El dramaturgo está en el exilio mientras Cuba utiliza viejas tácticas para reprimir a la disidencia

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La gente se reúne al atardecer afuera de una tienda en Alamar, Cuba, el 11 de noviembre de 2021. (Eliana Aponte Tobar/The New York Times)
La gente se reúne al atardecer afuera de una tienda en Alamar, Cuba, el 11 de noviembre de 2021. (Eliana Aponte Tobar/The New York Times)

MADRID — Para el dramaturgo cubano Yunior García, el rápido trayecto del activismo en La Habana al exilio en Madrid parecería salido de uno de sus guiones.

Comenzó con las palomas decapitadas en la puerta de su casa, colocadas allí, sospecha, por agentes del gobierno comunista cubano para atemorizarlo. Luego, una multitud afín al régimen, decenas de personas, rodearon su casa para avergonzarlo. Según cuenta, obtuvo en secreto una visa para España y los contactos lo llevaron primero a una casa de seguridad y luego al aeropuerto de La Habana.

Y así, García, una de las estrellas emergentes de las manifestaciones de la oposición que han sacudido a Cuba este año, se había ido.

“No soy de bronce ni de mármol y no estoy montando un caballo blanco”, dijo García, de 39 años, a los periodistas en una conferencia de prensa en Madrid el jueves, un día después de su llegada, en la que afirmó que temía ser encarcelado y que no quería ser un mártir. “Soy una persona con miedo, con temores y con preocupaciones”.

Fue una pérdida desalentadora —considerada traición por algunos— para quienes se manifiestan a favor de la democracia en Cuba y habían logrado canalizar décadas de enojo por los fracasos económicos y la desesperación causada por la pandemia en un momento nunca antes visto en la isla: un movimiento callejero, que se organiza a través de teléfonos celulares y redes sociales, al que se sumaron miles de cubanos para exigir un cambio.

Pero todo eso se detuvo el lunes cuando los agentes de seguridad del Estado dispersaron una protesta a nivel nacional. Y días después, García, uno de los líderes más conocidos del movimiento, se encontraba en España.

Para muchos, la situación de García anuncia un retorno a las viejas tácticas del gobierno cubano para reprimir a los disidentes, que alcanzó su nivel máximo en las décadas de 1980 y 2000. Los críticos fueron intimidados para que huyeran del país o, en algunos casos, forzados a salir.

Yunior García, dramaturgo cubano, en Madrid, España, el 19 de noviembre de 2021. (Ben Roberts/The New York Times)
Yunior García, dramaturgo cubano, en Madrid, España, el 19 de noviembre de 2021. (Ben Roberts/The New York Times)

“Hay una especie de fenómeno recurrente y cíclico: desacreditar esas voces, silenciarlas, intimidarlas”, dijo Katrin Hansing, antropóloga del Baruch College de Nueva York que estudia Cuba.

Pero esta nueva generación de exiliados es diferente.

Son jóvenes escritores, artistas y músicos que, durante un tiempo, se vieron alentados por la apertura de Cuba e incluso promovieron su talento ante el mundo.

Hace menos de una década, los dirigentes cubanos hablaban de la necesidad de un cambio, incluso de una crítica limitada al sistema. El país eliminó el visado de salida, lo que permitió a los cubanos viajar sin permiso oficial y dejó que una generación más joven estudiara en el extranjero. Llegó a un acuerdo con Estados Unidos para restablecer los vínculos, con disposiciones para ampliar el flujo de información.

Hamlet Lavastida, un artista cubano de 38 años, fue uno de los que se benefició de la flexibilización de las restricciones. Después de vivir varios años en Polonia, se fue a Alemania en 2020 para realizar una residencia artística. El Estado cubano es un tema recurrente en su obra; en mayo, expuso una pieza hecha de papel recortado que incluía la confesión de otro artista cubano interrogado por las autoridades.

A su regreso a La Habana en junio, las autoridades lo detuvieron y lo llevaron a un centro de interrogatorios, donde permaneció tres meses sin cargos. Dijo que allí contrajo COVID-19 y que los agentes lo sometieron a varios interrogatorios sobre sus obras de arte y le dijeron que era un terrorista.

“’¿Sabes quién es Tony Blinken?’, me preguntaban”, dijo Lavastida, refiriéndose a Antony Blinken, secretario de Estado de Estados Unidos. El gobierno cubano ha acusado a los disidentes de actuar en nombre de Estados Unidos, que, según dice, está fomentando los disturbios para derrocar al gobierno.

En septiembre, el gobierno obligó a Lavastida a subir a un avión con destino a Polonia, donde tiene un hijo. Ahora, de vuelta en Berlín, Cuba acaba de acusarlo de incitación.

Mónica Baró, periodista independiente de 33 años que abandonó Cuba este año para irse a Madrid, dijo que el patrón reciente era similar a la represión de la Primavera Negra de 2003, cuando el gobierno encarceló a 75 disidentes y periodistas.

Sin embargo, en esta ocasión, el gobierno está utilizando tácticas que atraen menos la atención de los medios, dijo Baró. Por ejemplo, en lugar de enviar a los críticos del gobierno a prisión, las autoridades los detienen durante un tiempo, en un esfuerzo por “desestabilizar a todos emocionalmente, a ti y a tu familia”, señaló.

García se dio a conocer en el pequeño pero creciente mundo del teatro cubano, como precursor de un estilo en el que escribía guiones cortos que luego se utilizaban como base para la improvisación. Muchas de sus obras se centraban en su propia historia como artista disidente.

Una de sus obras, “Jacuzzi”, narra las historias de tres cubanos (un disidente, un comunista y una joven apática) mientras discuten sobre la vida y la política en un jacuzzi. Las representaciones de la obra, estrenada en 2017, fueron permitidas en Cuba, aunque durante el mayor festival de teatro de La Habana se ordenó que se representara en un teatro de difícil acceso, dijo.

Las esperanzas de un mayor cambio a partir del restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba se atenuaron bajo el gobierno de Donald Trump, quien hizo retroceder con determinación la mayoría de los lazos que se habían restablecido entre ambos países, lo que significó un duro golpe para la economía cubana.

A principios de este año, la pandemia también puso a prueba el aclamado sistema de salud del país.

En julio, el hambre y los apagones desencadenaron una oleada de manifestaciones, en las que miles de personas salieron a la calle en una muestra de rebeldía nunca vista en las seis décadas transcurridas desde la Revolución cubana. El gobierno respondió con la detención de cientos de personas.

García esperaba volver a movilizar las protestas este otoño. Él y otros activistas crearon Archipiélago, un foro en Facebook cuyos miembros llegaron a ser más de 38.000. Convocaron una nueva ronda de protestas para el 15 de noviembre, el día en que Cuba iba a permitir de nuevo el ingreso de turistas extranjeros.

García se encontró en la mira.

España lo acogió.

El jueves, entró a una pizzería donde el dueño, Eduardo López, quien abandonó Cuba hace décadas, a los 22 años, lo recibió con un abrazo.

“Esperaba que vinieras. Rezaba porque así fuera”, dijo.

García se sentó y echó un vistazo al menú. Dijo que quería regresar a Cuba.

Nadie sabe si podrá hacerlo algún día.

© 2021 The New York Times Company

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