Ganaron los casos de Guantánamo en la Corte Suprema, pero ¿dónde están ahora?

Shafiq Rasul en su casa de Tipton, Inglaterra, el 10 de noviembre de 2022. (Cristina Baussan/The New York Times)
Shafiq Rasul en su casa de Tipton, Inglaterra, el 10 de noviembre de 2022. (Cristina Baussan/The New York Times)

En el frenético periodo posterior a los atentados del 11 de Septiembre, cientos de hombres capturados en el extranjero fueron enviados a la prisión militar estadounidense de la bahía de Guantánamo, Cuba, donde permanecieron detenidos sin acceso a abogados y privados de todos los demás derechos.

Con el tiempo, los casos de tres de los presos llegaron a la Corte Suprema e hicieron historia. Sus impugnaciones cambiaron el panorama jurídico de Guantánamo y despojaron al ejército y a la Casa Blanca de una autoridad ilimitada para detener a personas ahí.

Nos pusimos al día con dos de los hombres, uno en una ciudad industrial gris del centro de Inglaterra donde creció, el otro a miles de kilómetros, en la soleada Riviera francesa. El tercero tiene dificultades en un Yemen devastado por la guerra.

Los tres ex presos se reunieron con sus familias hace años y consiguieron construir nuevas vidas a pesar del abuso que soportaron y el estigma de haber estado recluidos en Guantánamo.

“Es duro”, comentó Lakhdar Boumediene, quien perdió más de siete años por estar bajo custodia de Estados Unidos hasta que se determinó que había estado detenido de forma ilegal. “Me quitaron mi tiempo, mi familia”.

Sus historias todavía son importantes. A partir del 11 de enero de 2002, hace 21 años, el gobierno de George W. Bush llevó a alrededor de unos 780 hombres y niños a Guantánamo. De ellos, quedan 35 presos. Algunos todavía tienen casos judiciales que cuestionan los límites legales de la guerra contra el terrorismo y siguen dándole forma a su legado.

A continuación, las versiones de dos de los hombres quienes ganaron sus casos en la Corte Suprema.

En su casa de Carros, Francia, el 15 de noviembre de 2022, Lakhdar Boumediene muestra una camiseta que modificó hacia el final de su detención en la cárcel militar estadounidense en la bahía de Guantánamo, Cuba. El mensaje escrito en la camiseta dice "Boumediene, 2; G.W. Bush, 0". (Cristina Baussan/The New York Times)
En su casa de Carros, Francia, el 15 de noviembre de 2022, Lakhdar Boumediene muestra una camiseta que modificó hacia el final de su detención en la cárcel militar estadounidense en la bahía de Guantánamo, Cuba. El mensaje escrito en la camiseta dice "Boumediene, 2; G.W. Bush, 0". (Cristina Baussan/The New York Times)

Su caso les dio acceso a abogados a los presos

Shafiq Rasul nunca vio a un abogado durante los 800 días que estuvo bajo custodia de Estados Unidos, a pesar de que el caso que lleva su nombre permitió que los detenidos tuvieran acceso a asesoría legal.

Para cuando los jueces dictaron sentencia para el caso de Rasul vs. Bush, en junio de 2004, Estados Unidos lo había repatriado a su Inglaterra natal junto con otros cuatro ciudadanos británicos. El caso avanzó porque otros hombres en la petición seguían recluidos en la cárcel de la isla.

En la actualidad, Rasul, de 45 años, vive con su mujer, sus dos hijos y su madre viuda en la misma casa adosada de Victoria Road, en Tipton, Inglaterra, donde se crio. Dos de sus hermanos viven con sus familias en casas contiguas en la otrora ciudad fabril de edificios de ladrillo y canales antiguos.

Rasul, un hombre de voz suave, se describe como una persona hogareña que se gana la vida reparando sistemas de calefacción doméstica de gas natural para una empresa nacional con una sede local.

“Me mantengo reservado y ocupado todo el tiempo”, dijo.

Rasul comentó que sus empleadores saben que estuvo bajo la custodia del ejército estadounidense y a veces cree que la gente lo reconoce como uno de los tres musulmanes de Tipton que estuvieron detenidos durante dos años en Guantánamo sin que se presentaran cargos. Sin embargo, ya nadie habla de ello.

En sus primeros años de libertad, participó en un docudrama británico, “Camino a Guantánamo”, el cual narra el viaje insensato que hizo con tres amigos veinteañeros, desde el centro de Inglaterra a Pakistán y luego, por curiosidad, a Afganistán.

Llegaron a Kandahar el día en que comenzaron los bombardeos estadounidenses en represalia por los atentados del 11 de Septiembre.

“Fue una estupidez”, comentó. “Había autobuses que iban y venían de Afganistán” y dijo que los cuatro hicieron un viaje desde una mezquita para ver de primera mano el trabajo de los talibanes. Un amigo se separó del grupo y desapareció, hace tiempo que se le presume muerto en los bombardeos. “Éramos muy ingenuos”, mencionó Rasul.

Los tres intentaron huir del combate, pero los acorralaron milicianos afganos aliados de los estadounidenses. Para inicios de 2002, se descubrió que eran ciudadanos británicos, los entregaron a las tropas estadounidenses y los trasladaron por aire al complejo primitivo del Campamento Rayos X de Guantánamo.

Los regresaron a Inglaterra casi tres años después y Rasul se convirtió en uno de los primeros ex presos en hacer campaña en contra de la prisión de guerra.

El interés en su historia le llevó lejos de casa: a Berlín, Japón y de vuelta a Pakistán en 2005 para filmar una parte de la película.

Mientras estuvo allá, conoció a su futura esposa, Kafia. Fue un matrimonio arreglado. Encontrar esposa en Inglaterra era difícil. “Cuando se enteraban de que estuviste en Guantánamo...”, comentó Rasul, con la voz entrecortada.

Tienen dos hijos: una hija, Khadijah, de 13 años, y un hijo, Zayd, de 12 años, para quienes el tiempo que su padre pasó bajo custodia estadounidense es algo pasajero y en su mayor parte lo han olvidado. Tan solo después de que su padre desenterró algunas cartas que le escribió a su madre desde el centro de detención se dieron cuenta de que había estado detenido durante años y no los días que se imaginaban.

Según Rasul, el tiempo que pasó bajo custodia estadounidense lo hizo más devoto.

“No creo que sería tan religioso como lo soy ahora”, dijo. “No lo veía como una cárcel. Lo veía como una madrasa, un lugar para aprender el islam”.

Allí aprendió a hablar árabe e hizo el hach, la peregrinación a La Meca, hace siete años.

Rasul mencionó que también ganó fuerza interior y habilidades de supervivencia, después de soportar palizas y otros abusos, y regresó a casa con un sentido del deber hacia los hombres que dejaba detrás.

Rasul dijo que, durante un tiempo, tuvo pesadillas con los sonidos de guardias que arrastraban grilletes por los bloques metálicos de las celdas del Campamento Delta. Sin embargo, esas pesadillas ya no le asolan. No ha tomado terapia formal, pero cree que las semanas de conversaciones que tuvieron él y otros presos con Gareth Peirce, abogado de derechos humanos que documentó su detención, tuvieron un aspecto terapéutico.

Durante ese periodo, de regreso en Inglaterra, la Corte Suprema falló a su favor en el caso, el cual había presentado su madre en su nombre.

La decisión abriría la llave para las visitas de cientos de abogados, la mayoría voluntarios, y, con el tiempo, para las peticiones de habeas corpus de los presos que buscaban impugnar sus detenciones.

Para ese entonces, los abogados de los presos británicos estaban recopilando testimonios de los abusos para presentar una demanda en contra de altos mandos militares de Estados Unidos. Los tribunales estadounidenses rechazaron la demanda civil. No obstante, el gobierno británico les pagó una indemnización multimillonaria a dieciséis presos de Guantánamo, entre ellos Rasul, quienes culparon a agentes británicos de inteligencia de algunos de los malos tratos.

Gracias a su caso, hubo una revisión judicial significativa de los detenidos

En los años que pasaron desde que Lakhdar Boumediene obtuvo la libertad, ha luchado por empezar de nuevo. Ha trabajado en fábricas y, según él mismo, estuvo a punto de ser derrotado cuando intentó navegar el sistema de asistencia social de Francia para que su hijo recién nacido recibiera atención respiratoria. Es coautor de una autobiografía y abuelo.

En la actualidad, Boumediene, de 56 años, es conductor de Uber en la Costa Azul y traslada a turistas por el Mediterráneo entre Niza, Saint-Tropez y Mónaco en un sedán híbrido de Peugeot que compró con donativos de personas que escucharon su historia.

En un día bueno, llega a casa en las últimas horas de la tarde con fruta del mercado y unos euros para las alcancías de personajes de Disney de sus hijas menores, de 8 y 10 años.

Su hijo, Yousef, está sano y es un niño de 12 años aficionado al fútbol. Sus dos hijas mayores, nacidas antes de Guantánamo, tienen hijos y a veces toda la familia se mete en su apartamento de cuatro habitaciones que subvenciona el Estado, en Carros, un pueblo situado en la ladera de las montañas al norte de Niza.

Sin embargo, entre las prisas por llegar a fin de mes, lo sigue desconcertando la injusticia de todo lo que sucedió.

Boumediene, de origen argelino, declaró que nunca entrenó con Al Qaeda ni se unió a sus filas. Quedó demostrado que las acusaciones de que estuvo involucrado en una conspiración para atacar la Embajada de Estados Unidos en Sarajevo, Bosnia, fueron infundadas. La Media Luna Roja islámica lo había enviado allá con su familia para administrar una organización benéfica para huérfanos “a más de miles de kilómetros del campo de batalla en Afganistán”, hizo notar el juez estadounidense que ordenó su liberación.

No obstante, en 2002, las autoridades bosnias lo entregaron al ejército estadounidense junto con otras cinco personas y dio comienzo una odisea de humillaciones, huelgas de hambre y abusos.

“Perdí siete años y medio”, comentó una tarde entre semana de invierno, la temporada baja de la Riviera, mientras sus hijas pequeñas entraban en la sala de estar después del colegio para darse abrazos y besos.

Ese día, seis de sus hijos y nietos, de edades que van desde un bebé hasta 27 años, supervisaban a los más pequeños o jugaban al margen de una entrevista con Boumediene y su esposa, Abassia Bouadjmi, quien estuvo a su lado todo el tiempo que estuvo en prisión.

“Cruzaría el océano por mi esposo”, mencionó para referirse a la distancia que puso Guantánamo entre ellos. Cuando se llevaron a su marido, ella y las niñas regresaron con su familia a Argelia.

Luego, conforme un acuerdo de reasentamiento entre el gobierno de Obama y el francés, se reunieron en París. Boumediene fue trasladado primero a un hospital militar para fortalecer su frágil cuerpo mientras su esposa y sus hijas mayores, Raja y Rahma, esperaban a que se recuperara lo suficiente para viajar al sur de Francia, donde vivía su cuñada.

Boumediene habló del tiempo que pasó en Guantánamo con una mezcla de desconcierto e indignación. Dijo que sus guardias estaban entrenados para creer que era un terrorista y expresaban interés en solo tres cosas: la comida, los deportes y el sexo. Recordó que empezó una huelga de hambre después de ver a un guardia que tomaba raciones de comida destinadas a los presos.

Durante unos dos años, Boumediene se negó a consumir nada que no fuera un suplemento nutricional, el cual a veces se le suministraba a través de un tubo por la nariz hasta el estómago, una práctica común en esa época en Guantánamo.

Fue directo sobre lo que cree que debería ocurrir ahora. Quiere una carta de disculpa de Estados Unidos… y reparaciones.

Señaló que, en un nivel, gracias al histórico caso Boumediene vs. Bush de 2008, un juez federal puede evaluar de forma independiente la base del ejército estadounidense para detener a un combatiente enemigo en Guantánamo. “Pero yo soy una persona que representa este principio”, dijo.

Luego, sacó dos objetos que se quedó tras su estancia en Guantánamo. Uno era una copia del fallo que, tras la decisión de la Corte Suprema, ordenaba su liberación.

En el fallo, el juez Richard Leon determinó que el gobierno de Bush no había presentado evidencias suficientes para mantenerlo detenido —nunca se presentaron cargos en su contra—, pues su detención se basaba en algo “tan endeble” como la afirmación no corroborada de una “fuente anónima” incluida en un documento clasificado.

El otro era una camiseta blanca que usaba debajo del uniforme marrón de la prisión al final de su detención. Después de que el juez falló a su favor, utilizó material artístico de la prisión para adornarla con un mensaje secreto.

Decía: “Boumediene 2; Bush 0”.

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