El problema con las movidas de última hora de Barack Obama

Matt Bai
National Political Columnist

Me gustan las buenas analogías hechas con ideas del mundo inmobiliario, así que naturalmente tengo que rendirme ante la forma en la que el bloguero conservador Erick Erickson describía recientemente el frenesí legislativo de última hora en la Casa Blanca de Obama. “Obama y John Kerry”, tuiteó Erickson, “son como inquilinos que llenan todo el lugar de basura porque van a ser desalojados”.

Solo que, en este caso, la analogía está lejos de ser acertada. El presidente en realidad no está ensuciando nada.

Más bien parece como si estuviera dando los osados y progresistas últimos retoques a los que el propietario siempre se negó ‒repintar las paredes, instalar apliques para luces, destrozar las alfombras y barnizar el suelo de madera‒ con la esperanza de que la persona que se mude después no encuentre el tiempo o no tenga la persistencia necesaria para cambiarlo.

El presidente Obama en la sala de prensa de la Casa Blanca el pasado 16 de diciembre (AP Foto / Pablo Martinez Monsivais).

¿Tiene Obama el derecho a gobernar en los últimos coletazos de su mandato como si al día siguiente no fuera a salir el sol (porque, por supuesto, saldrá)? ¿Tiene aún la autoridad para reprender a Israel y castigar a los rusos o para proteger la expansión de las tierras públicas mientras llena decenas de vacantes en las comisiones gubernamentales?

Por supuesto, lo tiene. Después de todo, sigue siendo el presidente.

¿Debería realmente estar haciendo todas estas cosas ahora que está a punto de dejar la Casa Blanca? Esa parece una pregunta más difícil de responder.

Entiendo por qué a mucha gente le gustaría que la respuesta fuese sí. Aunque no siempre estoy de acuerdo con Obama o con su partido, creo que tiene razón sobre la seriedad del asunto del hackeo ruso y sobre los costos de la intransigencia israelí en Oriente Medio. Estos son problemas ‒el cambio climático es otro‒ sobre los que Donald Trump debería escuchar a su predecesor antes de disparar tuits a diestro y siniestro como si estuviese en el programa “The Apprentice”.

Entiendo también que Obama realmente tiene unos mayores índices de aprobación que el presidente entrante (ante lo cual, dicho sea de paso, cualquier índice de aprobación, ya sea el de Nielsen o el de Gallup, se pone de rodillas, como si de aztecas arrodillándose ante el sol se tratara). Esto es muy poco habitual durante las transiciones, cuando el público generalmente abraza lo nuevo y desconocido por encima de lo viejo y raído, y creo que esto podría dar algo de legitimidad a las acciones de última hora de Obama.

Y, tal y como mi amigo Michael Shear señaló en su hábil artículo sobre el tema aparecido la semana pasada en el New York Times, hay muchos precedentes modernos de administraciones salientes llevando a cabo nuevas políticas o saldando viejas deudas. Bill Clinton indultó a todo el mundo excepto a la banda de Manson; George W. Bush negoció retiros de tropas en varios años. Obama no es el primer presidente que se siente liberado ante la inminencia del fin de su mandato.

Lo cierto es que la agenda de despedida de Obama está bastante más apretada que la de sus predecesores, y de todas formas, nunca ha parecido ser un presidente guiado por el sentido histórico, sino más bien por su propio sentido de los principios. En este caso, algunos de esos principios parecen difíciles de reconciliar.

Hay que tener en cuenta que Obama pasó la mayor parte del año pasado insistiendo en que su candidato final a la Corte Suprema, Merrick Garland, lograse el voto positivo del Senado, algo que los senadores republicanos se negaron a concederle, dado que querían que el sucesor de Obama designase a alguien para la vacante.

Básicamente, Obama argumentó que a pesar de que el Senado técnicamente tenía el derecho de negar a su candidato una sesión imparcial, tenía un deber mayor que era respetar el proceso constitucional. El pueblo lo había elegido para dirigir el poder ejecutivo, y el Congreso tenía la obligación de honrar esa elección hasta el momento en el que el electorado tomase otra decisión.

¿Saben qué? Tenía razón.

Ahora se aplica el mismo principio. Por supuesto, Obama tiene la autoridad, técnicamente hablando, de gobernar como crea conveniente hasta el día de la mudanza, pero el pueblo ha hablado y ha elegido ir en una dirección diferente. Entiendo lo terrible que debe ser estar en la Casa Blanca, pero Obama, no obstante, debe respetarla.

(Y antes de empezar a discutir conmigo sobre el sacrosanto voto popular… sí, lo sé, casi todo Nueva York y California votaron por el otro candidato, pero Trump barrió en la mayor parte de los territorios del país y alcanzó mayorías en los estados más poblados, así que si fuera yo, me ahorraría ese argumento para otras elecciones).

Los largos períodos de transición no existen para que el presidente saliente apruebe políticas en el tiempo que le queda, sin rendir cuentas a los votantes. Las transiciones se han hecho más dilatadas en el tiempo para que alguien pueda quedarse en el timón mientras la administración entrante se pone al día y recorre Goldman Sachs en busca de candidatos de alto nivel.

Obama reflexiona bastante en profundidad sobre las estructuras de gobierno, así que seguramente las conozca. A mi juicio, según las conversaciones que he tenido con él en los últimos años, esta serie de políticas desesperadas de última hora debe generarle algunos conflictos. Estoy suponiendo que hubiese preferido hacerlo de otra manera, pero que siente cierto imperativo moral de proteger su legado ‒y el país‒ de Trump y de lo peor que se pudiera esperar de él para revertir todas las políticas precedentes.

Como el mismo Obama podría decir, si simplemente fuese un espectador pasivo, las estructuras subyacentes de la república serían más fáciles de salvaguardar sin costos tangibles. Es mucho más difícil respetar la voluntad de los votantes cuando las consecuencias humanas parecen, al menos para ti, potencialmente catastróficas.

Es ahí precisamente cuando hay que hacerlo, cuando más necesario es.

Kerry no debería haber dado su discurso denunciando a Israel. Obama no debería estar nombrando nuevos puestos a última hora. Resulta tentador aprovechar el tiempo restante para conseguir el máximo impacto posible, pero también es egoísta, y su efecto está destinado a ser fugaz.

Porque si hay algo que Obama debería haber aprendido de su inútil estrategia de gobernar con “teléfono y algo para apuntar” ‒y debe quedar claro ahora que los republicanos se preparan para borrar de un plumazo gran parte de su segundo mandato en apenas unas horas‒, es que no se puede construir nada duradero con un decreto ejecutivo de última hora. Antes o después, todo lo conseguido blandiendo un bolígrafo o una pluma puede ser borrado eventualmente con el mismo esfuerzo.

Lo que más recordará la historia, por desgracia, es que te negaste a retirarte cuando el veredicto estaba hecho. Aunque en otros contextos sería gracioso, esa no es forma de irse para un presidente.

Matt Bai es Columnista de política nacional de Estados Unidos/Yahoo News