Putin ha encontrado una manera de utilizar la planta como una especie de apoyo estratégico para su arsenal nuclear.

Durante los últimos seis meses, Putin ha hablado en repetidas ocasiones sobre una posible escalada nuclear, incluso cuando, más tarde, algunos de sus asesores han descartado esa posibilidad. Al inicio de la guerra, el dirigente ruso lanzó una serie de amenazas apenas veladas sobre maniobras nucleares y, en cierto momento, durante una transmisión por televisión, les ordenó a sus asesores que pusieran en alerta a las fuerzas nucleares. No hay pruebas de que en verdad lo hayan hecho, pero el mensaje fue transmitido, en un burdo intento de intimidar a los dirigentes ucranianos y de advertirle a Occidente que se mantuviera fuera del conflicto.

Según la evaluación de algunos funcionarios de inteligencia y legisladores estadounidenses, quienes prefirieron hablar de manera extraoficial sobre el enfrentamiento que ocurrió en la planta nuclear más grande de Europa, Putin está usando ahora la amenaza de un posible desastre en un enorme complejo a orillas del río Dniéper para propósitos similares.

El resultado es que Zaporiyia no solo está dando lugar al temor de que haya una catástrofe, sino que también está llegando a representar un nuevo tipo de amenaza nuclear.

“La idea de que una planta de energía nuclear se vea atrapada en un conflicto es algo en lo que ya hemos pensado mucho y por eso las plantas fueron diseñadas para resistir un ataque”, señaló Gary Samore, quien fue el asesor nuclear principal en el Consejo de Seguridad Nacional de los expresidentes Bill Clinton y Barack Obama. “Pero no creo que consideramos con detenimiento la idea de que una planta fuera usada como escudo para los soldados que ocupan dicha planta ni de que alguien como Putin utilizara el riesgo de posibles ataques o de algún accidente como una forma de intimidación”.

El martes aún no se sabía si el equipo de inspección, encabezado por Rafael Mariano Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), lograría acaso pasar por el frente de batalla para evaluar la seguridad de la planta. Grossi, un veterano de este organismo que regresó en 2019 pensando que sus mayores desafíos se concentrarían en Irán, se reunió con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en Kiev, Ucrania, con la esperanza de conseguir una manera de acceder a la planta sin contratiempos, en compañía de una docena de inspectores de diferentes especialidades en la operación de plantas de energía nuclear.

Equipos de rescate de emergencia ucranianos en un simulacro de desastre nuclear en Zaporiyia, Ucrania, el 17 de agosto de 2022. (David Guttenfelder/The New York Times)
Equipos de rescate de emergencia ucranianos en un simulacro de desastre nuclear en Zaporiyia, Ucrania, el 17 de agosto de 2022. (David Guttenfelder/The New York Times)

Este organismo internacional fue creado en 1957 como una rama de la Organización de las Naciones Unidas. Su labor principal es corroborar que el material nuclear destinado al uso civil no sea desviado a programas armamentistas, cosa que lo convirtió en una figura fundamental en la vigilancia de las actividades de Irak bajo el mandato de Sadam Huseín y, ahora, en la vigilancia del avance nuclear de Irán. (Hace mucho tiempo que Corea del Norte les prohibió la entrada a sus inspectores).

No obstante, Grossi ha reconocido que las facultades del organismo nunca fueron concebidas para un desafío como el que plantea la situación en Zaporiyia. El OIEA tiene la autoridad suficiente para dar la voz de alerta si ve alguna prueba de que el combustible nuclear se está desviando para emplearse en armas y de ayudar a capacitar a los trabajadores sobre los protocolos de seguridad, pero carece de facultades para enfrentar la actual amenaza: la intensa guerra en el perímetro de la planta y de seis reactores nucleares que se están usando principalmente para ganar ventaja en el campo de batalla.

El organismo no puede ordenar la creación de una zona desmilitarizada alrededor de la planta ni un alto en los bombardeos. No tiene el conocimiento ni las unidades de inteligencia para determinar cuáles son las fuerzas responsables de los ataques. (Los rusos afirman que los bombardeos cerca de la planta proceden de las fuerzas ucranianas y el gobierno de Ucrania insiste en que las fuerzas rusas son las responsables. El lunes, John Kirby, el vocero de seguridad nacional de la Casa Blanca, mencionó en una sesión informativa que Estados Unidos no ha podido determinar nada).

Kirby planteó una “suspensión controlada de las operaciones de los reactores nucleares” puesto que, en el mejor de los casos, ha sido episódica su relación con la red de electricidad de Ucrania. Pero hacer esto le quitaría a Ucrania un suministro primordial de energía. Antes de la guerra, los seis reactores de la planta producían aproximadamente una quinta parte de la electricidad total de Ucrania y cerca de la mitad de su electricidad generada con energía nuclear, lo cual hacía que no dependiera de Rusia.

La esperanza de la Casa Blanca es que la suspensión reduciría las probabilidades de una catástrofe, incluso si no elimina los riesgos por completo. Pero parece que los ucranianos se están resistiendo y que los rusos han desatendido las exigencias de retirar sus fuerzas militares de la planta. “Las propuestas de una zona desmilitarizada alrededor de la planta de Zaporiyia son inaceptables”, señaló hace dos semanas en una sesión informativa Ivan Nechaev del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, de acuerdo con la agencia de noticias Interfax de Rusia. “Si estas se implementaran, la planta sería aún más vulnerable”.

En una entrevista del martes, Mykhailo Podolyak, asesor de Zelenski, mencionó que tenía la esperanza de que los supervisores “de una forma o de otra” llegaran a la planta.

Podolyak alegaba que las fuerzas rusas estaban disparando artillería por las rutas que los inspectores podrían usar para llegar a la planta. “Los rusos están tratando de ejercer cierta presión psicológica sobre la delegación para que se asusten” y cancelen la visita, comentó.

Los rusos no hicieron ningún comentario acerca de estas afirmaciones, pero las inspecciones se han demorado algunas semanas debido a una polémica sobre si los inspectores atravesarán el territorio ucraniano o ruso para llegar a la planta, un asunto complicado por el deseo que tiene Ucrania de no dar legitimidad a la invasión rusa.

En resumen, Putin ha desdibujado la distinción que alguna vez fue clara entre las instalaciones de armas nucleares y las de uso para la población civil. La línea divisoria se remonta a 70 años atrás, cuando el presidente Dwight D. Eisenhower diseñó el programa Átomos para la paz, en el cual solo unos cuantos países podrían poseer armas nucleares y los receptores de ayuda nuclear para la generación de energía aceptarían no desarrollar nunca sus propios arsenales nucleares.

Con algunas transgresiones ocasionales, en buena medida el programa se ha mantenido. En la actualidad, solo cuatro países han rechazado el Tratado de No Proliferación Nuclear —Corea del Norte, la India, Pakistán e Israel— para poder tener sus propias armas. Ucrania regresó las armas que se quedaron en su territorio después de la desintegración de la Unión Soviética, aunque Moscú siempre controló las normativas para lanzarlas.

Sin embargo, es muy posible que, ahora, la planta sea parte de la estrategia de intimidación de Putin, sobre todo después de que fracasen sus planes de controlar toda Ucrania. “Putin no tiene muchas razones para alejar el peligro de un accidente nuclear”, señaló Samore. “La idea es ejercer presión”.

© 2022 The New York Times Company