Estamos siendo testigos de la séptima bancarrota de Donald Trump

·8  min de lectura

POR Rick Newman/Yahoo Finance-. Como empresario, Donald Trump dirigió seis negocios que se declararon en bancarrota porque no podían pagar sus facturas. Como presidente que se postula para un segundo mandato, está repitiendo algunos de los errores que cometió como empresario y se expone a la ruina de otra empresa: su operación política.

En la década de 1980, Trump era un inversionista inmobiliario audaz que apostó fuerte por el auge de Atlantic City después de que Nueva Jersey legalizara el juego en la ciudad. Adquirió tres casinos que en 1991 no pudieron pagar sus deudas. El Taj Mahal se declaró en bancarrota en 1991, el Trump Plaza y el Trump Castle en 1992. Los prestamistas reestructuraron la deuda en lugar de apostar por la liquidación y Trump movió sus participaciones en casinos a una nueva empresa que quebró en 2004. La empresa que surgió de esa reestructuración se declaró en quiebra en 2009. La sexta quiebra de Trump fue el Plaza Hotel, que compró en 1988 y quebró en 1992.

La sorpresiva victoria de Trump en 2016 se produjo de manera similar a la llegada del temerario advenedizo a Atlantic City más de 30 años antes. Pero en el cuarto año de su presidencia, la operación Trump vuelve a tambalearse. Los votantes le han dado malas calificaciones por la gestión de la crisis del coronavirus, acentuada por un brote en la Casa Blanca que infectó al propio Trump. El demócrata Joe Biden está venciendo a Trump en la mayoría de los estados pendulares y es posible que se produzca un pinchazo el día de las elecciones. Trump ha sugerido que no dejará el cargo si pierde, amenazando con desencadenar una crisis constitucional y poner en riesgo su propio legado político.

Las lecciones de las quiebras de Trump explican en gran parte el caos actual de su campaña. Estas son 5 similitudes:

Partidarios del presidente Donald Trump ondean banderas mientras la caravana presidencial en la que viaja Trump llega al Trump International Hotel, el 12 de septiembre de 2020 en Washington, DC. (Foto de ALEX EDELMAN/AFP vía Getty Images)
Partidarios del presidente Donald Trump ondean banderas mientras la caravana presidencial en la que viaja Trump llega al Trump International Hotel, el 12 de septiembre de 2020 en Washington, DC. (Foto de ALEX EDELMAN/AFP vía Getty Images)

Trump pierde el interés. Como promotor inmobiliario, Trump tenía la reputación de ser una persona que disfrutaba de las negociaciones, pero a la que no le gustaba el trabajo diario que implicaba administrar las empresas que había comprado. “En los negocios, se concentraba durante dos o tres días antes del cierre, y después de eso perdía el interés”, le contó un ex asociado al New York Times para un análisis de 2016 de la bancarrota del Plaza Hotel. El propio Trump lo ha admitido. “Lo cierto es que te sientes invulnerable”, le confesó al escritor Timothy O’Brien, autor de la biografía de 2005 “Trump Nation”. “Y luego tienes la tendencia a apartar la vista de la pelota”.

Ganar las elecciones de 2016 fue el mayor negocio de la vida de Trump y lo persiguió fervorosamente con su campaña “Hagamos a Estados Unidos grande otra vez”, que se enfocó de manera eficaz en los votantes de la clase trabajadora descontentos que se sentían estafados por la codicia corporativa y la deslocalización. En comparación con aquella, la campaña de Trump para 2020 es insípida. No hay un eslogan de campaña unificador, ni una agenda clara para un segundo mandato, ni una propuesta tangible para los votantes. Básicamente, Trump solo intenta atacar a Biden y asustar a los votantes para que piensen que los demócratas permitirán que los criminales deambulen libremente y aumentarán tanto los impuestos que condenarán a todos a la pobreza. Es como si Trump hubiera cerrado un megaacuerdo en 2016, pero negociar su extensión en 2020 no lo entusiasmara demasiado.

Ignora las advertencias y las señales de que ha traspasado el límite. Trump se metió en problemas en Atlantic City porque no supo cuándo detenerse. Los casinos eran rentables cuando compró los dos primeros, el Plaza y el Castle. Pero a medida que fueron proliferando los casinos en Atlantic City, el mercado se saturó y los márgenes de beneficio se desplomaron. Algunos expertos advirtieron a Trump de que estaba gastando demasiado cuando asumió una deuda de 820 millones de dólares para desarrollar el Taj Mahal a finales de la década de 1980. Pero Trump los ignoró y prefirió confiar en sus proyecciones optimistas. El casino tuvo problemas de liquidez desde el principio y se declaró en bancarrota en julio de 1991, solo 16 meses después de su lujosa apertura. Si Trump se hubiera dado por satisfecho con los dos primeros casinos, es posible que no hubiera tenido que añadir las quiebras de casinos a su carrera, en lugar de sumar cinco.

El Taj Mahal, ex propiedad de Trump, en Atlantic City, Nueva Jersey, el lunes 19 de junio de 2017 (Foto AP/Seth Wenig)
El Taj Mahal, ex propiedad de Trump, en Atlantic City, Nueva Jersey, el lunes 19 de junio de 2017 (Foto AP/Seth Wenig)

El exceso más desmedido de Trump como presidente ha sido su actitud ofensiva y alarmista. Trump podría haberse basado en la coalición de votantes de la clase trabajadora y empresarios libertarios que lo eligieron en 2016 siguiendo políticas pragmáticas que lo hicieran parecer un solucionador de problemas. En cambio, ha intimidado implacablemente a sus críticos y ha culpado a inmigrantes, liberales, activistas de derechos civiles y otros grupos por interponerse en su camino. Lo peor es que Trump ignoró a los expertos en salud pública que le instaron a emprender acciones más agresivas para detener la propagación del coronavirus y en su lugar intentó persuadir al público de que todo estaría bien. Ahora la coalición de Trump parece estar reduciéndose en lugar de expandirse, ya que su apoyo entre las mujeres, las personas mayores y otros bloques electorales clave se desmorona.

No cumple sus promesas. Mientras buscaba una licencia para el Taj Mahal en 1988, Trump dijo a los funcionarios del juego que podía asegurar el financiamiento a una tasa preferencial lo más baja posible, que en aquel momento rondaba el 9 %. Eso lo ayudó a obtener la licencia, a pesar de que algunos funcionarios tenían dudas sobre Trump. Sin embargo, Trump terminó pagando una tasa del 14 %, lo cual contribuyó a los problemas de flujo de caja del casino y su posterior quiebra. Trump dejó de pagar a cientos de contratistas mientras los casinos se hundían y finalmente algunos de sus trabajadores perdieron sus pensiones.

Como candidato y luego presidente, Trump prometió acabar con la corrupción, publicar sus declaraciones de impuestos, obligar a México a pagar por la construcción del muro fronterizo, reactivar la industria del carbón y vencer el coronavirus para el verano. Nada de eso ha pasado: no, no, no, no y no. Para un segundo mandato, Trump está prometiendo crear 10 millones de nuevos puestos de trabajo, más recortes de impuestos, un rápido regreso a la normalidad y una reorganización de las promesas incumplidas de 2016, como un nuevo plan de atención médica excelente. Es cierto que la mayoría de los políticos hacen promesas excesivas, pero las de Trump rondan la extravagancia.

Mantiene a sus socios como rehenes. Los prestamistas de Trump perdieron cientos de millones de dólares en sus quiebras y otros negocios de bajo rendimiento, pero a menudo cancelaron las pérdidas y siguieron dando crédito a Trump porque era una opción mejor que la liquidación. Un ex presidente de la comisión de casinos de Nueva Jersey describió a Trump como “demasiado grande para caer” en Atlantic City: si sus casinos hubieran dejado de operar, habría devastado la economía local. Por esa razón los prestamistas y los funcionarios del juego se las ingeniaron para mantener a Trump en el negocio mientras limitaban el control que tenía sobre esas empresas para que no pudiera volver a causar problemas.

Un trabajador limpiando fuera del Trump International Hotel & Tower de Nueva York mientras la ciudad sigue en la Fase 4 de reapertura tras las restricciones impuestas para frenar la propagación del coronavirus el 16 de agosto de 2020 en la ciudad de Nueva York. (Foto de Noam Galai/Getty Images)
Un trabajador limpiando fuera del Trump International Hotel & Tower de Nueva York mientras la ciudad sigue en la Fase 4 de reapertura tras las restricciones impuestas para frenar la propagación del coronavirus el 16 de agosto de 2020 en la ciudad de Nueva York. (Foto de Noam Galai/Getty Images)

Ahora, decenas de senadores republicanos y miembros del Congreso están vinculados a Trump en el equivalente político de una relación bancaria. Cuando Trump ganó el control del partido republicano, sus compañeros republicanos lo apoyaron en una apuesta de todo o nada por el dominio político. Si Trump ganaba, ellos también. Pero si Trump cae, algunos se hundirán con él. Eso podría costar a los republicanos las elecciones al Senado en estados como Arizona, Colorado, Iowa, Maine y Carolina del Norte y dar a los demócratas el control del Senado. Si Biden también gana la Casa Blanca, los demócratas controlarían las ramas legislativa y ejecutiva, lo cual significaría una destrucción fulminante para Trump y sus aliados republicanos.

Trump siempre tiene otra oportunidad. A pesar de sus muchos tropiezos, Trump siempre se ha recuperado y ha encontrado nuevas formas de promover sus intereses. Después de su lucha en la década de 1990, Trump se alejó de los proyectos inmobiliarios para empezar a hacer negocios en los acuerdos de gestión y licencias. Su estrella se elevó más que nunca cuando se convirtió en una figura de telerrealidad en “El aprendiz”, a pesar de que su compañía de casinos quebrara dos veces más. Por supuesto, aprovechó esa fama para postularse a la presidencia en 2016 y venció a dos dinastías políticas, las familias Bush y Clinton, en su camino a la Casa Blanca.

Por tanto, si Trump pierde en 2020 y experimenta el tipo de revés vergonzoso que sufrió con los fracasos de su casino u hotel, ciertamente no será su fin. Donald Trump tiene un don extraordinario para vender y llegar a otros acuerdos, a veces con ex socios que se enfadaron con él pero que luego volvieron a entusiasmarse con sus proyectos. En 2008, cuando Trump estaba intentando vender condominios en su nueva torre de Chicago, demandó al prestamista, Deutsche Bank, para cancelar algunos de los pagos del préstamo. Las dos partes llegaron a un acuerdo después de dos años de disputas legales, pero en 2011 Deutsche Bank volvió a prestar dinero a Trump. Es probable que Trump espere que los votantes de 2020 sean igual de indulgentes.

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.