'Patria' desvela el desconocido papel de la iglesia con ETA

Asier Martiarena
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Prácticas de tiro de un grupo de etarras en 1978. (Photo by Etienne MONTES/Gamma-Rapho via Getty Images)
Prácticas de tiro de un grupo de etarras en 1978. (Photo by Etienne MONTES/Gamma-Rapho via Getty Images)

'Patria' se ha convertido por derecho propio en uno de los fenómenos audiovisuales de 2020. El éxito de la serie, basada en la novela de Fernando Aramburu, destaca por exponer de manera sincera y realista lo sucedido en la sociedad vasca con el terrorismo de ETA. Un duro relato que expone todas las aristas del conflicto vasco y que ha sorprendido por el papel de la iglesia durante los años de plomo de la banda y que en la serie se narra a través del párroco don Serapio.

Un oprobio conocido en Euskadi pero que, visto lo visto, había pasado desapercibido fuera del País Vasco. Porque sí, la iglesia no tuvo un papel imparcial en todo este proceso. No hay más que desempolvar archivos para recordar lo que señaló el clero vasco cuando ETA oficializó su perdón a las víctimas hace unos años: La Iglesia vasca reconoció “complicidades, ambigüedades y omisiones" por las que los obispos de la época pidieron "sinceramente perdón”.

O recordar que el propio obispo emérito de San Sebastián, Juan Maria Uriarte, se disculpó tras reconocer que la iglesia que fue "excesivamente escueta" y tuvo una “reacción tardía” en su condena del terrorismo de ETA y en sus muestras de cercanía a las víctimas.

Muchas de esas situaciones están recogidas en el libro 'Con la Biblia y la Parabellum', del sociólogo Pedro Ontoso, quien fija el comienzo de la legitimización de la violencia de ETA en pleno franquismo, como factor de resistencia de parte de la sociedad vasca que perdió la guerra. Desde luego, no fue generalizada, pero existió una resistencia activa como fue el caso de Herri Gaztedi, una versión euskalduna de Acción Católica, que invitaba a pasar a la acción a los jóvenes y monitores que formaban parte de ella tras la guerra civil y el salvajismo del franquismo.

"A Dios se le sustituyó por la patria, la patria se convirtió en un ídolo, algo que no corrigieron los obispos. Y en un momento dado se exigen sacrificios, se mata y se muere por la patria. Había que cortarlo. La Iglesia ya debió plantarse en 1977, tras la amnistía. Luego siguieron otras ocasiones perdidas. Decidieron no meterse en líos y el monstruo fue creciendo”, reconoció durante la gira de presentación de su obra.

El coronel de la Guardia Civil, Manuel Corbí, exageró en una entrevista reciente a El Confidencial afirmando “no voy a decir que la sociedad vasca sea cómplice e ETA… pero casi” . Un testimonio falso, como decir que todos los agentes de la benemérita destinados en el cuartel de Intxaurrondo eran narcotraficantes y fascistas, pero que Corbí esbozó para intentar llamar a atención sobre ciertos comportamientos que entorpecieron algunas investigaciones policiales.

Sí que es cierto, y no hay que olvidar, el papel de mediación que la iglesia jugó en la última época para la consecución de la paz. ¿Pero por qué se había ganado el papel de interlocutor oficial? Pues por detalles como el de 1962 cuando el monasterio de Belloc sirvió pata acoger la primera asamblea de ETA. O cuando años más tarde se celebrará en las instalaciones de los jesuitas en Guetaria. Por no hablar del primer asesinato de ETA, de alto cargo policial del franquismo, Melitón Manzanas, cuyo crimen fue organizado en un convento en Areatza. Y la lista podría seguir.

Todavía en los setenta y principios de los ochenta en los funerales de las víctimas no se mencionaba la palabra ETA, o se recomendaba que los entierros se realizaran en cementerios de grandes ciudades y n en los pueblos de origen de los fallecidos con la excusa de no caldear el ambiente.

La cosa no empezó a cambiar hasta 1997, con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un crimen que marcó un antes y un después en la sociedad vasca que perdió el miedo a enfrentarse pacíficamente a ETA en las calles. Con convocatorias multitudinarias de rechazo a cualquier acción de la banda.

Y la iglesia también empezó a recortar esa equidistancia y a arropar a las víctimas sin la frialdad de épocas anteriores en las que demasiadas veces miró para otro lado.

Aún quedan pruebas de aquello, como demuestra el hecho de que el expárroco de Lemona (Vizcaya) haya excusado la actuación de ETA en un documental de Iñaki Arteta contextualizando “la lucha armada” en el marco de una “guerra entre bandos”. Unas declaraciones que no enturbiarán la normalidad existente en Euskadi pero que demuestra el polémico papel que jugó la iglesia durante décadas en el llamado “conflicto vasco”.

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