Empleados domésticos los grandes perdedores por la cuarentena

Miriam Jordan and Caitlin Dickerson
Personas esperando afuera del Centro Comunitario de Trabajo de Pasadena, en Pasadena, California, el jueves 19 de marzo de 2020. (Jenna Schoenefeld/The New York Times)

PASADENA, California — A fines de la semana pasada, Maria Zamorano, de 50 años, tomó su celular para revisar sus mensajes. “Hola, por fa cancele nuestra limpieza de mañana”, decía uno. “María, voy a tener que cancelar la limpieza de mañana. Gracias”, decía otro.

La trabajadora había recibido mensajes similares durante toda la semana. Eran cancelaciones de las personas de las que depende para ganarse la vida limpiando sus baños, aspirando sus alfombras y puliendo sus pisos.

“Voy a enloquecer de la desesperación”, dijo Zamorano, justo antes de que otro mensaje de texto apareciera en la pantalla. “Ay, Dios, también ella me canceló”, comentó mirando fijamente el dispositivo en una cartera rosa de piel que hacía juego con sus uñas. Ese mensaje resumía un panorama incierto: “Cuando el país esté libre del virus, podemos reagendar. Cuídese, por favor”.

La ayuda de empleados domésticos, que por lo general son inmigrantes no autorizados como Zamorano, se ha convertido en una constante en los hogares estadounidenses. En una economía floreciente, hasta las familias de clase media han podido dejar los trapeadores, las escobas y las podadoras en manos de trabajadores con sueldos bajos de México, El Salvador, Guatemala y otros países. Con cuidadores de confianza en casa, muchas parejas con un ingreso doble han criado a sus hijos mientras construyen carreras importantes.

La crisis del coronavirus ha hecho que muchas familias reconsideren esta ayuda. Las preocupaciones de salud relacionadas con el hecho de que una persona ajena a la familia entre a la casa, aunadas a la inestabilidad financiera, han hecho que incluso las familias adineradas despidan a sus empleados y las indemnizaciones por despido son una rareza.

A diferencia de sus empleadores, los trabajadores no autorizados no pueden cobrar ninguna prestación por desempleo ni beneficiarse de un rescate gubernamental. Ellos forman parte de una boyante economía informal, a la que por lo general se le paga en efectivo y sin ningún registro contable por el trabajo fundamental que hacen. Como no tienen acceso a licencias por enfermedad con goce de sueldo, capacidad de hacer trabajo remoto ni acceso a empleos, se vuelven excepcionalmente vulnerables.

Desde Nueva York hasta Los Ángeles, las familias han manejado el tema de la ayuda doméstica de distintas maneras, mientras se resguardan en sus hogares. Algunas han decidido que no pueden vivir sin su ayuda; unas cuantas se han sentido comprometidas a pagarles aunque les piden que no vayan a trabajar y otras más simplemente les han dicho a sus trabajadores que dejen de ir a sus casas.

Cuando Mayra Brito fue contratada en Austin, Texas, como niñera y maestra de español de los hijos de dos familias —una de clase media con cuatro niños y la otra una pareja adinerada que trabaja en el sector tecnológico— sus empleadores no dudaron en llamar a cada una de sus referencias. Pidieron conocerla en persona y una familia la llevó a hacer una prueba de manejo casual. Sintió como si estuviera solicitando empleo en una empresa. Pero cuenta que, la semana pasada, no hubo ninguna de esas formalidades cuando ambas familias le dijeron que se quedara en casa de manera indefinida, sin pago, debido a la amenaza de COVID-19.

Brito llevaba trabajando dos años con una de las familias; con la otra, seis meses. Al dejarla sin empleo, sin confirmarle si volvería a tener trabajo ni cuándo sería eso, una de las parejas le dijo que le preocupaba la salud de su hijo menor, un bebé de 9 meses. La otra le dijo que querían mantener a salvo a los abuelos de los niños que vivían con la familia.

“Entiendo sus motivos”, dijo Brito, “pero lo que no entiendo es por qué no dicen: ‘Te vamos a pagar al menos la mitad mientras estás en casa porque no te dejamos trabajar’”.

Desde entonces ha aceptado la petición de una de las familias de realizar videollamadas con los niños porque la extrañan. Los padres no ofrecieron compensarla por las llamadas.

Indocumentados merman sus ingresos por cuarentena

De los casi once millones de inmigrantes no autorizados, alrededor de 7,6 millones forman parte de la mano de obra estadounidense, según las más recientes cifras del Centro de Investigación Pew, en 2017. La industria de los servicios emplea a más migrantes no autorizados que ninguna otra, pero también trabajan ampliamente en otros sectores como el agrícola, el de la construcción y la manufactura. En casi todas las ciudades estadounidenses, son la principal fuente de niñeras, amas de llaves y jardineros que mantienen los hogares en buen estado.

También se encuentran entre los trabajadores más vulnerables del país. Dado que no tienen una condición legal ni una relación laboral formal, es poco probable que califiquen para la ayuda gubernamental.

Para muchos empleados que están en el país sin documentos, la inestabilidad es un hecho de la vida y quedarse sin empleo de manera abrupta no es nada extraordinario. Pero rara vez habían enfrentado la pérdida de tantos empleos al mismo tiempo.

No todos los patrones están despidiendo a sus ayudantes domésticos.

Maya Brenner, diseñadora de joyería y madre de tres hijos en Los Ángeles, quien emplea a una niñera de tiempo completo y a una persona de limpieza dos veces a la semana, le ha pedido a su niñera que limite los viajes entre su casa y el departamento de esta, excepto por las salidas a la tienda, adonde debe ir con un tapabocas N95 y guantes. Brenner le permitió a la trabajadora doméstica que limpia su casa desde hace doce años seguir trabajando después de que acordaron que se mudara a la casa de huéspedes.

“No sé si va a las tiendas locales o habla con los vecinos”, comentó Brenner. “No puedo controlar nada de eso. En este momento, para que podamos estar tranquilos, vive con nosotros”.

Brenner dijo que tal vez tendría que echar mano de sus ahorros para mantener las cosas a flote. Su pareja, Dustin Lancaster, dirige doce restaurantes y bares que ahora están cerrados. “Creo que todos podemos hacer esto por dos meses. En lo financiero, no sabemos cómo podremos mantenerlas empleadas a la larga”, explicó.

En LA Nanny Network, un grupo de Facebook, los efectos colaterales del virus han sido un tema candente. La semana pasada, una niñera publicó que su empleadora la había despedido. En los comentarios, otras niñeras dijeron lo mismo: “A mí también me despidieron”. “Me despidieron sin pagarme un peso”. “Seis años con la misma familia… me dijeron que no viniera y no me van a pagar”.

Silvia y Alfonso, inmigrantes no autorizados originarios de México que pidieron que solo se les identificara por su nombre, pensaron que se habían forjado una vida estable en Colorado Springs, Colorado. Ella limpiaba una casa distinta todos los días; él tenía dos trabajos en restaurantes, uno como lavaloza y el otro como cocinero. Entre los dos, ganaban 1200 dólares a la semana.

Hace unos años, compraron una casa rodante de tres habitaciones, que terminaron de pagar el año pasado, aunque todavía tienen que pagar 650 dólares mensuales por el estacionamiento en un parador de casas rodantes.

Sintiendo que todo iba bien, decidieron comprar dos jeeps usados en buenas condiciones que todavía están pagando mensualmente. Compraron un nuevo comedor a plazos. Silvia decidió arreglarse los dientes, comentó, otro gasto más.

Luego vino el coronavirus. En poco tiempo, Silvia perdió tres de sus cinco clientes. A Alfonso lo mandaron a casa al menos por un mes.

“Nunca nos había alcanzado para ahorrar dinero, pero siempre habíamos tenido suficiente para cubrir nuestros gastos”, comentó Silvia, de 43 años.

Una semana después, otro cliente más canceló. “No sé cómo vamos a pagar nuestros gastos. Espero que nadie nos demande”, dijo Silvia.

En los caminos rurales del Valle del río Grande, en el sur de Texas, Patricia Toriz conducía con desesperación una tarde reciente, gastando su valiosa reserva de combustible, en busca de trabajo. Visitó tres empacadoras de fruta. Todas la rechazaron porque no tenía papeles.

Toriz, quien ha vivido en Estados Unidos desde hace catorce años, se quedó sin los trabajos que tenía con dos familias cuyas casas limpiaba todas las semanas y como mesera en un pequeño restaurante que cerró.

“Soy una persona de confianza que va a limpiar y se va”, dijo sobre su trabajo con las familias. “Los conozco desde hace años, pero, por desgracia, debido a todo esto, tomaron la decisión de que me querían fuera de su casa”.

Toriz vive en un departamento de dos recámaras con sus cuatro hijos. Los tres mayores, que le ayudaban a pagar los 600 dólares mensuales de la renta y dos pagos de automóviles, también perdieron sus empleos en restaurantes debido al virus.

Hace unos días, la familia se subió al auto para comprar pan, mortadela, leche y huevos. “Solo las cosas más baratas que haya”, dijo Toriz. “No estamos gastando en nada más. No podemos”.

En el sur de California, por lo general se reúnen entre 50 y 60 trabajadores no autorizados al amanecer en el Centro Comunitario de Trabajo de Pasadena, adonde acuden los propietarios de casas cuando necesitan contratar gente que los ayude a mover muebles, limpiar el jardín y hacer reparaciones menores.

Para las 10 a. m., suele pasar que ya no hay hombres ni mujeres disponibles, en especial en marzo, cuando los días son más cálidos y duran más. Sin embargo, hace poco, para la hora del almuerzo, no había ido nadie a contratar gente. Los trabajadores, que estaban de pie afuera del centro debido a las restricciones al número de personas que pueden estar juntas, pronto se dispersaron.

“Pintar una habitación, poner azulejos en un baño, jardinería, hago lo que sea”, dijo Carlos Moreno, de 49 años, padre soltero de dos adolescentes nacidos en Estados Unidos. Sin embargo, dos personas para quienes había acordado trabajar acababan de cancelar.

“En este momento, no tengo ahorros. Estoy pensando en llamar a algunos de mis patrones anteriores para ver si quieren contratarme”, dijo. “Cuando tienes hijos, no te puedes quedar sin trabajo”.

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This article originally appeared in The New York Times.

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