Cómo entender a los humanos: 90% chimpancé, 10% abeja

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Pintura rupestre en Twyfelfontein, Namibia. <a href="https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Rock_Paintig_Twyfelfontein_Namibia.jpg" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Wikimedia Commons / Thomas Schoch" class="link ">Wikimedia Commons / Thomas Schoch</a>, <a href="http://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:CC BY-SA" class="link ">CC BY-SA</a>
Pintura rupestre en Twyfelfontein, Namibia. Wikimedia Commons / Thomas Schoch, CC BY-SA

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Los filósofos llevan siglos haciendo ese tipo de preguntas. En las últimas décadas, los grandes avances de la biología y otras disciplinas nos han permitido formular algunas respuestas, necesariamente parciales y sujetas a revisión, a estas preguntas eternas. En mi reciente libro ¿Cómo entender a los humanos? (Next Door, 2022), intento contestar a estas preguntas.

Somos primates, un grupo de mamíferos que comenzó a evolucionar hace unos 70 millones de años y con los que compartimos muchas cosas. Venimos de África, donde hace unos 2,5 millones de años surgieron las primeras especies del género Homo, tales como H. habilis, una de las primeras criaturas a las que podríamos considerar humanas.

Sabemos que en ese periodo se produjo un enfriamiento del clima global que hizo que aumentara mucho la superficie de sabana arbustiva en África.

Más importante: se produjo un aumento considerable de la variabilidad climática. La hipótesis más plausible es que los primeros humanos nos adaptamos a las condiciones cambiantes dando un papel preferente a la transmisión cultural de conocimientos. Así se establecieron kits culturales, un conjunto de conocimientos sobre los animales y plantas del entorno y una tecnología que permitía utilizarlos.

Esto constituye la base de nuestro éxito biológico como especie, que empezó a expandirse hace 1,8 millones de años a todos los rincones del planeta.

La capacidad de hablar es una adaptación biológica, ya que requiere cambios concertados en el cerebro y en el aparato fonador. La utilidad del lenguaje, incluso si fuera rudimentario, es indudable. Lenguaje y cultura se retroalimentan y constituyen la base de nuestro éxito como especie.

Con la aparición de estos dos elementos la evolución biológica no se detuvo ni pasó a segundo plano. Todo lo contrario, se crearon nuevas e intensas presiones selectivas. Los análisis del genoma humano indican que en los últimos 40 000 años los cambios genéticos han sido particularmente intensos.

La domesticación del ser humano

La tercera pata de nuestro éxito biológico fue la domesticación: los humanos nos domesticamos a nosotros mismos, lo que quiere decir que en alguna etapa de nuestra evolución los individuos menos violentos se reproducían más.

En un contexto de pequeños grupos de humanos tratando de sobrevivir en las duras condiciones de la sabana africana, la cohesión del grupo fue un requisito esencial, de ahí la necesidad de baja violencia dentro del grupo.

En contra de la creencia corriente, los humanos tendemos a ser ultrasociales, cooperativos y con bajos niveles de violencia impulsiva, al menos en comparación con el chimpancé.

En cambio, somos capaces de altos niveles de violencia instrumental, sobre todo si está ligada a la defensa de la tribu. Las mismas fuerzas que nos hicieron cooperativos nos hicieron tribales. Por eso se ha dicho que los humanos somos 90 % chimpancé, 10 % abeja.

La evolución de la moral

La ética y la moral han sido hasta ahora un territorio exclusivo de la filosofía y, de nuevo, en las últimas décadas la biología está pidiendo voz en este terreno.

Todas las sociedades conocidas tienen normas morales, lo que sugiere poderosamente una explicación biológica. Más aun, la moral se basa en emociones innatas como la empatía y la vergüenza.

Otras especies poseen, si no moral, al menos ciertas tendencias prosociales. Por ejemplo, los elefantes lloran a sus muertos, las ratas manifiestan empatía hacia sus compañeras y algunos monos muestran una aversión al tratamiento desigual que se parece a un sentido de la justicia.

Lo más probable es que la moral surgiera en nuestra especie como un mecanismo que permitía minimizar los egoísmos individuales haciendo al grupo más eficiente en conjunto. Nos referimos, de nuevo, a un contexto de alta competencia de pequeños grupos de humanos tratando de sobrevivir en un medio hostil.

Los científicos han descubierto que se activan determinadas partes del cerebro cuando nos encontramos ante un dilema moral. La neurobiología de la moral está en sus comienzos y cabe suponer que veremos grandes descubrimientos en un futuro próximo.

Es necesario señalar que esta incipiente ciencia de la moral no compite con la ética, ya que no pretende decir qué acciones son moralmente malas o buenas, sino explicar los fundamentos biológicos y neurobiológicos de la moral humana.

La importancia de las jerarquías

Muchas especies, incluida la nuestra, tienen tendencia a formar jerarquías. Dado que los individuos que están arriba en la pirámide tienen grandes ventajas para la supervivencia y reproducción, no es extraño que la selección natural nos haya tuneado para desear siempre un mayor estatus.

Es preciso señalar, sin embargo, que la mayoría de los cazadores recolectores son bastante igualitarios y que solo a partir del neolítico surgió la posibilidad de acumular riquezas. Desde entonces la desigualdad económica ha sido la norma en la gran mayoría de las sociedades.

El abordaje de la biología a esta cuestión pasa por contestar diversas preguntas: ¿cuáles son las bases neurológicas subyacentes al deseo de estatus y poder? Sabemos que la serotonina tiene un papel destacado pero la cuestión es muy compleja. ¿Existen alelos que nos predisponen hacia una conducta ambiciosa? Seguramente sí y se han identificado algunos genes candidatos, pero nos falta muchísima información.

En definitiva, es posible construir a partir de la biología una visión nueva y fascinante de nosotros mismos. En esta visión, la cultura tiene un papel esencial y no se opone a la biología, sino que ambas son indispensables para entendernos a nosotros mismos como especie y como individuos.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Soy autor del libro al que se refiere el artículo

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