El día que Luis González de Alba obligó a Elena Poniatowska a corregir su obra cumbre

Por Héctor Osorio Lugo

Luis González de Alba es imposible de definir en un artículo, menos en unas  palabras.

…Pero hay que intentarlo: figura de excepción, controvertido, a contracorriente muchas veces, a contracorriente él mismo en su persona, perceptivo en extremo, sarcástico hasta desnudar al objeto de su crítica, rabiosamente culto, erudito, melómano, compositor, políglota, gran escritor, divulgador científico, cofundador de partidos políticos, abanderado pionero de la diversidad sexual… y mucho más. 

La generación del ‘68

Compuesto por personajes que han destacado en muchos terrenos, el liderazgo del movimiento estudiantil del ’68 mexicano contó con mentes brillantes. Díganlo si no Heberto Castillo, Gilberto Guevara Niebla, Marcelino Perelló. Pero, para hablar solo de los estudiantes, este último y nuestro personaje de hoy se han caracterizado por su inteligencia deslumbrante y la pólvora de sus palabras, a veces –eso sí- quemada en pequeñeces.

A comienzos del siglo XXI sorprendió a México y al mundo un paquete de fotos inéditas del 2-3 de octubre de 1968 en el edificio de Tlatelolco, próximo al centro de la ciudad de México, donde se concentró la balacera con incontables muertes (el adjetivo es exacto: no hay ni hubo una persona que supiera cuántas víctimas mortales cayeron) con la que se reprimió al movimiento.  Luis González aparece descamisado, en la segunda de las dos fotos más celebres de la colección, helado de espanto. En la primera gráfica se ve a otro líder, tan solo en ropa interior, golpeado y maniatado: Florencio López Osuna (cuya vida parece girar en torno a Tlatelolco: días antes había aparecido en la portada de la revista “Proceso” dando su opinión en el sitio mismo  del episodio, poco después se publicó también por ese medio el lote de imágenes, y por último fue hallado en un hotel no lejos de Tlatelolco, muerto por infarto; su compañera ocasional había huido de la escena).

González de Alba escribió que las fotos eran la prueba más contundente de la presencia del Batallón Olimpia -con ropa civil- en el lugar. El grupo se dedicó tanto a abrir fuego como a detener a los líderes. En las tomas aparecen en plena labor con el guante o pañuelo blancos que todo mundo vio. La autoridad lo había negado por décadas (¡!) (Hace unos cuantos días alguien me platicó que a un entonces condiscípulo, que planeaba asistir al mitin, una persona le dijo que no se le ocurriera pararse por allá, ya que esa persona tenía junto con otras la misión de disparar en la plaza; premeditación, alevosía y ventaja).

El debate con Perelló

Dos activistas-intelectuales-controvertidos, decíamos que singulares tanto por lo certero de sus plumas, lo sabroso de sus textos, como por lo ácido de ciertas expresiones, González de Alba y Marcelino Perelló, debatieron en torno al movimiento en las páginas de “Letras libres”. El resultado es imprescindible para el que quiera formarse un criterio de aquellos hechos.

El reclamo a Poniatowska

“(…) fui pasando de un complaciente: Ay, Elenita, a un: Ay, Elena, y un: ¡Carajo, Elena!; dejé de leer sus opiniones, dirigidas a obtener el aplauso.”

La anterior es la mejor definición por sí mismo de su diferencia con Elena Poniatowka.

La diferencia es múltiple, pero se concentra en la crónica de Elena sobre el ’68, “La noche de Tlatelolco”. Estamos hablando de una de las obras más leídas de México en todos los tiempos, que Elena sometió a la revisión de un confiado José Emilio Pacheco; que ella -la escritora- es una figura viva casi venerada por propios y extraños.

El azoro de Luis González de Alba ante las producciones de la autora fue –leíamos- gradual. Con el libro famoso ocurría, dijo, que las declaraciones originales de Luis estaban traducidas al “poniatosko”. Habían mutado al estilo de la después Premio Cervantes, al igual que incontables palabras de otros tantos actores entrevistados para el volumen. 

En contra de los que hablaron de plagio, y luciendo como nunca su honestidad intelectual, González aclaró que no era eso, ya que él expresamente había hecho llegar a Elena primero que a nadie sus originales narrando sus vivencias, se trataba de que “La noche de Tlatelolco” incurría en una serie de datos erróneos e  imprecisiones, ponía en boca de unos lo dicho por otros, hacía hablar a los protagonistas falsamente…así que exigió por la vía legal una rectificación. Tal fue la demanda.

Luis González de Alba ganó el juicio y la demandada publicó una edición corrigiendo  las anteriores.

Escribió Luis González de Alba

-Un joven, desconocido fuera del ámbito del sindicalismo universitario y la naciente unión de las izquierdas, José Woldenberg, escribía apenas cada quince días en La Jornada. En eso vino la campaña para elección por voto directo del jefe de Gobierno del DF (Ciudad de México). Recayó en Elena el discurso de arranque porque era un personaje sin partido. Pero no lo dirigió contra el PRI, que por decenios había despojado a los ciudadanos del DF de su derecho a elegir gobernante, sino contra un tal José Woldenberg. “Y le demostraremos a José Woldenberg que los ciudadanos sí pensamos… Y le demostraremos que… bla, bla…”. En cólera, escribí en mi sección contra ese injusto giro de lo que debía ser un ataque al PRI convertido en paliza a un joven de izquierda desconocido fuera de ese ámbito.

Elena me telefoneó para disculparse. Que ella no sabía de qué hablar y Pablo Gómez le había sugerido que el tema lo daba el último artículo de Woldenberg, donde afirmaba que los ciudadanos no pensaban. Le pregunté si lo había leído. Me respondió que no, pero se lo había sintetizado Pablo. Me heló su deshonestidad intelectual. Le expliqué: Pepe dice que nadie puede hablar a nombre de “los ciudadanos” porque los ciudadanos piensan de muy variadas maneras y, algunos, no piensan.

Que lo llamaría para disculparse. Y me pidió el número de Pepe. Se lo di, aclarando que: “Ofensas públicas exigen disculpas públicas”. Prometió llamarlo y escribir su disculpa. No hizo ni siquiera la llamada. “A la deshonestidad intelectual suma la soberbia”, concluí.

Cajón de sastre con curiosidades

-Corrector apasionado, ganó otro pleito, ahora contra la RAE (Real Academia Española) por que la palabra priismo (que significa pertenecer al partido oficial, por sus siglas PRI, en México) se escribiera sin acento.

-Fue un psicólogo egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional; no de Psicología, pues ésta como tal no existía aún. Psicólogo, y no, pues siempre se dedicó a otras materias. 

-Como maestro de esa casa de estudios, en el campus de sus históricas batallas, no se permitía llegar a las horas de más concentración humana. Sin pelos en la lengua, como solía hablar, dijo que escogió que sus clases fueran la primera y la última de la jornada… para no toparse con gente que aborrecía.

-Remataba su columna con un reclamo más: que se otorgara la medalla “Belisario Domínguez” a Gonzalo Rivas. Este reconocimiento es el máximo que otorga el Senado mexicano a un connacional, y Rivas fue aquel empleado que murió por consecuencia de quemaduras al impedir una explosión en la gasolinería a que presuntamente prendieron fuego manifestantes de Ayotzinapa en diciembre de 2011. En otro punto cercano murieron 2 estudiantes heridos de bala. González argumentaba que el sacrificio del trabajador era un acto de heroísmo puro, ya que salvó la vida a decenas de mexicanos aun a costa de la suya.

Apunte final

En aquello que Sartre, el intelectual del ’68, llamó la afirmación última de la libertad, un enfermo Luis González de Alba puso fin a su extraordinario papel en la vida, escogiendo, para ello… un 2 de octubre.

hectorosoriolugo2013@yahoo.com.mx