Exiliadas: Las artistas de la diáspora republicana

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<span class="caption">Fragmento de la obra 'Cazadora de astros (La luna aprisionada)' de Remedios Varo, 1956.</span> <span class="attribution"><a class="link " href="http://emuseum.toledomuseum.org/objects/79724/cazadora-de-astros-la-luna-aprisionada?ctx=c703721d-a22c-4f77-8eb1-c8cf4d82e119&idx=0" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Toledo Museum of Art (Ohio, EE.UU.).">Toledo Museum of Art (Ohio, EE.UU.).</a></span>
Fragmento de la obra 'Cazadora de astros (La luna aprisionada)' de Remedios Varo, 1956. Toledo Museum of Art (Ohio, EE.UU.).

La guerra civil puso fin al desarrollo de la modernidad española. Y quienes habían participado en ella, en aquel progreso que se había ido produciendo en materia social, cultural y científica, tuvieron que adaptarse a la nueva situación.

Unos se quedaron en España, teniendo que asumir las normas de la dictadura –con todo lo que eso suponía–. Otros –los que habían tomado partido abierta y concienzudamente a favor de la República y no perecieron– se vieron obligados a abandonar el país, ya que sus vidas corrían peligro.

Los artistas no fueron ajenos a esta situación. Al pensar en artistas plásticos exiliados, la mayoría de nosotros tendrá en la cabeza a Picasso y puede que hasta a Miró. Sin embargo, ¿sabríamos citar alguna artista? ¿Maruja Mallo quizás? ¿Remedios Varo? Probablemente no sean conocidos muchos más nombres de mujeres cuando, por el contrario, la nómina fue extensísima.

En América Latina recalaron más de medio centenar de artistas plásticas. Algunas llegaron con una carrera ya forjada. Otras eran tan solo unas niñas cuando pisaron suelo americano y muchas se adentraron en el arte a edad adulta.

También muchas de ellas arribaron con sus familias, mientras que las menos enfrentaron en solitario la aventura del exilio. ¿Quiénes eran? ¿Por qué no las conocemos? ¿Qué hicieron durante aquellos largos años alejadas del país que las vio nacer?

Reinventarse o morir

La adaptación a los nuevos países de acogida no fue fácil y las artistas, como el resto de exiliados y exiliadas, tuvieron que apañárselas lo mejor que supieron. Por eso se emplearon en cualquier trabajo artístico para el que estaban capacitadas. En los primeros momentos del exilio estos oficios fueron muy heterogéneos. La mayoría de ellas participarían del ámbito editorial y gráfico, ya fuera en México, Argentina o Chile, los tres principales focos en los que podemos localizar artistas españolas refugiadas.

En México, Alma Tapia ilustró cuentos para las editoriales Centauro y UTEHA, Elvira Gascón dibujó para Leyenda y Grijalbo –aunque también para publicaciones mexicanas como el Fondo de Cultura Económica– y Juana Francisca Rubio realizaría ilustraciones para libros de texto infantiles.

La moda sería otra de las esferas en las que estas artistas participaron, no sólo porque toda española se tenía por costurera –como se ha recordado más de una vez–, sino porque era algo que formaba parte de la educación femenina reglada y social en España. El aprendizaje del dibujo sin duda contribuiría a ello, con lo que fueron muchas quienes realizaron figurines de moda, como Amparo Muñoz Montoro o Manuela Ballester, quien emprendería numerosos proyectos sobre trajes populares.

Igualmente, la decoración constituyó uno de estos trabajos casi de “subsistencia” en el que las artistas se involucraron, como fue el caso de las decoraciones que Remedios Varo realizó para la hija de Kati y José Horna o los muebles que Carmen Cortés i Lledó pintó para la empresa Muebles Sur.

Una experimentación constante, ¿o no?

Pero las artistas no se quedaron ahí y a menudo quisieron experimentar con otros lenguajes y formatos. Algunos de ellos estaban vistos tradicionalmente como menos apropiados para su género, debido a sus dimensiones y a la supuesta incapacidad de las mujeres para abarcar diseños de tales tamaños.

A esto hay que añadir la dificultad que estas mujeres encontraron para participar en proyectos cuyo destino normalmente eran espacios públicos y que, en consecuencia, estaban auspiciados por los gobiernos correspondientes, como ocurriría con el muralismo en México o con las producciones teatrales y de danza en otros países.

Con todo, el muro, fuera permanente o móvil, es decir en edificios o de cartón para los teatros, resultó ser un medio muy atractivo para expresarse. Victorina Durán, por ejemplo, llevó a cabo en Argentina varias escenografías y, sobre todo, figurines. A eso también se dedicó Isabel Richart en México. Richart contribuyó a los ingresos familiares ahorrando a su marido, Álvaro M. Custodio, que era director teatral, la contratación de personal especializado para este fin.

Por su parte, Maruja Mallo, la más conocida de estas artistas, llevó a cabo, entre otras cosas, el mural del cine Los Ángeles de Buenos Aires, en el que plasmó su universo de danzantes e inspiraciones marítimas.

Por fin, el reconocimiento

Pero a pesar de que desempeñaran todas estas actividades y oficios artísticos, el verdadero reconocimiento a su trabajo no vino dado hasta que participaron en exposiciones colectivas y, principalmente, hasta que no celebraron sus muestras individuales.

Tener una exposición monográfica era la forma en la que las propias artistas se sentían legitimadas. La mayoría de las veces estas exposiciones incluían obras pictóricas o gráficas y tuvieron lugar años después de que sus carreras fueran iniciadas. En ocasiones, bastante después. Fue el caso de Remedios Varo, que no tuvo su primera individual en México hasta 1956; el de Maruja Mallo, con su muestra en la Galería Bonino de Buenos Aires en 1957 o el de Elvira Gascón en 1955 en El Cuchitril de México.

Esto se debió en parte a que tuvieron que asimilarse al panorama cultural de los países de acogida, algo que resultó más sencillo para las niñas españolas que se formaron en el exilio. Mary Martín, por ejemplo, comenzó a realizar exposiciones de pintura y grabado al poco tiempo de graduarse en México en la Escuela de Bellas Artes de La Esmeralda. Algo parecido le ocurriría a Roser Bru en Chile. Ambas se labraron un reconocido prestigio como grabadoras y pintoras, logrando la segunda el Premio Nacional de Artes Plásticas de Chile en 2015.

Más difícil lo tuvieron aquellas que, como Paloma Altolaguirre, comenzaron a dedicarse al arte a edad adulta. El grabado se convertiría no sólo en su medio predilecto sino también en el de María Teresa Toral, mientras que Montserrat Aleix o Loty de la Granja mostrarían un especial interés por la pintura.

Todas estas artistas, de las que aquí solo hemos mencionado a algunas, llevaron a cabo una producción muy heterogénea, difícil de rastrear en la mayoría de los casos, con el agravante de que muchas de ellas no incluyeron su firma, lo que lo hace aún más complicado.

Esto ocurre especialmente en producciones relacionadas con la moda y el tejido, así como con la decoración. A menudo no han sido tenidas en cuenta por la historia del arte al ser consideradas perteneciente a las mal denominadas “artes menores”. En consecuencia, raramente han entrado a formar parte de los discursos de la historia del arte (del exilio).

Es necesario investigarlas, para recuperar sus trayectorias y que estas nos ayuden a narrar otras historias posibles en las que ellas también tuvieron su espacio.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

La investigación asociada a este artículo recibió financiación a través de la ayuda FPU del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, la beca de investigación en la Residencia de Estudiantes (MINECO) y las becas Santander-Iberoamérica Jóvenes Investigadores. Asimismo, se enmarca en el proyecto de investigación I+D+i "Rostros y rastros en las identidades del exilio y el franquismo" (PID2019-109271GB-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación.

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